No honrarás a tu padre

Fragmento

Título

I

Yo soy la historia del pueblo judío, soy Abraham y soy Isaac, soy Moisés y soy Aarón, soy Noé y Job y David, no lo olvides, le dije a mi padre en un susurro a manera de rezo la primera vez que mis ojos y los suyos se vieron, la primera vez que nuestros cuerpos estuvieron frente a frente. Yo tenía treinta seis años y atrapaba con la mirada a David, mi sobrino, su nieto, el hijo de su hija, mi hermana, mientras el rabino cortaba su prepucio. Él, mi padre, tenía sesenta y seis y me veía con una expresión indescifrable e inaprensible, como todo en él durante una vida entera de negación y silencio, de vacío y de sombra.

Por primera ocasión esos dos hombres, ese padre y ese hijo, él y yo, se contemplaban. Por fin el hijo veía cumplido el preciso instante que había deseado, fantaseado y temido minuto a minuto durante una vida entera. Finalmente el padre tenía a medio metro de distancia, en carne y hueso, a su ya adulta pesadilla. La ironía se consumaba con igual dosis de profundidad y de teatralidad, como todo en la vida de ese hijo, de mí, en mi vida. El fondo era forma y la forma fondo: la Torah detrás, el pequeño grupo de asistentes debajo, en esa suerte de palco de butacas, nosotros arriba en aquella especie de escenario, yo como siempre sobre el foro buscando el reflector, él tal vez sin saber cómo ni por qué, ahí, salido de esa sutil cueva que se había labrado durante casi cuatro décadas, pisando ese escenario para vivir acaso la peor de todas las ocasiones que hubiera concebido.

Porque la pesadilla era real. Siempre lo había sido. No sólo en las noches, al apagar la luz, girar el cuerpo sobre la cama y no poder evitar esa habitual ruta sináptica que me hacía aparecer en su conciencia, justo cuando la somnolencia la desarma, sino ahora que pesadilla y deseo se fundían y explotaban con lujo de efectismo y teatralidad en medio de uno de los más profundos, conmovedores e irracionales ritos de la historia de las religiones. Circuncisión: Brit Milá, Pacto de Palabra, pacto y palabra. Un grado más al que asciende el inagotable exponencial de ironía de esta ecuación. Y yo, a pesar de ser hijo de una mujer gentil, yo tan judío como alguien puede llegar a serlo, arropando con mis pupilas a David, mi sobrino, su nieto, y viendo manar su sangre que es la mía y la suya y la de cientos de generaciones que se pierden en el pasado y que terminan por mezclarse en la arena de un desierto remoto, en la extravagante idea de un solo Dios sin nombre. Y yo hebreo de verdad, tan hebreo como Abraham, extranjero entre los extranjeros, ivrit como él, el del otro lado, el que cruzó, el que traspasó la frontera cuando menos lo imaginó, cuando no era ya concebible ni siquiera como un milagro. Yo el sacrificado y el verdugo, el errante, el que recibe la palabra, la entiende y la ejerce, el rechazado, el esclavo asimilado, el que habla y el que traduce, el de verdad elegido por haber sido rechazado y negado y escondido toda la vida, el que regresa, el arrancado del agua que vuelve a su origen, a su pueblo, el paciente y el ebrio, el de la fe y la desesperanza, el perseguido y el ignorado, el denostado y el admirado.

“Yo soy la historia del pueblo judío”, le dije o intenté decirle y no mentí, porque eso soy. Jamás imaginé que ésas serían las primeras palabras que pronunciaría frente a él, jamás pensé siquiera en ellas y de pronto el marco y la forma se apoderaron de mí y hablaron por mí. Fue en ese instante mismo, al ver al anciano acercarse con la navaja de plata en la mano, cuando ese hijo, yo, sin pensarlo y habiendo creído toda su vida que ya lo había hecho, tal vez se asumió por primera ocasión, involuntaria e inevitablemente, engendrado y no creado, como hijo de su padre. Cuando percibió que ese hecho rebasaba el ámbito de la consanguineidad y la similitud genética, de un acta de nacimiento, de un “sí, sí es” mutuo, e iba mucho más allá. En ese momento pleno también de teatralidad musical, en ese instante en el que todo se convertía en una obra festiva escénica y sagrada, ese hombre joven entendía finalmente, entre los desagarrados y suplicantes melismas del cantor que se elevaban al fondo y la implacabilidad invisible, innombrable y eterna del bajo cifrado que el órgano dejaba caer como la ausencia en cada año de esa vida sin padre, de qué se trataba su historia, esta historia. No era un recurso alegórico, tampoco una elegante conclusión psicoanalítica de esas que todavía pueden hacernos héroes en pleno siglo XXI y en la Ciudad de México mientras nos recostamos en un diván, mucho menos el elegante despeje de un binomio cuadrático afectivo.

La mirada de sorpresa extraviada con la que ese padre pareció responder a las palabras de su hijo fueron de una elocuencia patética. Acaso perdido y atónito, humillado en extremo por tener que pasar por eso en público, ese hombre seguramente habría esperado cualquier actitud, cualquier palabra menos ésas. “Yo soy la historia del pueblo judío” era una frase arrogante y pretenciosa, soberbia, petulante, teatral: operística por supuesto. Tenía que ser una estrategía trazada con la meticulosidad que sólo treinta y seis años de lucubraciones y rencor cotidiano pueden generar. Crítpica y agresiva, en vista de los oprobiosos antecedentes, era una especie de apertura inconcebible que generaba una posición de tablero inmediatamente ventajosa, que obligaba de entrada a la defensa, cuando no al sacrificio.

“El sacrificio de Isaac, por supuesto”, pudo haber deducido con supuesta velocidad y tino ese hombre de tez oscura y sonrisa prefabricada en lo que habría acusado inmediatez de pensamiento. “Un aborto y el sacrificio de Isaac”, podría haber respondido yo sin abrir la boca ni voltear a verlo, “la ruta es correcta, pero sólo como eso, como camino, nunca como destino, mucho menos como conclusión”.

“Sé que estás pendiente de mi resolución y es ésta: no impediré que mi hijo nazca. ¡Prefiero soportar toda mi vida la angustia de un porvenir incierto para él a la certeza de su muerte!”. Con esta frase escrita entre signos de admiración se sellaron mi destino y mi vida, los de mi madre y los de él, mi padre, los del mundo y la historia entera. La voz de “el que es” que detiene la mano temblorosa pero decidida de Abraham se hace presente hoy, escrita a lápiz sobre el reverso de un libreto de una telenovela de 1963, en un papel amarillado cuyos dobleces se craquelan a la menor provocación y apenas se mantienen unidos gracias a varios trozos de cinta adhesiva. Es la frase capital del borrador de la carta que mi madre le envió una encapotada y fría mañana de enero de 1964 y que he descubierto tras su muerte, hace apenas dos años, entre sus papeles mejor guardados. Es la frase que como cubetada de agua helada marcó su impotencia absoluta: el principio de esa interminable cadena de círculos concéntricos alrededor de una negación eterna. Mórula, gástrula, blástula, feto, el hecho se había consumado y por lo visto no tenía marcha atrás. Había embarazado a una mujer gentil y su vida se había jodido para siempre. Es la frase que sin lugar a dudas se había clavado en lo más hondo de su memoria y qu

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