La diabla en el espejo

Horacio Castellanos Moya

Fragmento

cap-1

1

EL VELORIO

No es posible que una tragedia semejante haya sucedido, niña. Yo estuve con Olga María casi toda la mañana, en la boutique de Villas Españolas, mientras ella revisaba un pedido que acababa de llegar. Es increíble. No termino de creerlo; parece una pesadilla. No sé por qué tardan tanto en prepararla: ya son las cinco y media y no sacan el cadáver. Es que el juez se tardó un mundo en llegar a reconocerla. Un desgraciado ese juez. Y la pobre ahí tirada, en el piso de la sala, mientras el montón de curiosos entraba a la casa. Espantoso. A mí me avisaron casi de inmediato: Sergio, el hermano de Olga María, telefoneó a mi casa para decirme que había sucedido una desgracia, que habían herido de muerte a Olga María en un intento de asalto. Así dijo: «herido de muerte». Yo no podía creerlo: una hora y media atrás había estado con ella. Salimos juntas de la boutique hacia el estacionamiento. Ella dijo que iría a recoger a las niñas al colegio y que me telefonearía en la tarde. Por eso Sergio me tomó totalmente por sorpresa. Le pregunté en qué hospital la habían internado. Me dijo que no estaba internada, sino que yacía muerta en la sala de su casa, que Marito se había llevado a las niñas al apartamento de doña Olga. Quedé atontada. No alcanzaba a reaccionar. Luego dije: «Voy para allá». Manejé como loca. Iba como drogada, niña, no sé cómo no choqué. Me pasaba por la cabeza el montón de imágenes de aquélla, de lo último que habíamos hablado esa mañana, de lo contenta que estaba porque las ventas en la boutique habían mejorado, de los esfuerzos que estaba haciendo para volver a normalizar la relación con Marito. Una ingratitud que algo así haya pasado. Espantoso. Ves que la casa de ellos queda en la colonia La Sultana, y como yo vivo en Santa Tecla, pues llegué en cosa de diez minutos. Ya estaba ahí la policía. Salí de mi auto a la carrera, como si fuera a comprobar que no era cierto, que Olga María estaba viva y todo había sido una confusión. Pero su cuerpo yacía sobre la alfombra de la sala, a un lado del sofá, en medio de un charco de sangre, con una sábana blanca encima. Me arrodillé y levanté la sábana: el agujerito en la cabeza era pequeño, pero por atrás se le habían salido todos los sesos. Me sentí horrible, niña, hasta con ganas de vomitar. Ni siquiera pude llorar de la impresión. Volví a taparla. Sergio me tomó por los hombros y me dijo que necesitaba que yo fuera con las niñas, la habían matado a sangre fría enfrente de ellas, permanecían en shock cuando Marito se las llevó. Imaginate: esos criminales mataron a Olga enfrente de las niñas. No hay perdón. Ya se están tardando mucho con el cuerpo, tienen que sacarla de un momento a otro, está empezando a llegar bastante gente. Le escogimos un vestido negro de raso, elegantísimo. Quiero ver cómo le queda. Doña Olga tenía dudas, pero siguió mi consejo: es el mejor vestido, con el que se mirará más bella. Sergio insistió en que me fuera al apartamento de su madre, a ayudarla con las niñas, porque Marito tenía que regresar a la casa para estar presente en las diligencias judiciales, al fin de cuentas era su esposo, el dueño de la casa, el que tiene que responder por todo. Pobre Marito, está destruido. Yo lo vi hasta más tarde. Quizás nos cruzamos en el camino, cuando él regresaba a la casa y yo me dirigía al apartamento de doña Olga. Sentía una gran ansiedad de abrazar a las niñas, de protegerlas, de que olvidaran lo que habían visto. Pero entonces, a medio camino, me quebré, horrible, niña, una especie de ahogo me sofocaba, alcancé a detener el auto y lloré, inconteniblemente, apoyada en el volante, lloraba por Olga María, por las niñas, por Marito, por mí, porque si entonces no me desahogaba después sería peor. Cuando entré al apartamento un doctor platicaba con las niñas. Doña Olga se mantenía entera, recia, sin siquiera llorar, aunque el tormento se le notaba en todo el cuerpo. Me dijo que a las niñas les acababan de dar un calmante, estaban conmocionadas, lo mejor era que por el momento descansaran, sin estar repitiendo lo que habían visto, según recomendaba el médico. Las abracé tratando de contenerme, no quería que me vieran débil. Olguita ya cumplió diez años, es tan madura, linda como su madre, la misma expresión, igual de inteligente; Raquelita se parece más a Marito, un poco apagada, quizás por ser la menor. Siempre me han dicho tía, aunque no somos parientes, la propia Olga María les enseñó a llamarme así: tía Laura. Éramos las mejores amigas, desde la Escuela Americana, te imaginás, hace veintitrés años. Ahí la traen ya, al fin. Vení, acompañame, a ver cómo quedó. Mirá qué arreglos florales más preciosos: éste es de la compañía de publicidad de Marito. Te lo dije, niña, era el mejor vestido, se ve tan preciosa, la han arreglado muy bien, hasta el hoyito en la sien casi no se le nota. La vida es una calamidad. Cómo le pudo pasar esto. Vos fuiste a su última fiesta de cumpleaños, ¿te acordás?, estaba tan contenta por cumplir treinta años, decía que lo mejor de la vida comenzaba ahora, siempre tan optimista y llena de vitalidad. Son unos hijos de puta, cobardes, habría que matarlos a todos. Mirá el peinado qué lindo le ha quedado, tal como lo usaba cuando iba a las fiestas, la propia Mercedes se vino del salón de belleza para arreglarla. Unos verdaderos malditos, porque sólo querían matarla, no le robaron nada, ni intentaron siquiera. Fue lo que me contó Olguita, cuando llegué en la tarde: el tipo las sorprendió en la cochera, cuando estaban saliendo del auto, luego las obligó a entrar a la sala y ahí, sin decir palabra, le disparó a Olga María en el pecho y luego la remató. Desgraciado. Me da tanta rabia. Ya comienza a venir más gente. Vamos a sentarnos. Mirá, viene entrando Marito. Sergio dijo que iba a cambiarse de ropa. Doña Olga y las niñas vendrán como a las siete, las pobres, se han portado tan bien esas niñas, es increíble lo maduras que son. Quien me preocupa es Marito, lo veo tan frágil, no sé qué hubiera hecho sin Sergio. Ha sido una tarde de locos. Yo estuve como una hora en el apartamento de doña Olga, distrayendo a las niñas, hasta que los sedantes hicieron efecto y se quedaron dormidas. Fue cuando Olguita me contó lo del criminal que sólo llegó a matar a Olga María: ella le dijo que se llevara el auto, lo que quisiera, pero que no les hiciera daño, sobre todo ella temía por las niñas; pero el criminal no quería nada más que matarla, como si alguien lo hubiera enviado, como si ya traía la orden precisa. Algo me huele raro, en especial porque Olga María no podía tener enemigos. Así se lo dije a esos policías tan impertinentes que llegaron al apartamento de doña Olga preguntando por las niñas, que las querían interrogar, decían, que sólo ellas habían visto al criminal, les urgía una descripción del sujeto para hacer un retrato hablado, era importantísimo, insistían. Pero el médico había dicho que las niñas no debían ser molestadas, les dije, y que además en ese momento estaban dormidas, así que mejor dejaban el interrogatorio para mañana. Pero los tipos eran necios, sobre todo el jefe, el que se identificó como subcomisionado Handal, qué necedad de individuo, por eso estamos como estamos, porque los policías en vez de andar capturando criminales se dedican a molestar niñas indefensas. Así se lo dije. Pero el tipo no se inmutó. Repitió que entre más rápido tuviera una descripción del delincuente más fácil sería organizar su

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