Mandinga

Luciana de Mello
Luciana de Mello

Fragmento

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1

Mi madre decía que él volvía tarde porque tenía una mujer afuera, así la ubicaba dividiendo el mundo en dos. Adentro y afuera. Adentro estábamos nosotras y afuera estaba ella, o la que tocara ese día. Pero mi madre lloraba por esa mujer y también lloraba porque la asociaba a otras cosas, cosas que me iba contando cuando yo me despertaba con hambre y la encontraba haciéndose la dormida en su lado sola de la cama. Cuando mi padre no volvía, ella se acostaba del lado de él y se quedaba así, con ojos de vidrio hasta que yo me acercaba a pedirle comida y entonces nos sentábamos a la mesa y ella me contaba su vida mientras yo comía pan mojado con leche y azúcar. Cuando él no aparecía en casa hasta el mediodía, mi madre volvía a lo que pasó allá. Así era como ella lo nombraba. Lo que pasó allá fue antes que nacieras, lo que pasó allá estragó a tu padre para siempre, decía. Ah, gurisa, tu padre era reservado mismo, las cosas que él nunca me contó… Pero de algo sí estate segura: la tortura no es para cualquiera, ellos sabían muy bien a quién llamaban para eso, a tu padre nunca lo llamaron, para aquello no, meu deus do céu, para aquello nunca.

Ella hablaba sola, entre dientes, y al mismo tiempo asegurándose de que yo pudiera escuchar el torrente de reproches que lanzaba como una maldición cuando estaba furiosa con mi padre.

Sus palabras me hacían sentir cada vez más hambre. Yo terminaba una taza y ella me preparaba otra más, y otra, todas las que le pidiera hasta que ella se cansara de hablar y me mandara a la cama. Mientras tanto yo escuchaba, y en cada cuadrado de pan azucarado que me tragaba me comía también la culpa de no llegar a correr toda la maratón. Yo escuchaba a mi madre y pensaba en el lunes, cuando él tuviera su franco y saliéramos a correr juntos, él me iba a entrenar y yo iba a llegar. Voy a llegar, voy a llegar para él, me decía a mí misma mientras tragaba el pan mojado en leche.

Si él hubiera torturado, nosotros no pasaríamos la malaria que pasamos ahora, gurisa, nosotros vinimos escapando de la pobreza y de la Marina y yo lo acompañé en todo ¿para qué?, para esto, para que el hombre vuelva a casa cuando le da la gana, para que yo le planche la ropa como si él todavía fuese el milico que era en el setenta y tres… porque ahí sí que era un hombre tu padre, y yo me se sentí orgullosa de que él saliera a defender la democracia como lo hizo. Hasta el día que él me obligó a quemar todo, yo guardé el recorte del diario. Cuando el ejército y la Fuerza Aérea bajaron a Bordaberry, la Marina uruguaya se mantuvo leal al presidente. Tu padre pensó bien: ese era un momento justo para subir y cambiar de rango. Después de todo lo que le había costado…, el dichoso camino por delante iba a dejar de ser una promesa a futuro para nosotros. La oportunidad estaba frente a él en ese febrero del setenta y tres cuando le disparó a un hombre por primera vez, tu padre lo vio caer sobre el asfalto de la Ciudad Vieja cuando todo el puerto y el centro de Montevideo fueron un campo de batalla. Y no fue un tiro al azar, unos segundos antes le sudaban las manos y tuvo que fregárselas en el pantalón de fajina para volver a ajustar la mirilla, entonces apuntó con su rifle como en las prácticas: buscar un punto y concentrarse, sacar cuentas… era solo un cálculo y después gatillar. Lo que no le habían enseñado en las prácticas era que ahora iba a escuchar hasta aturdirse el disparo convertido en estruendo, todas las balas, los perdigones, las bombas de gas, todas las municiones estallaban en su cabeza como si salieran al mismo tiempo de su propia arma. Y cuando estuvo listo, disparó sin pensar en nada, el hombre caía muerto sobre los adoquines de la Ciudad Vieja y él seguía por la mirilla el rebote de ese cuerpo. Y yo sabía que ese iba a ser solo el primero, luego había que seguir, en esos días en los que había comenzado a matar, aprendiendo a esconderse, agudizando la visión y el pulso, tu padre siempre pensó en lo que yo le dije después de aquello, que para salir con vida tenía que fijar en su cabeza una sola idea, algo que fuera como una promesa, algo que nadie pudiera encontrar. Yo iba tejiendo la promesa cada vez que lo veía, decilo, dale, repetí conmigo: esta guerra es mi casa propia, esta guerra es mi casa propia. Yo fabriqué ese amuleto para él. Uno siempre tiene que tener su propia causa. Pero el tiro nos salió por la culata, mirá cómo nos fue, mirá dónde estamos, alquilando esta porquería donde casi no entramos los tres. Sí, bueno, tu padre está vivo y bien que podrían haberlo bajado enseguida. Cuando la cosa se puso fea, a tu padre le gustaba pensar en ese día en el que había peleado por el presidente Bordaberry, pero el desgraciado había terminado arreglando con los milicos, decía, y era bien cierto, que había sido un cobarde al entregarles el país. Él decía que los marinos habían peleado como héroes durante la toma de Montevideo, pero más tarde salieron de caza y bueno, el resto ya te lo conté. Yo ya no supe tantas cosas, él se guardaba mucho, todavía se lo guarda, andá a saber lo que tiene ese hombre ahora en la cabeza. Al principio a mí me embobeció ese marino que patrullaba la playa, y eso que el color caqui del uniforme no le queda pintado a cualquiera, pero a tu padre sí… El hombre caminaba por la arena como si marchara sobre asfalto, la mirada en alto, ignorando a la gente que se tiraba al sol o pescaba en la rambla como si ahí mismo no hubiese pasado nada, aunque poco tiempo después todo se transformara en otra cosa. Él miraba con desdén, y a mí eso nunca me pareció mal. Cuando uno está arriba, está arriba y es imposible no saberlo, uno sabe, como sabe cuando está por debajo de los demás y hay que aguantársela, así como estamos aguantando nosotros ahora. Uno nunca sabe cómo y cuándo va a virar la cosa, por eso hay que aprovechar cuando se puede. Mirá a tu padre ahora, no le da el cuero ni para carajear al jefe. Sabés la alegría que tenía el día que salió de la playa y subió a Inteligencia, cuando por fin dejó atrás el uniforme que lo identificaba y pasó a ser un servicio, vestido de civil, patrullando de noche las calles de la ciudad. Ah, muchacha, tu padre tenía un ojo de lince bárbaro, era calladito, sin familia cerca, alta tolerancia a la humillación siempre y cuando le conviniera… y eso otro, que a la legua se le veía: tu padre es tan empecinado como traidor. Ellos lo vieron y seguro que así como les servía también los habrá hecho dudar, a mí me pasó. Porque la traición es reversible, no tiene un solo lado, entendés. Esto que hace tu padre de irse con cualquier loca, qué te pensás, que si mañana se queda con alguna de esas le va a ser fiel. No, hoy acá, mañana allá, traición no tiene dirección, más vale que se te grabe eso. Sí, tu padre era un buen perfil para pasar a Inteligencia, a los dieciocho años ya era un hombre resentido y en ese silencio que lo rodeaba siempre hubo olor a podre, a boca cocida con hilo de matambre y a foto recortada por la mitad, macumba. Ellos sabían verlo en la gente, ese poro apenas abierto por donde se escapa, como gotera, la dignidad de un hombre. Pero no te vayas a creer, todos lo tenemos, de esa gotera no zafa nadie, alguien o algo en algún momento de la vida te pincha despacito, tiene que ser así, sin que te des cuenta y ahí está, abierta para siempre, para que vaya soltando esa parte viva mientras uno trata de taparla y olvidarse en vano de que existe, de que ahí está para bien y para mal. Y en el caso de tu padre, se le veía de lejos, como también se le veía esa pretensión escondida de llegar a ser alguien, si la imagen de tu abuelo se le vino encima apenas recibió la noticia del ascenso. El viejo también había sido milico, era policía de campaña, recorría los campos de Minas buscando cuatreros. Cuando se emborrachaba lindo, el desgraciado llegaba a la casa acompañado a la hora de la cena. Al viejo se le antojaba que tu abuela les sirviera la comida a esas mujeres a las que después se cogía en el galpón del fondo. Y sus botijas miraban el mantel para no levantar la cabeza y ver cómo a la vieja le temblaban las manos. Cuando terminaba de apoyar el último plato en la mesa, seguía de largo para su cuarto y se encerraba a llorar a gritos. Cala a boca, muier, el marido la mandaba callar así como me manda tu padre, la diferencia es que yo no me callo, mirá si me voy a callar. El viejo la maldecía y maldecía su comida también mientras metía mano entre las piernas de la mujer que había sentado a su lado esa noche. Tu padre lo odiaba de una manera… y en una de esas noches no aguantó más y se le fue encima. El viejo, borracho como estaba, tuvo el reflejo de sacar el arma y apuntarle directo a la cabeza. Reventaba de orgullo tu padre cuando le informaron del pase a Inteligencia. Que viniera, me decía, que viniera ahora con su revólver oxidado a apuntarle a quién a la cabeza. Es así, la espina sale por donde entró, no hay vuelta que darle… Ya una vez que fue servicio, tu padre volvió a la playa pero solo para entrenar, y entrenaba para ser el primero en disparar cuando los tupas caían en una ratonera, para que no lo vieran cuando le tocaba perseguir a un punto, para pasar desapercibido un día entero tras los pasos de alguien. Ahora que te lo cuento lo veo mejor, así fue, en eso se fue convirtiendo con el tiempo tu padre: en una sombra que perseguía a otra con un nombre de guerra. Porque tu padre era el Canario, y no lo llamaron así solo por ser del interior, no, si la Inteligencia comenzaba puertas adentro y desde el primerísimo día tu padre cantó todo. Cualquier falta que cometiera alguno de sus compañeros: desde el retraso en un cambio de guardia hasta marcar a los que se sacudían el frío con un poco de alcohol durante la noche. Tu padre hablaba más que pobre bajo la lluvia, muchacha. El Canario era vivo, aprendió rápido a cantar más que cualquiera, eso sí, sin que lo oyera nadie.

Mi madre hablaba sin dolor pero con prisa, como si la aceleración de sus palabras pudiera conjurar esos recuerdos. Las imágenes de un pasado que relataba como se relata un sueño, un mal sueño que se cuenta ni bien abiertos los ojos para que quede del lado de afuera. Pero mi madre me lo contaba para que quedara en mí. Y esa noche ella habló durante tres tazas de leche, hasta las dos de la madrugada, hasta que le pedí que ya no me contara más, que ya entendía y ella me contestó no hay nada que entender, muchacha, las cosas son así, tu padre es un buen hombre. Y entonces mi madre me llevó a la cama que estaba junto a nosotras, al lado de la mesa, y me tapó hasta el cuello y cuando le dije que tenía frío trajo el poncho tejido en telar por la abuela, y sentí el peso y el viento de esa lana con olor a ropero que caía sobre mi cuerpo, y cómo me gustaba que las frazadas hicieran su peso de caparazón sobre mí. Mi madre me tapó y se fue a su cama y yo me dormí así, haciendo el trabajo que le seguía a las noches desveladas con mi madre, cuando yo recortaba de su historia las partes que más me gustaban. Me dormí pensando en mi padre peleando una batalla, esa en la que él había sido un héroe entre las calles de una Ciudad Vieja, y hasta le fabriqué una espada y un caballo como el de San Martín o Artigas, porque el resto no lo entendía, no podía recordarlo. En esos días, las palabras se caían de la boca de mi madre e iban a parar a un lugar que puedo reconocer recién ahora, mucho tiempo después de todo aquello, una cavidad, un recipiente más grande que toda mi persona, con una hendidura que se fue haciendo de todos mis miedos, de todo mi odio, del por qué, del dónde, del quién es mi padre, esa gotera de la que no zafa nadie, esa que sin que te des cuenta ahí está, abierta para siempre.

2

Emilio vuelve a entrar a mi casa como una voz que llega de lejos. Lo escucho del otro lado del teléfono, su voz apurada pronunciando mi nombre.

Por unos segundos no puedo contestarle, y sin embargo tengo tanto que decirle.

Dónde estás.

Anotá esta dirección. Y no lo hables con nadie.

Había salido de la ducha chorreando agua para alcanzar a atender el teléfono antes de que se cortara.

Le pregunté cómo estaba, por qué me llamaba a mí. Él solo dijo que quería verme, me necesitaba.

Habían pasado ya dos años desde que nos viéramos en Rivera, por última vez. Esa fiesta en la que, imaginé, íbamos a encontrar un momento para hablar de nosotros. Ahora me pedía que fuera, había mucho por hablar, tenía algo para ofrecerme.

A medida que iba escuchando salir las palabras de la boca de Emilio, se iba formando un charco de agua alrededor de mis pies.

Apenas dije que sí, que iría a buscarlo, él cortó. Me quedé unos segundos repasando sus palabras, mirando el tubo y temblando de frío.

3

Él insistía en que aprendiera a responder sin dudar un segundo, que me supiera de memoria el teléfono de la vecina, el de la fábrica, el de la escuela. Que siempre chequeara quién caminaba detrás mío, que nunca le diera a nadie información de más, a menos que me la pidiera la policía. Pero a mi madre se le transfiguraba la cara cuando nos escuchaba practicar lo que él llamaba preguntas de rutina.

Dónde vivís.

Miralla dos cinco siete cuatro.

Avenida Miralla dos cinco siete cuatro. Bien. Ya está. Documento de Identidad.

Treinta y dos millones doscientos ochenta y tres mil ciento…

Vamos… No sabés quién sos.

Treinta y dos millones doscientos ochenta y tres mil ciento dieciséis.

Muy bien.

Dejá a la gurisa en paz, pedía mi madre, la estás interrogando.

No. La estoy preparando. Información básica.

Le estás metiendo miedo, es una nena.

Sos vos la que tiene miedo.

Ella terminó de planchar el pantalón de su uniforme y se lo pasó recomendándole el bolsillo:

Tratá de no meter tanto la mano, querés.

No fallaba nunca, apuntaba a donde a él más le dolía. Hombre con mano en bolsillo no es hombre, decía. Mi padre, ex servicio de Inteligencia, ahora se pasaba las noches en el Bajo, contando los pasos que iban del puesto de vigilancia a la entrada de una compañía de seguros.

Mi padre se acercó a paso corto y en silencio, sin bajarle la mirada, a ella se le vio primero el miedo y, en su media sonrisa, el arrepentimiento. Él, con la delicadeza que solo le reservaba a su ropa, agarró el pantalón recién planchado y la camisa de la percha que ella había colgado en el respaldo de una silla. Yo lo seguí hasta el dormitorio donde él se vestía de vigilancia: pantalón negro y camisa blanca con escudo bordado a la altura del corazón. Dentro del escudo, un águila dorada y letras azules en hilo de bordar. Yo buscaba sus camisas sucias en el canasto de la ropa solo para recorrer la suavidad de esas letras con el dedo y leerlas en voz alta, para respirar su transpiración y sentir cómo me inflamaba de orgullo saber que mi padre había sido militar: ARGENSEC. SEGURIDAD PRIVADA.

Él se peinaba frente al espejo de la cómoda, se hacía una raya perfecta al costado y su pelo negro reflejaba la luz.

Me miró a través del espejo y me indicó en un gesto que le pasara la camisa.

No la manches.

Tengo las manos limpias.

La agarré con la punta de los dedos por los extremos de la espalda y se la pasé ya abierta. Él usaba una musculosa por debajo, tan blanca como la camisa que se abotonaba hasta arriba, donde empezaba a molestarle, apretándole la nuez. Después de la camisa venía la corbata con cuello de elástico que ya traía el nudo hecho. Mi padre se puso los pantalones con el bolsillo recién cosido, el cinturón de hebilla plateada y los zapatos negros a los que yo les sacaba brillo.

Alcanzame, dijo señalando la cama.

Con el movimiento cuidado de las ceremonias, me acerqué a su cama, agarré el cinturón con el porta armas y se lo pasé.

Andá, preguntale a tu madre si terminó con el saco.

Apenas salí del dormitorio, mi padre agarró la browning de arriba del placard y se la calzó en la cintura pensando que yo no sabía lo que él escondía ahí arriba.

Volví con el saco negro. Él se lo puso y pasó por mi lado mirándome de reojo la panza que asomaba entre la remera y el short.

Mañana tengo franco, vamos a ir a correr.

Asentí y le sonreí desde abajo. La posibilidad de hacer algo sola con mi padre me alegraba más de lo que me dolía que él me viera gorda.

Hay una maratón interescuelas para los de cuarto grado. Es en septiembre.

Mi padre me palmeó la espalda.

A partir de mañana comenzamos a entrenar, dijo, y siguió hablando camino a la cocina.

Mi madre se le acercó buscándole la boca. Él le corrió la cara, ella lo agarró del brazo y lo besó de prepo.

A entrenar qué, preguntó ella.

Quiero correr en la maratón.

No va a ganar, pero está bien tener objetivos, dijo él.

Mi padre me guiñó un ojo y besó a mi madre en el cachete.

Encerrate bien que hoy vuelvo tarde.

Ella esperó a que él saliera para cerrar la puerta con llave y pasar las trabas. Cerró los ojos y respiró profundo.

Dos trabas y una cerradura. La comida en la mesa, mi cama armada al lado de la mesa, frente al televisor que daba el noticiero de las nueve y que mi madre miraba sin escuchar porque estaba viendo otra cosa, algo que yo no podía ver pero que sentía, como la noche y los balazos atravesando el barrio, al otro lado de la puerta.

4

La llave moviéndose rabiosa dentro de la cerradura, el picaporte chirriando sin parar. En mi entresueño, alguien intentaba meterse en nuestra casa y yo lo frenaba apuntando con el arma que guardaba bajo la almohada, esperando ese momento, sabiendo que tarde o temprano vendrían a buscarme por error, porque yo no había hecho nada malo, nunca, pero me confundían con otra persona. Yo apuntaba a la puerta y me temblaban los brazos, el arma era demasiado pesada, yo iba perdiendo fuerza hasta que su voz se impuso sobre el sueño. Era mi padre que me llamaba, intentando entrar a casa. Moví las frazadas, me levanté de un salto, y corrí las dos trabas. Él volvía del trabajo con la cara escondida entre las solapas levantadas de su saco. Afuera todavía era de noche aunque estuviera amaneciendo, y el olor al frío de la calle entró con él en su ropa, en el bolso que traía colgado de un hombro y que apoyó en el piso con cuidado para no hacer ruido.

Tu madre duerme, preguntó.

Sí, se acostó tarde.

Haciendo qué.

Nada.

Mi padre vio la taza sucia de leche y restos de azúcar sobre el mantel, las migas de pan en la mesada me delataban.

Cuántas te tomaste.

Tres.

Así nunca vas a ganar nada.

No le contesté, qué podía decirle a mi favor. Les había fallado a la Iemanjá y a la virgen de Pompeya. Les prometí que dejaría de comer durante la noche y sin embargo ahí estaba, hecha migas, mi fuerza de voluntad.

Me volví a acostar y me tapé la cara con la frazada para evitar la luz de la cocina y la decepción de mi padre. Él preparaba el mate y, aunque cuidara de no hacer ruido, el silbido del agua, la lata de yerba y sus pasos a un metro de mi cabeza me impedían volver a dormir, y él lo sabía.

Se acercó a mi cama y se sentó despacio. Corrió la frazada de mi cara, nos miramos unos segundos sin decir nada.

A qué hora tenés escuela.

Doce y cuarto.

Levantate, vamos a entrenar ahora.

Pero es de noche.

En un rato ya es de día. Vamos. Esta es la hora en la que entrenan los campeones.

Bajamos hasta la avenida Roca, pasamos la segunda puerta del Autódromo Municipal esquivando a la gente que hacía fila en las paradas de los colectivos. El aire entraba helado por la nariz y luego bajaba como un ardor mentolado a la garganta, era el olor de los eucaliptos que bordeaban el alambrado del Autódromo. Sus troncos plateados y el sonido de sus hojas afiladas en el viento aliviaban la desolación de la avenida, poblada de talleres mecánicos y negocios de autopartes. Más adelante se levantaba una jungla de edificios en tira que los del barrio llamábamos Lugano 1 y 2. Un total de ciento veinte monoblocks comunicados entre sí por arterias de puentes que cruzaban las avenidas. Debajo de los puentes estaban las instituciones: tres escuelas, contando un secundario de Bellas Artes, una salita de primeros auxilios, un registro civil, un banco y dos comisarías. Por arriba, a la altura del primer piso, los puentes unían los centros comerciales de cada monoblock. A cada quinientos metros había una plaza con pistas de skate y fuentes escupiendo chorros de agua, que en el verano los pibes usaban como piletas aunque estuviese prohibido.

Esa mañana, el color rojizo del cielo sobre Lugano 1 y 2 era el paisaje más hermoso que había visto hasta entonces. Toda esa elevación de grises interrumpida por el verde del Parque de la Victoria, del Autódromo que se convertía más adelante en el Parque Roca, la cancha de golf donde mi madre vendía sus tortas, la escuela granja y las vías del premetro. Todo lo que formaba parte de Lugano 1 y 2 me parecía la mismísima ciudad gótica recortada y puesta en medio de un paisaje verde que en el contraste la volvía aún más oscura. Los vecinos decían que el arquitecto que había diseñado el barrio era un alemán que se vino escapando luego de la Segunda Guerra. Decían que el hombre dibujó el proyecto de tal manera que a todas las ventanas de los monoblocks les diera el sol en algún momento del día. Una obra perfecta, decían. Sin embargo, a la gente de afuera del barrio le causaba pavor el solo sonido de su nombre. Esa misma gente preguntaba: ¿vivís en Lugano 1 o en Lugano 2? Entonces había que explicarles que tal cosa no existía, que Lugano 1 y 2 era un solo barrio, el de los monoblocks, que estaba dentro de Lugano y que limitaba con la avenida Roca, la avenida Cruz, las vías del premetro, la Comisaría 52 y las torres donde solo vivían familias de policías. A mí me gustaban esos edificios, sobre todo las torres de los policías, que aparentaban ser de clase media por estar aislados del resto, tener un parque en la planta baja y ser casi el doble de altos que los monoblocks. Desde esas torres, un día despejado, era posible ver el Río de la Plata.

Ahora amanecía sobre el barrio y mi padre corría atrás de mí. Él decía que era para que yo no dejara de correr, para marcar el ritmo, para corregirme la postura, pero yo intuía que lo hacía para cuidarme. Inhalar en dos tiempos; si mantenía el ritmo, él no podría pisarme; exhalar también en dos tiempos, así me había enseñado mi padre.

Subí la cabeza, sin visión no se gana, me gritó desde atrás.

Ya había terminado de amanecer, el sol estaba más alto. Levanté la cabeza y la luz me quemó en los ojos.

No puedo más, le dije cuando llegamos a la Escuela de Policía Ramón Falcón, pero él me remarcó que ya habíamos parado dos veces, que así no se quemaba ninguna grasa.

Emilio dice que la grasa de los niños se va con el crecimiento.

Tu tío de niños no sabe nada.

Eso no era cierto. Emilio sabía mucho mejor que nadie cómo hacerme reír, qué cosas decirme para que toda la porquería que me rodeaba en casa se convirtiera en una selva del Amazonas, en una fiesta bahiana, en una serpiente hirviendo viva dentro de una olla.

Si sigo corriendo, se me va a explotar el corazón.

Llamalo a tu tío a ver si puede ayudarte.

Mi padre me pasó haciéndome burla con la lengua. Yo me quedé atrás y paré de correr, no me alcanzaban los agujeros de la nariz para respirar todo el aire que necesitaba. Me fui recuperando mientras miraba a los cadetes del otro lado de la reja. Ellos también corrían con sus remeras blancas, sus shorts azules y las medias hasta las rodillas. A la distancia eran todos iguales, todos perfectos, parecían no cansarse, corrían erguidos y yo pensaba en mi padre, él habría sido igual a ellos, así de hermoso y sin saberlo. Yo pensaba en mi padre y deseaba que él me viera como yo lo veía a él, como lo recordaba en mi imaginación antes de haberlo conocido.

Corrí lo más rápido que pude hasta casi alcanzarlo y le grité a su espalda.

Cuando sea grande quiero ser policía.

Mi padre se frenó de golpe clavándose al suelo como una estaca. Se dio vuelta, yo le sonreía esperando su aprobación pero su cara se había endurecido.

No digas pavadas, gurisa, querés.

Los cadetes ya habían quedado atrás. Mi padre se dio vuelta y siguió caminando sin hablarme hasta que llegamos a la casa. En el portón de entrada a la escuela de cadetes, alguien había escrito «Radowitzky vive» en letras mayúsculas. Se notaba que habían tratado de borrar el aerosol, pero la marca había quedado como un borrón esfumado e indeleble. Quién sería Radowitzky. Pensé en preguntarle a mi padre aunque sabía que no había caso, su silencio duraría todo el día. Íbamos a llegar a casa, él se bañaría en dos minutos y se acostaría a dormir. Si mi madre accedía, iban a tener sexo y y

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