Dugongo

Ale Oseguera
Ale Oseguera

Fragmento

Citas

Me asaltó de pronto, como un trastorno mental desconocido por la psiquiatría: el deseo de detenerlo todo en la vida cotidiana, desarraigarme y partir.

LAWRENCE OSBORNE, El turista desnudo

Soñar con un destino es obedecer al mandato que, en nosotros, expresa una voz extranjera.

MICHEL ONFRAY, Teoría del viaje

La historia de mis viajes es solo la de mis dolencias.

OLGA TOKARCZUK, Los errantes

Para eso se viaja después de todo, una de las dos había dicho, para cotejar al deseo, para verlo a los ojos de frente como ante el precipicio, sin caer, pero pensando en caer.

CRISTINA RIVERA GARZA, Terrestre

Sueño I: ¿ahí es donde vives?

En mis sueños, vivo en la última planta de un hotel acristalado. Mi familia me visita porque insisto en compartirles el paisaje: una bahía turquesa de arena dorada y montañas que brotan del agua; pero ellos solo quieren ver la tele. La playa se vacía de golpe, una nube ceniza se refleja en el agua, un perro negro le ladra. Sopeso la posibilidad de lanzarme desde la ventana, rescatar al perro, pero la nube estalla en mil espejos. Mi padre, de pronto a mi lado, murmura que la noche es pasajera. ¿Cómo va a estar todo bien si se está desmoronando y ya no podrás reconstruirlo? Entonces, me sube al barco. Flotamos sobre un mar dormido, tan limpio que distingo el temblor de la luna en la blancuzca piel de las medusas, el resplandor de los mosaicos de unos edificios de Gaudí que han quedado sumergidos. ¡Mira, mira!, exclama mi hermano, apoyado en la proa, ¿ahí es donde vives? ¡Aguas!, le advierto, no te vayas a caer. Mi madre, desde la cabina, me anima: ¡Aviéntate! Sopeso la posibilidad de lanzarme, pero me aterra la venenosa luz de las medusas. El perro se pasea, pero no sabe dónde está.

Barcelona

Cartografía del regreso

Yo quería regresar al Sureste Asiático antes de morir.

Me aferré a la brújula de ese deseo como el héroe que se ata a un mástil para resistir el canto de las sirenas. Dejé que me guiara un solo objetivo: recuperar la perplejidad de aquella primera vez, en 2012, cuando experimenté el asombro no por la diferencia, sino por la familiaridad. Quería volver a encontrar un refugio en un paisaje desconocido y alejarme de la sensación que me acompañaba desde que me había instalado en Barcelona: la de estar en un territorio de conquista. Sentir, en un lugar tan solo imaginado, lo que los migrantes echamos en falta en nuestra huida hacia el Norte: un hogar, un ancla, el arraigo. Y una vez allí, descansar.

Pensaba que irías a México, me dijo Arnau.

Era lo más lógico: regresar a la tierra natal. Pero yo necesitaba un tiempo para mí sola antes de reencontrarme con mi descabezada familia.

La última vez allí me había abatido un huracán. Atendí, impotente, el lamento de mi madre, como quien observa su casa ser arrasada por un deslave. De Pato, mi hermano, cargué sobre mi espalda su dolor, convertido en una carrera contra el tiempo. Y de ese hombre descomunal que había sido mi padre, recibí en el pecho el golpe de su ausencia. Abracé su cuerpo, primero inerte en una cama, luego en una camilla, finalmente en una estúpida caja, convertido ya en cenizas. Un miedo absoluto atravesó mis huesos. Me despertaba agitada con cada tormenta, convencida de que aquello no eran truenos sino balazos; en cada tienda y en cada cafetería; en cada semáforo temía ser secuestrada, violada, asesinada. Mis primos y tías se burlaban de mí. Con desdén me llamaban «la europea». Ninguno entendía mi terror a nuestra querida Guadalajara, acostumbrados a la violencia que carcomía la ciudad. Ni yo lo entendía. No distinguía si en verdad yo había olvidado cómo vivir allí o si esa sensación de intemperie era parte de mi reciente orfandad.

Mi proyecto sudoriental le devolvió, poco a poco, el color al pisito que compartíamos Arnau y yo en la calle Rocafort. De­senterré del fondo de mi armario una caja con postales gastadas, mapas con las rutas dobladas, un imán con forma de elefantito, boletos de ferry, entradas a templos y parques que aún olían a salitre y humedad, y billetes arrugados con muchos ceros, suaves como pañuelillos. Todo en lenguajes garigoleados, estampados en el papel como lianas floreadas, ilegibles para mí aunque me esforzaba en distinguirlos a simple vista —este es lao, este tailandés—, como si esa habilidad validara mi propósito. Una mañana bien temprano, me duché, me puse la ropa que conseguí que me entrara y fui a la biblioteca del barrio para sacar ensayos, guías y mapas que extendí por el suelo como un tapete mágico. Hacía semanas que no salía de casa. Días más tarde, visité una librería especializada en viajes que hay en pleno centro. Era la primera vez en meses que me aventuraba más allá de mis dos habituales cuadras, un paso que desconcertó a Arnau, casi acostumbrado a vivir al lado de un bulto.

No sé qué fue lo que le atrajo de mis planes. Tal vez el brillo de mis ojos cuando le narraba los atardeceres navegando en el Mekong; o la música de la humedad rebotando en los troncos huecos del bambú; o los sabores y texturas de frutas con forma de animales fantásticos. Un día se despojó de los prejuicios —dicen que ahí hay enfermedades asquerosas, que el agua del grifo es tóxica, que son profesionales en timar a los turistas, hay prostitución en cada esquina, que ha perdido su «autenticidad»— y dijo: Voy contigo.

Me sorprendió su firmeza, pero no me lo creí. Arnau, tan arraigado a su Catalunya natal, su estimada terra, lanzándose a un horizonte desconocido. Creí que se le pasaría en cuanto viera una pequeña dificultad: las vacunas, los pasaportes, el precio del vuelo, la lejanía. Serán tres meses, informé. Según yo, esto lo haría desistir del todo. Me pidió unos días para pensarlo. Hizo su propia investigación llamando a sus amigos, quienes le recomendaron La Guía, la que siguen todos los mochileros. Entonces se animó a dejar su trabajo, que odiaba por rutinario y hueco, pero que mantenía porque era tranquilo y seguro.

Acepté su compañía a regañadientes. Me convencí de que era lo óptimo dada mi inestable situación emocional. Calculé las ventajas económicas de viajar en pareja. Recordé lo útil que resulta ser dos en las batallas contra insectos gigantes. Decidí, finalmente, que este viaje sería mi manera de agradecerle todo lo que él me había aguantado los últimos meses. Pensé en mis manos tomando ahora las suyas para levantarlo y conducirlo al lugar donde se reinicia la vida. Yo a él y ya no al revés. Entendí que Arnau quería venir conmigo para encontrarse, bajo una larga cascada o a medio bocado en un puesto ambulante de arroz, con la Lula de la que se enamoró hace más de cinco años, la que todavía tenía ilusiones, una sonrisa y un padre vivo.

Creo que Arnau se dejó llevar, una vez más, por el amor que siente por mí.

Escribo «amor», pero podría intercambiarlo por «responsabilidad».

Como el Sureste Asiático no es un país, de la misma forma que América Latina no es un país, aterricé mis ilusiones en Tailandia; pero al cabo de unos días, la boca entusiasta de Arnau empezó a expulsar nombres como Hanói, Yakarta, Manila. Yo insistí: Tailandia. Yo deseaba volver a aquel territorio que me había enamorado, a aquella humedad, a aquel verde.

Durante mi primer viaje, salí de Tailandia por el norte y crucé Laos y Camboya. Meses más tarde, al intentar volver a entrar en el vientre del elefante, me quedé varada en la frontera del lado camboyano, viendo inútilmente cómo el país se me cerraba, a pesar de mis puños apretados.

Así que peleé: volver a Tailandia. Con énfasis en el «volver».

Arnau dijo: A Tailandia podemos ir después. Y también: Todo el mundo va a Tailandia.

¿Quién es todo el mundo?

Tuvimos una discusión sobre mi plan, su plan, nuestro plan. Para mí, regresar era un acto de memoria. Para él, apenas un paréntesis. Finalmente, la decisión salomónica la tomó el precio del vuelo: Malasia con escala en Inglaterra.

A veces, para ir al sur hay que transitar el norte.

Empecé entonces a improvisar rutas, a evocar destinos. Mi historia personal me dirigió a Singapur, unos cientos de kilómetros al sur de Kuala Lumpur, la capital malaya. Busqué su perfil para constatar que seguía viviendo allí Ezequiel, mi mejor amigo y gran cómplice de la adolescencia. Le escribí preguntando qué le parecería una visita mía. Él respondió casi de inmediato con una frase bien mexicana, de esas que creía olvidadas: Aquí tienes tu casa. Y muchas caritas sonrientes y signos de admiración. ¿Qué hora es allí?, pregunté, imaginando una madrugada tibia. Siete horas más que en España. Catorce más que en México.

A veces, solo yendo hacia adelante se vuelve a casa.

Barcelona → Londres → Kuala Lumpur

Oriente: espejo y espejismo

En la cola de espera para subir al avión rumbo a Kuala Lumpur, mi mirada se cruza con la de un chico que va esquivando maletas. Él me devuelve el desparpajo de su juventud. Yo me quedo pensando en sus facciones. Viste unos jeans deslavados y una chaqueta deportiva blanca con dos rayas paralelas negras en los laterales de los brazos. El logotipo deformado de una marca famosa se le descose del pecho. El color de su piel y su cara, de pómulos bien marcados y bigotito apenas esbozado, me dice que podría ser mexicano. Arnau y yo lo observamos, nos esforzamos innecesariamente en ser discretos. Al chico no le importamos en lo absoluto. Al rato, al preparar los documentos para mostrarlos a la azafata, miro los suyos de reojo y descubro el color de su pasaporte. Es rojo. Es de Malasia.

Pero podría ser mexicano.

Es verdad, coincide Arnau conmigo, adiestrado ya en el arte de los cuerpos mexicanos.

Tengo la teoría de que el Sureste Asiático y América Latina habríamos tejido una relación de estrechísima hermandad si no nos hubiéramos conocido a través del filtro de la mirada blanca. ¡Nos parecemos tanto! No solo porque, en ciertas costumbres y filosofías de vida, es como verse al espejo, sino también por algunos paisajes, como las abarrotadas avenidas de Bangkok, los coloridos tianguis de Chiang Mai, o las riscosas montañas de Xiang­hoang, alcanzadas solo por carreteras fantasmales atiborradas de bruma y baches. Pero sobre todo, es en la Historia, que transcurre entre el orgullo y la vergüenza, entre lo moderno, lo anhelado y lo ancestral. Llevamos todas esas sensaciones grabadas en una cicatriz bajo la piel; amansada, pero imborrable.

Esto nadie nos lo advirtió.

A nosotros nos contaron de un lugar llamado Oriente.

Un día, las letras de unos señores del Norte llegaron a nuestra isla-continente. Nos narraron un viaje a través de las tinieblas hasta llegar a un mundo perdido de selva, sol y aguas abisales. Yo también los leí: bestias devoradoras de hombres, mujeres con piel de cobra, deidades cubiertas de alhajas y olores y sabores que seducían hasta el olvido. Deslumbrados por aquellos relatos, empezamos a anhelar el edén oriental.

¡Áureo espejismo, sueño de opio,

fuente de todos mis ideales!

¡Jardín que un raro kaleidoscopio

borda en mi mente con sus cristales!

Este poema lo escribió mi compatriota Juan José Tablada en las postrimerías del siglo XIX. Tablada era un ávido lector del francés Pierre Loti. En estos versos con aire de plegaria, Tablada resume su anhelo de viajar a Japón. En él afirma amar los ríos, lagunas, ciervos y faisanes nipones, aunque no ha tenido todavía la oportunidad de conocerlos por sí mismo. De ese lejano oriente tiene solo una imagen prestada.

¿Ansiaba el poeta el Japón real? ¿O quería, más bien, vivir en las fantasías de un señor francés? Me parece que la ilusión del poeta no difiere mucho de la que, un siglo más tarde, experimentamos muchos cuando vimos The beach y creímos que, independientemente de nuestro género, color y nacionalidad, podíamos sobrevivir, como Leonardo DiCaprio, a las fiestas de la luna llena y al salto de una cascada en Tailandia.

En aquel lejano albor del siglo XX, lo que quizá no consideró Tablada es que, para encontrar un paraíso oriental, no le hacía falta subirse a ningún barco. Ya estaba allí.

En 1492, Colón creyó haber alcanzado las costas asiáticas. Convencidos de que habían llegado a la India, los europeos nos bautizaron como las Indias Occidentales, sellando así nuestra primera correspondencia involuntaria con Asia. En ese territorio desconocido, exploradores como Gonzalo Fernández de Oviedo o el mismo Hernán Cortés experimentaron el embeleso natural del ser humano hacia lo extraño. Esta emoción se transformaría, más adelante, en un hambre de conversión y dominio. Así, en sus crónicas, ambos colonizadores retrataron lo que no podían nombrar como fascinante y peligroso, místico pero salvaje, listo para ser poseído y domesticado. Como nosotras, las mujeres.

Esa manera de mirar el paisaje, como si fuera una fantasía creada para ellos, es rastreable hasta la Grecia del siglo V a.C. Heródoto. Marco Polo. Las literaturas de exploración británica y francesa de los siglos XVIII y XIX. Todos apelaron a la fascinación bífida: lo desconocido como repulsivo y atractivo a la vez. A nadie se le ocurrió romper los moldes. Ni siquiera a las mujeres, que reclamarían también su derecho a viajar y a escribir, a discriminar y a… exotizar. Este es el caso de la escritora victoriana Isabella Bird, cuyos retratos de Malasia y Singapur cristalizan la deshumanización propia del discurso colonial: «los rostros de piel oscura no tienen expresión que pueda interpretar, y los ojos oscuros y líquidos no me resultan más inteligibles que los de los bueyes. Es, de principio a fin, el “misterio asiático”».

Si hacemos caso a Bird, en los ojos del chico malayo del aeropuerto, y en los míos, hay un silencio animal.

Pero mi mirada nunca estuvo apagada. Ni siquiera en todos estos años en Barcelona. Quizá solo hablaba bajito por debajo de la tierra, entre susurros antiguos que golpeaban mis párpados.

Según Edward Said, escribir sobre Oriente es dialogar con esas voces mientras se navega entre espejos que deforman y reflejan. Sé que mi viaje a Malasia no está libre de Historia, con toda su riqueza y sus prejuicios; pero quiero creer que no persigo un espejismo, sino el encuentro con un rostro que, a su vez, me reconozca. Y que, cuando me cruce con él, avanzaré con los brazos abiertos y no con la espada desenvainada.

—No hace falta justificar las vacaciones con paralelismos históricos, Lula —me suelta Arnau tras mi perorata.

—Lo dice el que sueña con recorrer Escocia y Quebec durante las vacaciones —contraataco.

—Es diferente. Lo nuestro está pasando hoy.

—¿Lo vuestro? —digo «vuestro» en lugar de «suyo» para que no quepa duda de a quién estoy incluyendo en ese plural.

—Sí. Nuestra ocupación, el expolio de Catalunya.

—Ay, por favor. Como si lo vuestro pudiera compararse con lo que nos hicieron a nosotros —objeto, recalcando ese último pronombre.

—¿Quiénes sois nosotros?

Hago una pausa. Los matices están atorados en mi garganta.

¿Quiénes somos nosotros? ¿Lo que queremos ser, lo que creemos ser o lo que otros deciden que somos?

Por ejemplo, a principios del siglo XX, h

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