Patrick Melrose

Edward St. Aubyn

Fragmento

cap-1

1

A las siete y media de la mañana, cargada con la colada que había planchado la noche anterior, Yvette bajó por el camino de entrada a la casa. La sandalia chasqueaba ligeramente cuando encogía los dedos para impedir que se le soltara y la tira rota la obligaba a caminar con torpeza por el suelo pedregoso, lleno de surcos. Por encima del muro, por debajo de la fila de cipreses que bordeaba el camino, vio al doctor de pie en el jardín.

Con la bata azul y las gafas oscuras puestas aunque era temprano para que el sol de septiembre hubiera asomado por la montaña caliza, el doctor enfocaba el denso chorro de agua de la manguera que sostenía en la mano izquierda hacia una columna de hormigas que trajinaban por la gravilla a sus pies. Tenía una técnica establecida: dejaría que las supervivientes se afanaran sobre las piedras mojadas y recuperaran por un instante la dignidad antes de volver a descargar sobre ellas la tromba de agua. Con la mano libre se quitó el puro de la boca, el humo subió por entre los rizos castaños y grises que le tapaban los prominentes huesos de la frente. Luego estrechó el chorro de agua con el pulgar para atacar mejor a una hormiga que estaba empeñado en matar.

Yvette solo tenía que dejar atrás la higuera y podría colarse en la casa sin que el doctor Melrose se percatara de su llegada. Sin embargo, el doctor tenía la costumbre de llamarla sin levantar la vista del suelo justo cuando ella creía que el árbol la protegía. El día anterior le había hablado el rato suficiente para agotarle los brazos, pero no tanto como para que Yvette dejara caer la colada. El doctor calculaba esas cosas con suma precisión. Había empezado preguntándole su opinión sobre el mistral, con exagerado respeto por su conocimiento nativo de la Provenza. Para cuando tuvo la amabilidad de interesarse por el trabajo de su hijo en el astillero, el dolor se le había extendido desde los hombros y lanzaba agudas incursiones hacia el cuello. Yvette estaba decidida a desafiarle, incluso cuando le preguntó por los dolores de espalda de su marido y si le impedirían conducir el tractor durante la cosecha. Hoy no la había llamado con el «Bonjour, chère Yvette» que inauguraba esas solícitas charlas matinales, e Yvette se agachó por debajo de las ramas de la higuera para entrar en la casa.

El château, como llamaba Yvette a lo que para los Melrose era una granja vieja, estaba construido sobre una pendiente, de manera que el camino de entrada quedaba a nivel de la planta alta. Unas anchas escaleras descendían por un lateral de la casa hacia una terraza frente al salón.

Otras escaleras bordeaban el otro lado de la casa hacia una pequeña capilla que se usaba para esconder los cubos de basura. En invierno, el agua borboteaba pendiente abajo por una serie de estanques, pero en esa época del año el canalón que pasaba junto a la higuera quedaba en silencio, atascado por higos aplastados y reventados que manchaban el suelo donde caían.

Yvette entró en la sala alta y oscura y dejó la colada. Encendió la luz y empezó a separar las toallas de las sábanas y las sábanas de los manteles. Había diez armarios altos repletos de ropa blanca cuidadosamente doblada que no se usaba. Yvette a veces abría esos armarios para admirar la colección que guardaban. Algunos de los manteles tenían hojas de laurel y racimos de uvas bordados de tal modo que solo se veían si los sostenías en un ángulo concreto. Ella acariciaba los monogramas bordados sobre las suaves sábanas blancas y las coronas que rodeaban la letra V en la esquina de las servilletas. Su favorito era el unicornio encima de una ristra de palabras extranjeras de algunas de las sábanas más viejas, pero tampoco se usaban nunca, y la señora Melrose insistía en que Yvette reciclara el mismo montón de ropa del armario pequeño que había junto a la puerta.

Eleanor Melrose subió como un vendaval los escalones bajos que comunicaban la cocina con el camino. De haber andado más despacio, podría haberse tambaleado, detenido y sentado desesperada en el muro que corría paralelo a las escaleras. Sentía unas náuseas desafiantes, que no se atrevía a retar con comida y que ya había agravado con un cigarrillo. Se había cepillado los dientes después de vomitar, pero todavía notaba el sabor a bilis en la boca. También se había cepillado los dientes antes de vomitar, incapaz como siempre de sofocar del todo la vena optimista de su carácter. Las mañanas habían refrescado desde primeros de septiembre y el aire ya olía a otoño, cosa que apenas afectaba a Eleanor, a quien el sudor le traspasaba la gruesa capa de maquillaje de la frente. A cada paso apoyaba las manos en las rodillas para propulsarse, mirándose a través de unas enormes gafas de sol las zapatillas blancas que cubrían los pálidos pies y los pantalones de seda rosa oscuro como guindillas pegándosele a las piernas.

Se imaginó vodka cayendo sobre unos cubitos y el hielo escarchado volviéndose transparente y desmoronándose en el vaso, crujiendo como una columna en manos de un osteópata confiado. Todos los cubitos desordenados y pegajosos flotando juntos, tintineando, traspasada la escarcha al cristal y el vodka frío y untuoso a su boca.

El camino subía en aguda pendiente a la izquierda de las escaleras hasta una zona redonda de terreno llano donde tenía aparcado el Buick granate bajo un pino piñonero. El Buick se veía ridículo, apoyado sobre los neumáticos blancos como la pared contra el fondo que componían los bancales de viñas y olivares, pero para Eleanor su coche era como un consulado en una ciudad extranjera, y se dirigió hacia él con la premura de una turista recién atracada.

Glóbulos de resina translúcida se habían pegado al capó del Buick. Una mancha de resina con una aguja seca dentro se había adherido a la base del parabrisas. Eleanor intentó arrancarla, pero solo ensució más el cristal y se manchó los dedos de sustancia pegajosa. Tenía muchísimas ganas de entrar en el coche, pero siguió rascando compulsivamente la resina, ennegreciéndose las uñas. La razón por la que a Eleanor le gustaba tanto su Buick era que David nunca lo conducía, ni siquiera se subía a él. Eleanor era la dueña de la casa y de las tierras, pagaba el servicio y la bebida, pero solo el coche le pertenecía de verdad.

Cuando conoció a David, hacía doce años, se había sentido fascinada por su aspecto. La expresión que los hombres se creían con derecho a lucir cuando contemplaban sus tierras desde un frío salón inglés se había ido perpetuando a lo largo de cinco siglos hasta perfeccionarse en el rostro de David. Eleanor nunca había comprendido por qué los ingleses consideraban tan distinguido no haber hecho nada en el mismo sitio durante mucho tiempo, pero David no le dejó lugar a dudas de que así era. Además, él descendía de Carlos II por vía de una prostituta. «Si fuera tú, no lo iría diciendo por ahí», había bromeado ella cuando se lo contó. En lugar de sonreír, David se había puesto de perfil de un modo que Eleanor había terminado aborreciendo, había fruncido el labio inferior y dado a entender que estaba demostrando una gran tolerancia al no decir nada demoledor.

En otra época Eleanor admiraba la manera en que David se había convertido en médico. Cuando David le había comunicado sus intenciones a su padre, el general Melrose le había cortado inmediatamente la anualidad y había preferido invertirla en la cría de faisanes. Disparar a hombres y a animales eran ocupaciones de c

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