El cuento de la criada

Margaret Atwood

Fragmento

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A Mary Webster y Perry Miller

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Y viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y dijo a Jacob: «Dame hijos, o me moriré.»

Y Jacob se enojó con Raquel, y le dijo: «¿Soy yo, en lugar de Dios, quien te niega el fruto de tu vientre?»

Y ella dijo: «He aquí a mi sierva Bilhá; únete a ella y parirá sobre mis rodillas, y yo también tendré hijos de ella.»

Génesis, 30: 1-3

En cuanto a mí, después de muchos años de ofrecer ideas vanas, inútiles y utópicas, y perdida toda esperanza de éxito, afortunadamente di con esta propuesta...

JONATHAN SWIFT

Una propuesta modesta

En el desierto no hay ninguna señal que diga: «No comerás piedras.»

Proverbio sufí

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Introducción

En la primavera de 1984 empecé a escribir una novela que inicialmente no se iba a llamar El cuento de la criada. La escribía a mano, casi siempre en unos cuadernos de papel pautado amarillo, y luego transcribía mis casi ilegibles garabatos con una gigantesca máquina de escribir alquilada, con teclado alemán.

El teclado era alemán porque yo vivía en Berlín Occidental, ciudad rodeada todavía, en esa época, por el Muro: el imperio soviético se mantenía firme y aún iba a tardar otros cuatro años en desmoronarse. Todos los domingos, las fuerzas aéreas de Alemania Oriental provocaban una serie de estallidos que rompían la barrera del sonido y nos recordaban su cercanía. Durante mis visitas a diversos países del otro lado del Telón de Acero —Checoslovaquia, Alemania Oriental— experimenté la

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