La mujer justa

Sándor Márai

Fragmento

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Abrió la puerta, me besó la mano y, sin pronunciar palabra, me guió hasta una estancia muy amplia.

Vivía en el quinto piso de un edificio de reciente construcción a orillas del Danubio. Todo era nuevo, cómodo y moderno en aquella casa. Lo único pasado de moda era el mobiliario del piso, antiguo y provinciano. Miré alrededor y me quedé profundamente sorprendida. Me sentía confusa y agitada; sin embargo, empecé a fijarme en los detalles de la decoración, porque a veces las personas somos así de paradójicas. Creo que incluso cuando nos llevan al patíbulo nos fijamos en los detalles más banales, como un pájaro posado en una rama o una fea verruga en la barbilla del procurador que está leyendo la sentencia de muerte. Aquel piso... Me parecía que me había equivocado de puerta al tocar el timbre. En secreto, en lo más profundo de mi alma, yo había tratado de imaginar cientos de veces el piso de Lázár; qué sé yo, me lo esperaba lleno de muebles indios, o como un tipi, con muchísimos libros y con las cabelleras cortadas de competidores y de mujeres hermosas. Pero no vi nada parecido. Sólo vi los típicos muebles de cerezo del siglo pasado adornados con bordados blancos, de los que puedes encontrar en el recibidor de una casa provinciana, ya sabes, silloncitos incomodísimos con el respaldo en forma de laúd, vitrinas abarrotadas de baratijas pequeñoburguesas, como cristalería de Marienbad o cerámica de Holics... El salón se parecía al de un abogado de honorarios modestos recién llegado del pueblo que aún no hubiera tenido modo de renovar el mobiliario, aportado por su señora como dote. Pero allí no había huella de ninguna señora y, que yo supiera, Lázár era rico.

A mí no me invitó a pasar a la habitación con «muchos libros» donde había recibido a Judit. Me trató con la cortesía y la atención tortuosa de un médico durante la primera consulta de un paciente. Me pidió que me sentara; por supuesto, no me ofreció nada. Todo el tiempo mantuvo la misma actitud de prudencia atenta y reservada, como el que ya ha vivido situaciones similares y sabe que este tipo de conversaciones no vale para nada, que no hay esperanza, o como el médico que sabe que no existe medicina eficaz para el paciente pues su enfermedad es incurable, pero a pesar de ello escucha sus quejas, asiente con la cabeza y prescribe algunos polvos o algún jarabe... ¿Qué sabía? Simplemente, que en los asuntos del corazón no hay consejo que valga. Yo también lo percibía vagamente y, mientras estaba sentada frente a él, sentí con desilusión que el viaje había sido inútil. No hay ningún «consejo» que de verdad sirva de algo en la vida. Ocurre lo que tiene que ocurrir y eso es todo.

—¿La encontró? —me preguntó sin rodeos.

—Sí —respondí, porque con aquel hombre no era preciso andarse con rodeos.

—¿Ya está más tranquila?

—No mucho. Precisamente he venido a preguntarle qué va a suceder ahora.

—No puedo contestar a eso —dijo con calma—. Puede que no ocurra nada. Si mal no recuerdo, le dije que era mejor que no hurgara en la herida. Ya estaba casi coagulada, o cicatrizada, por usar una expresión médica. Pero claro, usted ha metido los dedos y la ha abierto un poco.

No me sorprendió que usara símiles médicos. De hecho, yo me sentía como una paciente en la sala de espera de la consulta de un médico. ¿Sabes?, no había nada «literario» en aquel lugar, nada que se pareciese a la imagen que podemos crearnos del piso de un gran escritor... ¡Era todo tan burgués, incluso pequeñoburgués, tan humilde y ordenado! Lázár se percató de mi mirada curiosa —normalmente me sentía incómoda cuando estaba sentada frente a él porque no se le escapaba nada y tenía la sensación de que tarde o temprano pondría las cartas sobre la mesa y escribiría todo lo que sabía sobre las personas que nos cruzábamos en su vida—, y me dijo con mucha calma:

—Necesito esta armonía burguesa. La vida interior de las personas ya es bastante aventurada y tormentosa. De cara al exterior es mejor vivir como un funcionario del registro de la propiedad. El orden es una necesidad vital, de otro modo no podría concentrarme…

No explicó en qué no podría concentrarse de otro modo; es probable que se refiriese a todo, a la vida en su conjunto, al mundo exterior y al mundo secreto en el que ondean al viento las cintas moradas.

—Tuve que jurar que no diría nada a mi esposo —dije.

—Ya —contestó—. Lo va a saber de todos modos.

—¿De quién?

—De usted. Algo así no se puede ocultar. No callamos o hablamos sólo con la boca sino también con el alma. Su marido lo sabrá todo muy pronto... —Se quedó callado un momento y luego preguntó en actitud seca, casi maleducada—: ¿Qué desea de mí?

—Quiero una respuesta sincera y exacta —respondí con calma, y me sorprendió la precisión y la claridad de mis palabras—. Usted tenía razón, ha estallado algo. No sé si ha estallado por mi culpa o ha sido una casualidad, pero eso ya no importa. Además, no creo en las casualidades. Mi matrimonio no ha salido bien. He luchado como una posesa, he sacrificado mi vida. No sabía cuál era mi pecado... Ahora he encontrado una pista, unos indicios, he hablado con alguien que afirma haber tenido con mi marido un vínculo más fuerte que yo.

Él se apoyó en la mesa en silencio, fumando.

—Lázár, ¿de verdad cree usted que esa mujer ha dejado una huella tan profunda en el corazón y en el alma de mi marido? ¿Es posible algo así? ¿Qué es el amor?

—Por favor —dijo amablemente, con una pizca de burla—, yo sólo soy un escritor, un hombre. No puedo responder a preguntas tan difíciles.

—¿Cree que es posible que un amor se ensanche tanto en el alma que después no permita amar a nadie más?

—Tal vez —respondió con cautela, muy concienzudamente, como el buen médico que ha visto muchas cosas y no quiere hacer un diagnóstico precipitado—. ¿Lo he oído alguna vez? Sí... ¿A menudo? No.

—¿Qué ocurre en el alma cuando nos enamoramos? —pregunté, como una colegiala.

—En el alma no ocurre nada —dijo en tono didáctico—. Los sentimientos no se manifiestan en el alma. Siguen otro camino. Pero pueden atravesar el alma como el río desbordado atraviesa las zonas inundadas.

—¿Y una persona inteligente y sensata puede detener esa inundación?

—Querida señora —dijo con expresión animosa—, ésa es una pregunta muy interesante. Yo le he dado muchas vueltas. Tengo que responder que hasta cierto punto es posible. Quiero decir que... la razón no puede inicia

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