La vida entera

David Grossman

Fragmento

¡El mundo!

¡Eh, tú, silencio!

¿Quién es?

¡Cállate de una vez, pesada! ¡Has despertado a todo el mundo!

Pero si la tenía agarrada.

¿A quién?

En la roca, estábamos sentadas juntas…

¿De qué roca hablas? Déjanos dormir.

Se me ha caído de repente.

Gritas, cantas.

Pero si estaba dormida.

¡Gritando!

Fue ella la que se soltó de mi mano, se cayó.

Basta, duerme de una vez.

Da la luz.

¿Te has vuelto loca?

Se me había olvidado…

Nos matarán si la encendemos.

Espera…

¿Qué?

¿Has dicho que yo estaba cantando?

Cantabas, gritabas, todo a la vez, pero ahora cállate.

¿Qué es lo que cantaba?

¿Que qué cantabas?

Dormida, ¿qué cantaba?

¡Qué sé yo lo que cantabas! Eran alaridos. Eso es lo que cantabas. Qué cantaba, qué cantaba…

Pero si has dicho que he estado cantando.

Es una canción sin… No lo sé, hala, venga, vamos a…

¿No te acuerdas de qué canción era?

Dime, ¿estás chiflada o qué? Si estoy medio muerto.

¿Pero quién eres?

Habitación tres.

¿Tú también estás en cuarentena?

Tengo que volver a mi habitación.

No te vayas… ¿Te has ido? Espera, eh, tú… Se ha ido… ¿Pero qué es lo que habré estado cantando?

A la noche siguiente él volvió a despertarla y de nuevo se enfadó porque cantaba a pleno pulmón y había despertado a todo el hospital; entonces ella le suplicó que intentara recordar si se trataba de la misma canción del día anterior. Estaba desesperada por saberlo, por el sueño que había tenido, un sueño que había vuelto a ella casi todas las noches durante esos años, un sueño completamente blanco, todo en él era blanco, las calles, las casas, los árboles, los gatos y los perros, lo mismo que la roca del extremo del acantilado. También Ada, su amiga pelirroja, era completamente blanca, sin una sola gota de sangre en el rostro ni en el cuerpo. Pero tampoco esta vez fue capaz él de recordar la canción que ella había estado cantando. Le temblaba todo el cuerpo y ella, allí en su cama, también tiritaba ante él. «Somos como dos castañuelas», dijo él, y ella, para su propio asombro, dejó escapar una fresca risotada que a él le hizo sentir una especie de cosquilleo por dentro. Había agotado todas sus fuerzas en el trayecto de su habitación hasta la de ella, treinta y cinco pasos, un paso y descanso, otro paso y descanso, apoyándose en la pared, en los marcos de las puertas, en los carros de la comida vacíos. Ahora se había dejado caer y yacía a la puerta de la habitación de ella sobre el pegajoso suelo de linóleo. Durante un buen rato ambos permanecieron jadeantes. Quería volver a hacerla reír, pero ya no podía ni hablar y después, según parecía, se había quedado dormido.

Dime…

¿Qué? ¿Quién es?

Soy yo.

Tú…

Dime, ¿estoy sola en la habitación?

¿Y cómo voy a saberlo yo?

No se ve nada. Eh, ¿hay alguien, ahí?

Soy yo, que estoy aquí.

No. ¿Hay alguien más?

Ya está, ya me he levantado.

¿Qué ha pasado?

Que me he caído.

¿Tanto tiemblas?

Tiemblo, sí.

¿Cuánta tienes?

Esta noche cuarenta.

Yo cuarenta y tres décimas.

Tengo que volver a la habitación.

Dime…

¿Qué?

¿Cuándo se muere uno?

Con cuarenta y dos.

Falta muy poco.

No, no, todavía te queda margen.

Está espantosamente cerca.

Por la mañana te encontrarás mejor.

No te vayas, tengo miedo.

¿Lo oyes?

¿Si oigo qué?

El silencio que hay de repente.

¿Ha habido algún bum antes?

Cañonazos.

He estado todo el rato dormida y de repente vuelve a ser de noche.

Aunque esté acostado, siento como si me cayera.

Cada vez que abro los ojos, es de noche.

Porque lo tienen todo cerrado y a oscuras.

Creo que ellos nos están venciendo.

¿Quiénes?

Los árabes.

¿Pero qué estás diciendo?

Han tomado Tel Aviv.

¿Qué…? ¿Quién te lo ha dicho?

No lo sé. Puede que lo haya oído.

Estarías soñando.

No, lo han dicho aquí mismo, alguien, antes, he oído voces.

Es por la fiebre, son pesadillas, yo también las tengo.

El sueño que he tenido.

Ahora tengo que volver.

Estaba con una amiga mía.

Suponiendo que me pueda levantar del suelo.

Es como una especie de abismo y en lo alto hay una roca.

A lo mejor tú lo sabes.

¿El qué?

De qué lado he venido.

No conozco este sitio.

¿Cuánto tiempo llevas?

No lo sé.

Yo cuatro días, puede que una semana.

Espera, ¿dónde está la enfermera?

Por la noche está en el departamento de medicina interna A.

¿Toda la noche?

A veces se pasa por aquí. Es una árabe.

¿Cómo lo sabes?

Se le nota al hablar.

Estás temblando.

La boca, toda la cara.

Dime, ¿dónde están los demás?

A nosotros no nos llevan al refugio.

¿Por qué?

Para que no los contagiemos.

¿Así que solo quedamos nosotros?

Y la enfermera.

Estaba pensando que…

¿Qué?

Que podías cantarme algo.

¿Ya estás otra vez con lo mismo?

Solo tararea algo.

Que te cante, que tararee, ¿te crees que soy un…?

Si fuera al revés, yo te cantaría algo.

Me voy.

No te vayas.

Tengo que volver.

¿Adónde?

¿Adónde? ¿Adónde? A reunirme con mis antepasados, a bajar afligido al infierno, ahí es donde tengo que…

¿Cómo? ¿Qué es lo que has dicho? Un momento, ¿es posible que te conozca de algo? Eh, vuelve…

También al día siguiente por la noche, antes de las doce, fue a donde ella estaba, a la puerta de su habitación, y de nuevo le riñó y se quejó de que cantaba dormida y lo despertaba a él y a todo el mundo. Y también esta vez le preguntó ella si recordaba qué canción había estado cantando, pero él le respondió de mala gana que estaba harto de despertarse por su culpa todas las noches y tener que arrastrarse a lo largo del maldito pasillo; ella se sonrió para sus adentros y le preguntó si realmente tan lejos quedaba su habitación

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