La felicidad de los ogros (Malaussène 1)

Daniel Pennac

Fragmento

1

La voz femenina cae del altavoz, ligera y prometedora como el velo de una novia.

–Señor Malaussène, acuda a la oficina de Reclamaciones. Una voz de bruma, como si las fotografías de Hamilton se pusieran a hablar. Sin embargo, percibo una ligera sonrisa tras la niebla de miss Hamilton. La sonrisa no es precisamente tierna. Bueno, allá voy. Tal vez llegue la semana que viene. Estamos a veinticuatro de diciembre, son las cuatro y cuarto, y el Almacén está de bote en bote. Una prieta muchedumbre de clientes abrumados por los regalos obstruye los pasillos. Un glaciar que va fluyendo imperceptiblemente, con sombrío nerviosismo. Sonrisas crispadas, sudor reluciente, sordas injurias, miradas coléricas, aullidos aterrorizados de niños aspirados por papás Noel hidrófilos.

–No tengas miedo, querido, ¡es Papá Noel!

Flashes.

Hablando de Papá Noel, veo uno, gigantesco y translúcido, que yergue por encima del inmóvil tropel su formidable silueta de antropófago. Tiene una boca del color de las cerezas. Tiene una barba blanca. Tiene una sonrisa hermosa. Las piernas de unos niños salen por las comisuras de sus labios. Es el último dibujo del Pequeño, ayer, en la escuela. La maestra, malcarada: «¿Le parece a usted normal que un niño de esa edad dibuje semejante Papá Noel?». «Y a usted, claro –le respondí–, ¿el Papá Noel le parecerá absolutamente… normal?» He tomado al Pequeño en brazos, hervía de fiebre. Estaba tan caliente que sus gafas se habían empañado. Y eso le hacía bizquear más todavía.

–Señor Malaussène, acuda a la oficina de Reclamaciones. ¡El señor Malaussène te ha oído, joder! Está incluso al pie de las escaleras mecánicas. Y las habría tomado ya si no se hubiera visto inmovilizado por el negro ojo de un cañón rayado. Porque el muy marrano me está apuntando, no hay error posible. La torreta ha girado sobre su eje, se ha inmovilizado en mi dirección, luego el cañón ha levantado la nariz hasta apuntarme en medio de los ojos. Torreta y cañón pertenecen a un carro de combate AMX 30, teledirigido por un vejestorio de un metro cuarenta que manipula a distancia el artilugio, lanzando grititos maravillados. Es uno de los innumerables ancianitos de Théo. Realmente anciano, absolutamente «ito», se le distingue por la bata gris que Théo les pone para no perderlos de vista.

–¡Por última vez, abuelo, deje el juguete en su sitio!

La vendedora gruñe fatigada en el departamento de juguetes. Tiene la agradable cara de una ardilla que conservara las avellanas en los carrillos. El vejestorio escupe una negativa infantil, con el pulgar en el botón del disparador. Taconeo una impecable posición de firmes y suelto:

–El AMX 30 está superado, mi coronel, sólo sirve para el desguace o para América Latina.

El ancianito lanza una mirada desolada a su chirimbolo y, luego, con un gesto resignado, me indica que pase. La sonrisa de la vendedora me concede un diploma en gerontología.

Cazeneuve, el poli de la planta, brota del suelo y recoge el carro de combate con aire rabioso.

–Decididamente, siempre estás armando follón, Malaussène.

–Y un huevo, Cazeneuve.

Ambiente…

Esfumado el carro, el vejestorio permanece con los brazos caídos. Me dejo llevar por las escaleras mecánicas, con cierto alivio, como si esperara encontrar más aire en las alturas.

Y en las alturas me encuentro a Théo. Embutido en un traje de un flamante color rosa, hace cola, como de costumbre, ante la cabina del fotomatón. Me sonríe amablemente.

–Hay una de tus criaturas que lo está poniendo todo patas arriba en el departamento de juguetes, Théo.

–Mejor así, mientras lo hace no se abre la bata a la salida de las escuelas.

Sonrisa por sonrisa. Luego, con el rabillo del ojo, Théo me señala la jaula de cristal de Reclamaciones.

–Parece que están hablando de ti, ahí dentro.

En efecto. En menos de un segundo comprendo que Lehmann ha puesto manos a la obra desde hace ya rato. Le está explicando a la clienta que todo es culpa mía. Las lágrimas brotan, a breves chorritos, de los ojos de la dama. Ha dejado en un rincón un bebé obeso, metido por la fuerza en un cochecito destartalado. Abro la puerta. Oigo a Lehmann afirmando, en el tono de la más franca solidaridad:

–Estoy por completo de acuerdo con usted, señora, es absolutamente inadmisible; por otra parte…

Me ha visto.
–Por otra parte, aquí lo tenemos. Vamos a preguntarle qué le parece.

Su voz ha cambiado de registro. Pasa de lo compasivo a lo venenoso. El asunto está claro. Lehmann me lo expone con la tranquilidad de un hipnotizador. El bebé obeso posa en mí una mirada alegre como el mundo. Pues bien, hace tres días, mis servicios vendieron, según parece, a la dama aquí presente, una nevera de tanto contenido que pudo abrigar en ella un banquete para veinticinco personas, entremeses y postres incluidos. «Abrigar» es, por lo demás, la palabra adecuada porque, aquella noche, por una causa cuya explicación le gustaría a Lehmann conocer de mi boca, la nevera en cuestión se transformó en incinerador. Ha sido un verdadero milagro que la señora, esta mañana, no se quemara al abrir la puerta. Lanzo una breve ojeada a la clienta. En efecto, sus cejas están chamuscadas. El dolor que se adivina a través de su cólera me ayuda a adoptar un aspecto lamentable. El bebé me mira como si yo fuera la causa de todo. Mis ojos se dirigen angustiados a Lehmann que, con los brazos cruzados, se ha apoyado en el borde de su mesa y dice:

–Estoy esperando.

Silencio.
–Usted es el Control Técnico, ¿no?

Lo admito con una inclinación de cabeza y balbuceo que no comprendo nada, precisamente las pruebas de control se habían llevado a cabo…

–¡Como con la cocina de la semana pasada o el aspirador del bufete Boëry!

En la mirada del mocoso leo, claramente, que lo de la matanza de los cachorros de foca es cosa mía. Lehmann se dirige de nuevo a la clienta. Habla como si yo no estuviera. Agradece a la dama que no haya vacilado en presentar vigorosamente su denuncia. (Fuera, Théo sigue de plantón en la puerta del fotomatón. No tengo que olvidarme de pedirle una copia de la fotografía para el álbum del Pequeño.) Lehmann considera que es deber de la clientela participar en el saneamiento del Comercio. Naturalmente, la garantía hará sentir sus efectos y el Almacén le entregará de inmediato otra nevera.

–Por lo que se refiere a los perjuicios materiales anejos, que usted misma y los suyos han tenido que sufrir –así habla el suboficial Lehmann con, en las profundidades de la voz, el recuerdo de la bondadosa y vieja Alsacia donde lo depositó la Cigüeña; ésa que funciona con Riesling–, para el señor Malaussène será un placer repararlos. A su cargo, naturalmente.

Y añade:

–¡Feliz Navidad, Malaussène!

Ahora que Lehmann le está explicando mi carrera en la casa, ahora que Lehmann le afirma que, gracias a ella, esta carrera va a terminarse, ya no leo cólera en los ojos fatigados de la clienta, sino turbación, compasión más tarde, con unas lágrimas que se lanzan al asalto y tiemblan, muy pronto, en la punta de sus pestañas.

Ya está, ha llegado el momento de poner en marcha mi propia bomba lacrimal. Lo hago apartando los ojos. Zambullo, por la gran cristalera, mi mirada en el torbellino del Almacén. Un implacable corazón bombea glóbulos suplementarios en las atoradas arterias. Me parece que la humanidad entera se arrastra bajo un gigantesco envoltorio de regalo. Hermosos globos translúcidos brot

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