El adulto

Gillian Flynn

Fragmento

cap

N.jpgo dejé de hacer pajas porque no se me diera bien. Dejé de hacer pajas porque era la que mejor las hacía.

Durante tres años, hice las mejores pajas en el área de los tres estados. La clave está en no pensar demasiado. Si empiezas a preocuparte por cuestiones técnicas, si te paras a analizar el ritmo y la presión, pierdes la naturaleza esencial del acto. Tienes que prepararte mentalmente de antemano y luego dejar de pensar, confiar en tu cuerpo y dejar que se haga cargo.

Básicamente, es como un buen swing de golf.

Me dedicaba a cascársela a los tíos seis días a la semana, ocho horas al día con una pausa para el almuerzo, y siempre tenía la agenda completa. Me tomaba dos semanas de vacaciones al año y nunca trabajaba en esas fechas, porque las pajas vacacionales son tristes para todos los implicados. En poco más de tres años, calculo que eso vienen a ser unas 23.546 pajas. De modo que no le hagáis caso a la guarra de Shardelle cuando dice que lo dejé porque no tenía talento.

Lo dejé porque cuando has hecho 23.546 pajas en un periodo de poco más de tres años, el síndrome del túnel carpiano pasa a ser un problema muy real.

Llegué a mi oficio de manera honesta. Quizá «de manera natural» sería un mejor modo de expresarlo. Mi vida nunca se ha caracterizado por hacer las cosas con honestidad. Fui criada en la ciudad por una madre tuerta (la frase con la que empezaré mis memorias) y no puedo decir que fuera una mujer agradable. No tenía un problema con las drogas ni con la bebida, pero sí que lo tenía con el trabajo. No he conocido en mi vida tía más vaga. Dos veces por semana, salíamos a las calles del centro a pedir limosna, pero como mi madre odiaba estar de pie, abordaba el proceso como una auténtica estratega. El objetivo era conseguir el máximo dinero en el menor tiempo posible para volver cuanto antes a casa y comer Tigretones mientras veíamos programas de telerrealidad judicial sentadas en nuestros colchones rotos, entre las manchas. (Eso es lo que mejor recuerdo de la mayor parte de mi infancia: las manchas. Sería incapaz de describiros el color del ojo de mi madre, pero sí os puedo decir que la mancha de la moqueta era de un marcado marrón caldoso, las manchas del techo eran de un naranja requemado y las manchas de la pared eran de un amarillo vibrante, como el de una meada de resaca.)

Mi madre y yo nos disfrazábamos para hacer el papel. Ella tenía un bonito vestido de algodón, ajado y descolorido, pero que proclamaba decencia a raudales. A mí me endilgaba cualquier prenda que se me hubiera quedado pequeña. Nos sentábamos en un banco y nos centrábamos en la gente adecuada a la que mendigar. Un apaño bastante sencillo. La primera opción son los autobuses de excursiones parroquiales. Los parroquianos locales se limitan a remitirte a la iglesia. Los de fuera, por lo general, se sienten obligados a ayudar, sobre todo a una señora tuerta con una cría de cara triste. La segunda opción son las mujeres que van de dos en dos. (Las mujeres que van solas pueden esquivarte con rapidez; un grupo numeroso es demasiado complicado de manejar.) La tercera opción es una mujer sola que tenga una expresión receptiva. Ya sabéis a qué tipo me refiero: la misma mujer a la que vosotros abordáis para preguntar la hora o pedir indicaciones, era la mujer a la que nosotras pedíamos dinero. También a hombres jóvenes que llevasen barba o guitarra. No os molestéis en abordar a hombres trajeados: ese cliché es cierto, son todos unos cretinos. Y pasad también de cualquiera que lleve un anillo en el pulgar. No sé por qué será, pero los hombres con anillo en el pulgar nunca ayudan.

En cuanto a los que escogíamos, no los llamábamos pardillos, ni presas ni víctimas. Los llamábamos «Tony», porque así era como se llamaba mi padre, que nunca supo decirle que no a nadie (aunque asumo que se lo dijo a mi madre al menos en una ocasión: cuando le pidió que se quedara).

En cuanto abordas a un Tony, puedes adivinar en dos segundos el método idóneo para pedirle limosna. Algunos quieren acabar cuanto antes, como si se tratase de un atraco. Espetas: «¿Tesobranunasmonedasparapodercomeralgo?». Otros buscan regodearse en tu desgracia. Solo aflojan la mosca si a cambio les das algo que les haga sentirse bien consigo mismos, y cuanto más triste sea tu historia, mejor se sentirán por haberte ayudado y más dinero sacarás. No les culpo. Si vas al teatro, quieres que te entretengan.

Mi madre se había criado en una granja al sur del estado. Su madre murió al dar a luz; su padre cultivaba soja y solo se ocupaba de ella cuando no estaba muerto de cansancio. Vino a la ciudad para estudiar en la universidad, pero su padre contrajo cáncer, hubo que vender la granja, llegar a final de mes se volvió imposible y tuvo que dejar los estudios. Trabajó como camarera durante tres años, pero entonces llegó su chiquilla, el padre de la chiquilla las abandonó y en menos que canta un gallo… era una de ellos. Los menesterosos. No se sentía orgullosa…

Ya captáis la idea. Aquello era solo el punto de partida. A partir de ahí, puedes ir ampliando la historia. Enseguida te das cuenta de si tu interlocutor quiere oír un rudimentario relato de lucha contra la adversidad, en cuyo caso yo pasaba a ser repentinamente alumna de honor en una distante escuela concertada (es cierto que lo era, pero aquí el quid no está en decir la verdad) y mi madre solo necesitaba dinero para gasolina para poder llevarme hasta allí (en realidad iba yo sola y para ello tenía que tomar tres autobuses). O si la persona quiere una historia de crítica contra el sistema. En tal caso, me veía automáticamente afectada por alguna extraña enfermedad (nombrada en honor del gilipollas con el que mi madre estuviera saliendo en aquel momento: síndrome de Todd-Tychon, mal de Gregory-Fisher) y las facturas médicas nos habían dejado en la ruina.

Mi madre era astuta, pero perezosa. Yo era mucho más ambiciosa. Tenía cantidad de energía y nada de orgullo. A los trece años ya me sacaba en limosnas cientos de dólares al día más que ella, y para cuando cumplí los dieciséis ya había dejado atrás a mi madre, las manchas y la televisión —y sí, el instituto también— para montármelo por mi cuenta. Cada mañana salía y mendigaba durante seis horas. Sabía a quién abordar, durante cuánto tiempo y qué decirle exactamente. Nunca me dio vergüenza. Lo consideraba un intercambio puramente comercial: hacías que una persona se sintiera bien y esta te daba dinero a cambio.

De modo que podréis entender que lo de las pajas me pareciera una progresión natural en mi carrera.

Palmas Espirituales (a mí no me miréis, no fui yo quien le puso nombre al negocio) estaba en un barrio de «Tonys» al oeste del centro. Cartas de tarot y bolas de cristal en el escaparate, sexo suave en la parte de atrás. Me presenté allí en respuesta a un anuncio donde pedían una recepcionista. Resultó que «recepcionista» significaba «prostituta». Mi jefa, Viveca, sí que empezó como recepcionista y actualmente ejerce como genuina lectora de palmas. (Aunque Viveca no es su verdadero nombre; su verdadero nombre es Jennifer, pero la gente no se cree que una Jennifer pueda adivinarte el futuro; una Jennifer podría indicarte qué zapatos deberías comprar o qué mercado ecológico visitar, pero más le vale mantener las manos alejadas de los futuros de otras

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