Pero hermoso

Geoff Dyer

Fragmento

cap-3

 

 

 

Los campos a ambos lados de la carretera estaban negros como el cielo nocturno. El terreno era tan llano que si te subías a un granero veías los faros de un coche como estrellas acercándose desde el horizonte durante una hora antes de que las traseras rojas se perdieran hacia el este como fantasmas silenciosos. No se oía nada salvo el zumbido constante del coche. La oscuridad era tan uniforme que el conductor terminaba por creer que no había carretera hasta que los faros abrían un camino entre el trigo, que se retorcía rígidamente ante el impacto de la luz. El coche era un quitanieves, apartaba la oscuridad a un lado, abría un camino luminoso… Al notar que comenzaba a perder el hilo de sus pensamientos y le pesaban los párpados, pestañeó insistentemente y se frotó una pierna para espabilarse. Se mantenía constante en los ochenta kilómetros por hora, pero el paisaje era tan enorme e inalterable que daba la impresión de que el coche apenas se movía, era una nave espacial que avanzaba lentamente hacia la Luna… Sus pensamientos volvieron a vagar soñolientos por los campos y se planteó cerrar los ojos solo un segundo delicioso…

De repente el rugido de la carretera y el frío de la noche llenaron el coche y descubrió con sorpresa que había estado a punto de quedarse dormido. En cuestión de segundos el aire gélido inundó el vehículo.

—Oye, Duke, cierra la ventana, ya no tengo sueño —pidió el conductor, mirando al hombre del asiento del acompañante.

—¿Seguro que estás bien, Harry?

—Sí, sí…

Duke detestaba el frío tanto como él y no necesitó más para subir la ventanilla. El coche volvió a calentarse igual de rápido que se había enfriado. El calor seco y tostado de un coche con las ventanillas cerradas, su calor favorito del mundo. Duke había dicho muchas veces que la carretera era su casa, y en tal caso aquel coche era el corazón de su hogar. Ir sentados delante con la calefacción alta mientras el frío paisaje se deslizaba a su lado… para los dos equivalía a sentarse en unos butacones de una vieja casa de campo a leer frente a la chimenea mientras fuera caía la nieve.

¿Cuántos kilómetros habían recorrido juntos de esa guisa?, se preguntó Harry. ¿Un millón? Súmale trenes y aviones y probablemente podrías dar la vuelta al mundo tres o cuatro veces. No debía de haber mucha gente en el mundo que pasara tanto tiempo junta, ni que hubiera viajado tanto, posiblemente miles de kilómetros. Había comprado el coche en 1949 con idea de hacer alguna escapada fuera de Nueva York, pero enseguida comenzó a llevar a Duke por todo el país. Muchas veces había sentido el impulso de anotar en una libreta hasta dónde habían llegado, pero siempre pensaba que ojalá lo hubiera hecho desde el principio, y por eso cada vez que se le ocurría descartaba la idea y optaba por calcular más o menos la distancia acumulada y rememorar los países y las ciudades por los que habían pasado. Porque era eso: en realidad no visitaban ningún sitio, pasaban por el mundo, a veces llegaban a un concierto veinte minutos antes de comenzar y regresaban a la carretera media hora después de terminar.

No llevar esa libreta era lo único que lamentaba. Se había unido al grupo en 1927, en abril, cuando solo tenía diecisiete años y Duke tuvo que convencer a su madre para que lo dejara viajar en lugar de volver a la escuela, engatusándola y apretándole la mano mientras contestaba con una sonrisa «Sí, por supuesto, señora Carney» a todo lo que ella le decía, sabedor de que al final se saldría con la suya. Claro que si Duke hubiera mencionado que implicaría pasarse el resto de su vida en la carretera, la cosa no habría sido tan fácil. Con todo, visto con la perspectiva del tiempo, costaba encontrar un momento o un kilómetro que lamentara, en especial durante los años en que Duke y él iban a conciertos como este. El mundo entero adoraba a Duke, pero casi nadie le conocía; con los años él había terminado conociéndole como nadie y con eso ya se daba por pagado, el dinero era un añadido…

—¿Cómo vamos, Harry?

—Vamos bien, Duke. ¿Tienes hambre?

—Se me queja el estómago desde Rockford. ¿Y tú?

—Yo estoy bien. Me he guardado el pollo frito de ayer por la mañana.

—Estará sabrosísimo, Harry.

—De todas formas, enseguida pararemos a desayunar.

—¿Enseguida?

—Dentro de unos trescientos kilómetros.

Duke se rió. Medían el tiempo en kilómetros, no en horas, y se habían acostumbrado a distancias tan grandes que a menudo recorrían más de cien kilómetros entre que les entraban ganas de mear y paraban para ir al servicio. Trescientos kilómetros solían separar el primer gusanillo de un descanso para comer, y aunque pasaran por el único local en ochenta kilómetros, con frecuencia seguían conduciendo. Parar era algo que esperabas con tanta ilusión que casi no te atrevías a hacerlo: un premio tenía que posponerse indefinidamente.

—Despiértame cuando lleguemos —pidió Duke, colocándose el sombrero como almohada entre el borde del asiento y la puerta.

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