Alabanza

Alberto Olmos

Fragmento

Día 1

claudia y sebastian

Cuando ella se durmió, él se puso a escribir. Después del sexo, Sebastian se despejaba hasta tal punto que parecía obligado por la inercia erótica a continuar enzarzado en algo, ya fuera leer, ya escribir, ya fregar la vajilla acumulada durante sucesivas sobremesas negligentes. Hasta ordenar el salón y, en ocasiones, barrer esa habitación o cualquier otra se contaba entre sus actividades nocturnas habituales.

Había encendido el portátil y lo había puesto sobre la mesa camilla del comedor. Enseguida abrió un nuevo documento y lo guardó con el título que traía pensado para su libro: Las amadas. Ese encabezado no le gustaba especialmente; era obvio, quizá petulante, también cursi hasta la penalización. Pero no se le ocurría otro título para un libro donde pensaba reunir diez o doce relatos sobre su trayectoria amorosa, copias del natural de las mujeres que había conocido; de algunas de ellas. No sabía por qué se le había ocurrido esto para volver al cuento, tampoco le asistían cálculos razonables que indicaran que su regreso al género breve le saldría a cuenta, sobre todo cuando la continuación de El mapa del secreto o El secreto del mapa prometía tantos beneficios y satisfacciones. En cualquier caso, era consciente de que el día en que no pudo jurar si su propia novela se titulaba El mapa del secreto o El secreto del mapa fue el día en que decidió buscar refugio en los relatos.

Aquella noche inaugural en el pueblo no consiguió acabar un cuento; no consiguió, en rigor, empezarlo. El fracaso de aquella primera noche se titulaba «Remache». Ya «remache» no le acababa de precipitar a nada bueno. Pensó en «Tachuela» y lue go en «Grapa», y, cuando no se le ocurrieron más palabras para aquellos excitantes intrusos metálicos en el cuerpo de Silvia, supo que estaba haciendo algo mal.

Silvia se llamaba Silvia y en el cuento había puesto, en efecto, «Silvia». Seguramente Silvia se tomaría a mal que todo el mundo (era un decir; eran cuentos) supiera con quién se había acostado y cuántas veces y en qué posturas, y mayormente que en su espalda habitaban remaches o tachuelas o gra pas debido a una perentoria intervención de columna. Sebastian sólo descubrió los refuerzos metálicos una vez que tuvo a Silvia desnuda sobre su cama, y a cuatro patas. La escasa iluminación del dormitorio, auspiciada por esos haces procedentes de la calle –una farola, la ventana de un vecino– se concentró de pronto sobre la columna vertebral de Silvia, desvelando protuberancias antinaturales, relieves de luz, el metal anómalo.

Silvia era una chica muy delgada, y no tan belga: sólo la abuela. Sebastian la conoció en uno de los primeros talleres literarios que impartió, y, aunque había impartido muchos, Silvia era la única alumna con la que había acabado acostándose. Para la elaboración del cuento, lo del taller literario y la posible enjundia de una relación profesor-alumna quedaron enseguida desestimados. Lo único que le importaba, lo único que hacía a Silvia merecedora o damnificada de un relato era esa cosa tan particular que enderezaba o fijaba o daba esplendor a su espalda. Los clavos. Era el detalle el que hacía de ella literatura. Era esa imagen nocturna de su cuerpo curvado sobre el colchón, mientras la mano de Sebastian repasaba con curiosidad teratológica los robóticos remaches de su espalda.

Aunque en su cabeza nada refería un coito como una polla dentro de un coño, él no pensaba abusar de las crudezas del idioma para narrarlo. Ni siquiera pensaba entrar en de talles ni atender especialmente al acto sexual en los cuentos dedicados a las mujeres con las que había yacido, esas diez o doce. No sabía con cuántas mujeres se había acostado, no llevaba la cuenta. Era posible que de alguna no guardara el menor recuerdo, más por su carácter de amante olvidadizo que por lo nutrida de su nómina amatoria.

Pero una chica con tachuelas en las vértebras era por fuerza inolvidable.

Recordaba las hipnóticas tachuelas de Silvia pero también una frase, y era de esa frase de donde entendió que podía sacar todo el cuento, su estructura profunda. «Yo nunca hago estas cosas»: así la frase.

Su taller había cerrado por escasez de alumnos, de los siete que lo iniciaron sólo quedaban dos. Silvia fue de los que se dieron de baja. Como era una alumna esforzada, simpática y colaborativa, y como algo habían hablado al término de las sesiones del taller, Sebastian le escribió para concertar una cita y que le explicara su deserción. Era la primera vez que dirigía un taller de escritura creativa y sólo había publicado un libro; nada hacía presagiar entonces que volvería a enfrentarse a los alumnos ni que ampliaría las credenciales bibliográficas necesarias para hacerlo.

Silvia le dijo que no sabía por qué se había inscrito en aquel taller, por lo que poco podía explicar de su marcha. Se aburría. En general los alumnos de un taller literario, sentenció Sebastian, se aburrían en sus casas hasta que decidían hacer un taller, no siempre de escritura. El tema quedó aclarado en apenas un cuarto de hora, y después se habló de la vida, del tedio, de amor. Ella monologaba automáticamente, compartía su intimidad sin aspavientos ni, a buen seguro, conciencia de ello. Afirmó que acudía a un psicólogo «para darse importancia», que las mujeres eran infieles por naturaleza, que cuando se drogaba con los amigos del pueblo al que iba de veraneo, y se movían en automóvil de fiesta local en fiesta local, los chicos le encargaban esconder el alijo en su vagina, en prevención de un desafortunado encuentro con los controles policiales. Sebastian cayó rendido ante semejante recoveco narcótico, al que de hecho Silvia no había llamado «vagina».

«Nunca hago estas cosas.» La frase la pronunció Silvia al final de la noche, y Sebastian la llevaba consigo, unida al nombre de ella para privilegio o daño de su memoria. Sin quererlo, Sebastian había elegido, para dar inicio a su nuevo libro de relatos, un momento de su vida sexual en el que no era indiscutiblemente un tipo temerario, sino más bien un sujeto retraído al que había que hacer numerosas señales desde el otro lado para que acabara balbuciendo un beso.

Aquella noche acompañó a Silvia hasta su casa, hasta el portal mismo del inmueble donde vivía, y casi con rigor se despidió de ella y se encaminó hacia su propio domicilio, una buhardilla no muy alejada de allí. A medio trayecto sonó su móvil y era Silvia. Le dijo que pensaba que él iba a subir. Sebastian nunca llegó a considerar tal posibilidad, y no se le ocurrió informar de otra cosa que de su posición geográfica, más cercana a la casa de Silvia que a su propia vivienda, matizó. Ella dio el visto bueno a este romanticismo de topógrafo, y le dijo Ven y le encargó llevar bebida y, finalmente, cara a cara en el salón de su casa, declaró que ella no hacía esas cosas.

Se acostaron inmediatamente. No había cama sino sólo un colchón tirado en el suelo.

Sebastian pensaría después en cuántas veces podría haber dicho Silvia aquello de que ella no hacía esas cosas; en cuántas copias de una Silvia puntualmente atrevida habría hecho ella de sí misma.

El atrevimiento de Silvia era lo que quería contar en su cuento, a su vez una copia de una mujer, una falsificación favorecedora.

Remache. Tachuela. Grapa.

Clavo.

Sebastian consideraba que cuando escribía sobre los demás, sobre personas reales, los copiaba; sin embargo, cuando escribía sobre sí mismo, se versionaba. Copiar personas en un cu

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