Bajo el volcán

Malcolm Lowry

Fragmento

cap

PRÓLOGO

Tres ideas para volver a Bajo el volcán

En septiembre de 1968, en una entrevista concedida a María Josefina Tejeda para El Nacional, de Caracas, José Revueltas hizo una declaración fervorosa e inequívoca: “Todavía no hemos llegado al nivel de la gran novela norteamericana o europea. ¿Qué gran novela mexicana hay comparable a Bajo el volcán, de Malcolm Lowry? Yo sería el más ferviente admirador y subordinado de un Malcolm Lowry mexicano”. La opinión me interesa por la evidente confluencia existencial entre ambos autores, en particular su periplo a través de la luz negra del alcohol —un milagro envenenado al que no soy ajeno. Pero también por lo que atañe al Realismo Dialéctico, esa “literatura del lado moridor” acerca de la cual Revueltas teorizó larga y confusamente, y en cuyas márgenes México aparece —entre otras muchas y agudas observaciones que vinculan lo político a lo sagrado— como símbolo de una experiencia espiritual llamada Infierno.

La primera edición en español de Bajo el volcán —en la misma traducción que el lector tiene ahora en sus manos— apareció en 1964. Ignoro si Revueltas conoció la obra de Lowry antes de esa fecha, pero lo dudo. De ahí que me parezca relevante traer a colación el prólogo a la reedición de 1961 de Los muros de agua, donde el mexicano establece lowryanamente que

La realidad […] debe ser ordenada, discriminada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos. Pero estos requisitos tampoco son arbitrarios; existen fuera de nosotros; son, digámoslo así, el modo que tiene la realidad de dejarse que la seleccionemos.

[…] La realidad tiene un movimiento interno propio, que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata, donde todo parece tirar en mil direcciones a la vez. Tenemos entonces que saber cuál es la dirección fundamental, a qué punto se dirige […]. Dicho movimiento interno de la realidad tiene su modo, tiene su método, para decirlo con la palabra exacta (su “lado moridor”, como dice el pueblo.) Este lado moridor de la realidad, en el que se la aprehende, en el que se la somete, no es otro que su lado dialéctico: donde la realidad obedece a un devenir sujeto a leyes, en que los elementos contrarios se interpenetran y la acumulación cuantitativa se transforma cualitativamente.

Para Revueltas, como para el cónsul Geoffrey Firmin, el lado moridor que organiza la realidad y le confiere dimensión estética está investido de símbolos judeocristianos y de la tensa relación de estos con el caos primitivo; con la violencia y autodestrucción preternaturales. Si José —en El luto humano o en las primeras páginas de Los días terrenales— borda tal tesitura al amparo de metáforas bíblicas, para Malcolm serán la Divina Comedia y el Fausto, de Marlowe la doble matriz simbólica de donde emerjan las imágenes siniestras que son leitmotiv de Bajo el volcán. La vida trágica —no existe otra— está determinada —parece decirnos Lowry— por un movimiento circular que nos devuelve una y otra vez no sólo a los mismos lugares —Parián, Oaxaca, Quauhnáhuac—, sino sobre todo a las mismas representaciones plásticas de lo insondable: un perro callejero, un caballo herrado con el número siete, un indígena sombrerudo y moribundo, dos volcanes enamorados, una botella de tequila oculta entre las flores del jardín del Edén… “Veo que la tierra anda”, dice el Cónsul en el ápice de uno de los pasajes más hermosos y tétricos de la historia de la literatura, “estoy esperando a que pase mi casa por aquí para meterme en ella”. Y el chiste, expuesto desde el estado de fiebre perfecta que insufla el aguardiente en las almas, logra sonar a condena.

Desde su recepción temprana, Bajo el volcán fue censurada por el crítico R. W. Flint debido a su second-handedness: su recurrencia a materia estética proveniente de otras obras clásicas de la literatura occidental. El juicio no sólo me resulta severo, sino ante todo envejecido: en una cultura como la hipermoderna, tan afecta al refill y la parodia, la dialéctica operativa del realismo simbólico de Lowry rivaliza con otros experimentos contemporáneos, excediéndolos en extrañeza y densidad por su tratamiento crudo, casi sin vocación interpretativa, de lo que me atrevería a llamar exotismo hardcore si no lo considerase un retrato fidedigno de México. Tal vez sea este peculiar ejercicio de palimpsesto sublime y aun solemne lo que hace tan auténtica la pátina de mexicanidad (entendida ésta como metonimia cultural y paradigma infernal, no en un sentido nacionalista) implementada por Lowry. A diferencia del de D. H. Lawrence, que confunde a los aztecas con una mascarada veneciana; o el de Graham Greene, cuyo catolicismo no logra diferenciar una política oficial de una idiosincrasia; o el de William Burroughs, quien nunca pretendió ser algo más que un turista despistado y punk-avant-la-lettre, el México que Malcolm Lowry consigue dibujar es verdadero no en un sentido histórico sino poético; porque su sentimiento de la realidad cotidiana está a la altura del mito y el misterio. Un botón: ¿qué superficie narrativa esbozaría con mayor profundidad este país que un veloz tratamiento del perpetuo temor a ser asesinados y/o desaparecidos por un policía corrupto?... Para la mayoría de quienes vivimos aquí, se trata de una recurrente pesadilla lúcida.

Existe por último una sincronía de la imaginación epistolar que me impele a evocar a Revueltas y Malcolm Lowry como colegas marineros en las procelosas aguas de lo que el primero de ellos bautizó como Realismo Dialéctico. En el prólogo de 1961 a Los muros de agua (escrito veinte años después de la publicación original de la obra, pero que por artes de la autoficción retroactiva se lee hoy como la primera pieza cronológica en el corpus de su autor) aparece consignada una carta que José envió a María Teresa, su mujer, desde un leprosario en Guadalajara en 1955. El texto —uno de los pasajes más rebozantes de pathos de la literatura mexicana— crea un efecto de metaficción que permite a Revueltas corregir su propia obra sin introducir en ella ningún cambio directo, amén de sentar las bases teóricas de su visión narrativa, del horror diferido que genera la realidad cuando es transformada en realismo por un punto de vista. Paralelamente, en el primer capítulo de Bajo el volcán, Jacques Laruelle encuentra dentro del libro de teatro elizabethiano que le prestó hace más de un año el Cónsul (y que ya nunca podrá ser devuelto a su dueño) una carta que Geoffrey escribió (pero jamás envió) a Yvonne antes de los sucesos narrados en la novela (el primer capítulo de Bajo el volcán sucede el Día de Muertos de 1939; los once restantes, el Día de Muertos de 1938). Cima de una desesperación demasiado articulada como para ser soportable, la carta del Cónsul prefigura el regreso de Yvonne a Quauhnáhuac, la caída definitiva del protagonista derrotado por la nitidez de sus delirios, y el dolor colectivo de las traiciones íntimas apenas entredichas que involucran a Hugh, el medio hermano de Geoffrey, y al propio Laruelle. La misiva narra también un viaje a Oaxaca que se cuenta entre los pasajes más soberbios de la prosa de Lowry,

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