Los muertos indóciles

Cristina Rivera Garza

Fragmento

Título

GRATULABUNDUS

Ésta también es una práctica de comunalidad. Como todos los textos, éste también fue escrito junto con y a partir del trabajo imaginativo de otros, justo en el horizonte de esa mutua pertenencia al lenguaje que nos vuelve a veces, con suerte, parte de un estar-en-común que es crítico y festivo. Aquí también, pues, su devoción. Aquí su tiempo. Y el nuestro.

Muchos de los textos que forman parte de Los muertos indóciles fueron concebidos primero para «La mano oblicua», la columna que mantengo semanalmente en la sección de cultura del periódico mexicano Milenio. En su paso del periódico al libro, sin embargo, ninguno de esos textos «originales» quedó intacto. Algunos fueron reescritos en partes; otros en su totalidad. Todos encontraron posiciones nuevas en nuevas secuencias de argumentación. Todos son, luego entonces, textos trastocados. Aunque la primera tentativa para conformar un libro con esos textos la llevé a cabo en San Diego, muy al inicio de la primera década del nuevo siglo, no fue sino hacia fines de 2012 que pude, gracias a una estancia sabática en la Universidad de Poitiers en Francia, gozar del tiempo y la calma suficientes para reorganizar los escritos y configurar así los argumentos centrales del libro. Una residencia artística en el Centro de las Artes de San Agustín Etla, en Oaxaca, México, me permitió continuar con el proyecto e introducir cambios de última hora, así como revisar el manuscrito completo a inicios de 2013.

Dicen los que saben de etimologías que el vocablo latino gratia se relaciona con una amplísima gama de términos: gratulabundus, gratosus, gratular, congratular, congratulatio, gratificatio. De una manera u otra, casi todas estas palabras tienen que ver con la dádiva y el favor, pero sobre todo con la alegría compartida y la celebración o la alabanza. De ahí éste, mi dar las gracias. De ahí esta marca, ahora visible, de una compartencia que ha tomado lugar a lo largo de algunos años y muchas conversaciones y más citas, textuales y no. Así pues, una buena parte de los textos «originales» que dieron pie a este libro han sido y son segmentos de un diálogo que he sostenido, bajo el amparo del cielo vertical de las pantallas electrónicas, con el dibujante valenciano Carlos Maiques. La discusión sobre las relaciones entre la necropolítica y la escritura se inició en un taller de creación literaria en la Universidad de California en San Diego y continuó después, en otras charlas también largas, con el cronista estadounidense avecindado en México, John Gibler, con el poeta mexicano Javier Raya y con el psicoanalista Carlos García Calderón. Las charlas apresuradísimas y más que concentradas que tuve con la crítica Cécile Quintana, mientras las dos nos perdíamos por las callecitas de Poitiers, también forman parte del trabajo en conjunto e in situ que fue haciendo este libro. No habría incorporado tan puntualmente el concepto mixe de comunalidad si no hubiera vivido en Oaxaca los meses iniciales de 2013, y si no hubiera recorrido sus sierras y valles, sus costas y ríos en compañía de Saúl Hernández y Matías Rivera De Hoyos, mi hijo. Finalmente, no me habría atrevido a dejar este libro como está, a interrumpir su incesante quehacer de libro, que es un proceso, como se sabe, infinito, si no hubiera podido poner a prueba sus argumentos con los muy talentosos integrantes del Taller de Re-Escrituras que impartí durante doce semanas también en Oaxaca: Yásnaya Aguilar, Bruno Varela, Patricia Tovar, Efraín Velasco, Noehmí, Amador, Daniel Nush, Gabriel Elías, Andrea Carballo, Miguel, Viviana Choy, Rafael Alfonso, Alejandro Aparicio, Josué, Saúl Hernández.

Acaso los que saben de etimologías no sepan este secreto: cuando se dice «aquí van las gracias», se habla en realidad de unas muy increíblemente pequeñas que inician, sí, es verdad, otra extraña aventura en las manos del mundo.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados