Sudor

Alberto Fuguet

Fragmento

Sucede. Ocurre. De pronto uno conoce a un escritor y su obra adquiere fuerza, relevancia. También pasa lo contrario, por cierto: uno tiene la posibilidad de acceder al autor y a su hijo y la obra se te cae al suelo.

A veces uno vive una de esas historias que vale la pena contar. Esas que tienen algo de poco probable, de inverosímil, y eso justamente es lo que hace de ellas una historia. Como enredarse con el hijo de un escritor importante.

Como conectar con la obra secreta y la vibra del primogénito.

Como acostarse con él.

Como que te culió un Restrepo y te dejó mal.

Mal pero bien.

Rico. Prostáticamente exquisito.

¿Cómo puedo narrar sin participar del todo?

¿Cómo puedo ser, digamos, pasivo y a la vez activo?

O quizás lo adecuado —lo natural— es ser versátil. Moderno.

Y piola, claro.

Pueden llamarme Alf.

No es un mal comienzo aunque ya lo sé: la referencia libresca es algo burda y más meta y de escritor-de-taller de lo necesario. Si bien el narrador del libro que deseo escribir seré yo, no deseo —ni debo— ser el personaje principal. Igual creo que cabe armar algo con mi back story (unas páginas, un dossier, un making of) y de seguro en el libro irán saliendo de a poco, de rebote, sin querer, cosas acerca de mí.

¿O no?

No sé.

Todos me dicen Alf desde chico.

El hijito de su papá.

El hijo pródigo, el hijo díscolo, el ángel caído.

Un libro acerca de escritores y de la manía de escribir contado a través de dos personas que no escriben pero sí leen.

Que se leyeron de una.

Eran los últimos días de la administración Piñera. La Nueva Mayoría estaba por retornar al poder con Bachelet, decidida a ser no la mamá de todos sino la madre coraje que ella vio en un montaje al aire libre en Alemania del Este. No al lucro, sí a la meritocracia, educación gratuita para todos, fin de los privilegios para la clase alta. Chile para todos, no sólo para algunos. Todos: no el todo-el-mundo de toda-la-vida sino todos. Todos (sí, todos, ese nosotros excluyente e incluyente que todos los que son parte de ese puto todo saben conjugar a la perfección) estaban aterrados, ruidosos, exhibicionistas y como aprovechando los últimos días de una época dorada que de seguir iba a estallar. Había hastío y algo andaba mal pero el diagnóstico estaba errado. Algo iba a suceder, tenía que suceder, esto no seguiría igual, los días de alguna manera estaban contados.

Lo que era cierto.

Muchos (el mundillo ligado al arte, a la prensa, a lo audiovisual, los seguidores y los cazadores de tendencias, la supuesta intelectualidad, la gente conectada) juraban que eran parte de una fiesta edénica digital all-inclusive. Adictos a Twitter e Instagram, amarrados a Facebook, clavados en sus celulares y con la sensación de un insólito empoderamiento digital (todos fisgoneaban a todos, todos seguían a todos) que los hacía hablar más de la cuenta, no quedarse en casa tranquilos, escuchar muy poco a los demás y jurar que eran parte del jardín de al lado y de la fiesta interminable. Había más críticos gastronómicos que literarios y todos se creían famosos y acosados.

Estábamos sobregirados, coludidos, ansiosos.

Había que caer.

Algo debía ceder.

A pesar de que todos en la editorial lo intuíamos, nadie lo comentaba mucho, pero lo cierto es que estábamos en los descuentos antes de dejar de existir como seres autónomos. Alfaguara y toda la parte literaria de Santillana dejaría muy pronto de ser parte del grupo madrileño PRISA para fusionarse o ser cooptado por Penguin Random House, dejando a muchos soldados en el campo de batalla. Entre ellos yo, Alf Garzón, un editor adjunto especializado en no ficción (advenedizo, lo asumo; me ensucié en la ficción y las novelas trash por encargo durante mi oscura época Seix Barral-Planeta). Por un buen rato fui apodado —lo sé— el «tipo de Taurus» por el sello que tenía a cargo (es curioso que poco a poco Taurus haya agarrado vuelo como nombre de una productora de eventos gay ligados a la disco Bunker, a la que me volví adicto; Taurus, de toro, de semental). Mientras muchos editores de la plaza buscaban «la gran novela chilena que además venda y sea exportable», era yo el que apostaba o creía (cree, digo) en la crónica y los testimonios, el que «quería dar vuelta» a los autores «de marca» para que dejaran de escribir novelas con un lenguaje impostado o con tramas conspirativas y optaran por el fértil terreno del ensayo y la memoria.

Un asunto quiero que quede claro desde ya: que no me hayan llevado a la nueva editorial no fue por lo que pasó.

Lo que pasó, pasó.

No debe leerse como un castigo o una venganza.

Para nada.

Yo al menos no lo veo ni lo siento así.

Sé que otros insisten en que pagué merecidamente por «mi comportamiento». Que no podía ser premiado por lo que ocurrió. Que era lógico. Victoria Martinetto, mi jefa, me lo dijo cuando me informó que hasta aquí llegábamos.

—Quiero que sepas que te quiero —me dijo entre sus lentes eternamente rosados-casi-marrón (¿bifocales?, ¿fotocromáticos?) antes de acuchillarme por la espalda.

En realidad me pasó un papel para que lo firmara.

Pero yo no hice nada.

Nada.

Fui parte, sí, fui testigo, más pasivo que activo (con Rafa, digo), e hice lo que pude, pero no tuve la culpa yo sino otro. ¿Quién lo iba a decir?

Viví para contar.

Y me quedé con el disco duro azul.

Victoria Martinetto, con su cuerpo tallado en pilates y su look étnico a lo Frida Kahlo, en tanto, fue despedida de la gerencia comercial y terminó de gerente del gimnasio-spa Hard Candy.

Si de los cuarenta y tres años que he vegetado en este planeta me permitieran revivir uno, creo que escogería el que pasé hace dos, específicamente esos cuatro días y tres noches en extremo calurosos y transpirados de fines de octubre del 2013 cuando pasó por la Feria Internacional del libro de Santiago, FILSA, y por todos nosotros, la costosa y organizada gira de prensa de El aura de las cosas de Rafael Restrepo Carvajal y su hijo, Rafa Jr. Por esos interrumpidos four days and three nights es que ese 2013 está bien arriba en la lista de mis momentos clave.

O quizás no.

Quizás preferiría borrarlos de mi recuerdo.

No sé.

Tampoco fue tan malo.

Lo que sí tengo claro es esto: son días narrables.

Hay una historia ahí. Siempre uso esa frase, es mi tic:

—Hay una historia ahí, hueón. Nárrala. Cuéntamela.

No todos los autores desean contar su mejor historia. O se la guardan o no tienen claro cuál es o se les hace

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