Las nerviosas

Rosa Chávez Yacila

Fragmento

Índice

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Nota final o un pelo del demonio en la mirada

Los libros

Agradecimientos

Legal

Sobre la autora

Sobre este libro

Para mi mamá

¿Dónde nací

en qué calle aprendí a dudar

de qué balcón hinchado de miseria

se arrojó la dicha una mañana

dónde aprendí a mentir

a llevar mi nombre de seis letras negras

como un golpe ajeno?

Blanca Varela,

Valses y otras falsas confesiones

So it is better to speak

remembering

we were never meant to survive.

Audre Lorde,

The Black Unicorn

1

No me gusta mi nombre. Siempre me ha parecido feo, anticuado. De pequeña pensaba que Rosa era una señora sufrida y achacosa, no alguien como yo. En el colegio, otra niña confirmó mis sospechas:

—Mi mamá dice que tienes nombre de vieja.

Entonces yo ansiaba tener uno de esos nombres que, a inicios de los noventa, estaban de moda en Lima y me parecían muy femeninos y pertinentes: Stephanie, Fiorella, Sheila, Katherine. En cambio, Rosa rimaba con «cosa», que puede ser lo que sea. Todo y nada. Una generalidad sin sustancia ni emoción.

Para acrecentar mi precoz complejo, mi familia, profesores y amigas preferían decirme «Rosita». Yo intuía que usaban el diminutivo porque mi nombre les parecía una suerte de llamado de atención, un estruendo que anunciaba una mala noticia. «¡Rosa!», dos sílabas que se oyen como ladridos rabiosos. La tosca combinación de la erre, la ese y las dos vocales abiertas. «¡Oh!», «¡Ah!». La sorpresa, pero también el horror.

En el jardín de niños firmaba mis trabajos —el dibujo de un pato, un sapo, una mariposa de bolitas de papel crepé— como «Rossy». A veces, escribía «Rossi» y en lugar de hacer un punto en la «i» dibujaba un corazón.

Un día, la profesora le contó a mi mamá sobre la crisis de identidad más temprana de mi vida. Entonces me preguntó por qué escribía «Rossy» o «Rossi» en las hojas de mis tareas. Por qué no usaba mi nombre.

—¿No te gusta?

Era el nombre de su mamá, mi abuela, podría haberle dolido. Pero no me estaba haciendo un reclamo, ni siquiera lo intentó. De todos modos, me sentí descubierta, atrapada en el consabido acto de fingir compostura en los momentos de agitación. Sentí vergüenza y ganas de llorar.

La pregunta de mi madre me hizo intuir algo que pronto se volvería una convicción: ciertos detalles de mi vida, de quién era yo, me disgustaban y, sobre todo, me entristecían.

Tenía cuatro o cinco años, pero ya empezaba a cultivar un tenaz extrañamiento.

Cambiar mi nombre en el jardín de niños fue mi primer ejercicio de ficción. El primer intento de ser otra persona. Una chica ligera y animada. Alguien con un corazón encima de su nombre.

2

Mis padres me pusieron Rosa porque mi abuela materna se llamaba Rosa. Y Elisa porque mi bisabuela paterna se llamaba Elisa. A finales de los ochenta, la época en que nací, las dos llevaban varias décadas muertas.

Mi papá y mi mamá dicen que mi nombre es un homenaje a las mujeres que me antecedieron. Yo, más bien, veo que edificaron dentro de mí un minicementerio familiar.

A lo largo de mi vida, he oído historias de la abuela Rosa y la bisabuela Elisa. Historias de generosidad, de ternura y de buena sazón.

También he escuchado relatos amargos de pobreza, sometimiento y enfermedad.

Mi bisabuela Elisa crio sola a sus cuatro hijos. Su primer marido se esfumó; el segundo era el borrachín de La Pampa, en el valle andino de Áncash, donde casi siempre brilla el sol. Con las cosechas de su chacra y unos cuantos animales, Elisa alimentó a su familia hasta que migraron a la capital.

A Rosa mi abuelo la encerraba al atardecer. Era un hombre responsable pero controlador. De sus doce hijos, solo la menor se quedó en Sullana, una ciudad en el norte del Perú, en la costa de Piura. Esa niña fue mi mamá. Mi abuelo Tomás, excarpintero de una compañía petrolera, las mantenía a ambas con su exigua pensión de jubilado. Todos los días se acostaba temprano, alrededor de las siete de la noche. Antes, aseguraba la puerta principal y escondía la llave debajo de la almohada. No consentía que su mujer y su hija andaran de noche por esas calles llenas de amenazas.

Mi mamá dice que muchas tardes ella y mi abuela se sentaban junto a la ventana de la sala a ver a los vecinos pasar, hasta que oscurecía.

El encierro de mi abuela Rosa era el encierro de mi madre.

La imagino saludando a sus amigas del colegio de mujeres por una rendija. Mamá lozana, mamá nariz de muñequita viviendo la vida a través de esa ventana por la que apenas entraba el aire caliente del mundo y la luz desaparecía lentamente.

3

Cuando mi mamá habla de sus hermanas, tías, primas, sobrinas dice que todas tienen en común el «nerviosismo». Según su versión, varias de las mujeres de mi familia materna eran o son «nerviosas».

—Tú sabes que las Yacilas somos bien nerviosas —se queja cuando quiere justificar algunos de nuestros desequilibrios del ánimo o desbordes emocionales.

Mi mamá dice «nerviosas» como si se refiriera a una peculiaridad innata a la que debemos resignarnos. Como si nuestro nerviosismo fuera una suerte de lunar de nacimiento, de esos inmensos e informes que una se quiere extirpar. Un lunar mental que nos ha dejado con el ánimo marcado para toda la vida.

Una muestra: mi último año escolar. Mi mamá no paraba de trabajar limpiando, cocinando y lavando para los demás. Comía poco y se quejaba mucho. Yo me sentía abatida, ansiosa y culpable todo el tiempo. Al iniciar las clases, me sobrevinieron unos mareos crónicos que no se fueron sino hasta el verano siguiente. Era como vivir flotando en el mar, pero sin saber nadar. Le perdí el miedo a adolecer de algo letal y conocí el terror a padecer de lo indescifrable. Comprendí que, por encima de cualquier mal físico, era víctima de los trucos ladinos de mi mente.

Cada vez que mi mamá dice «Tú sabes que las Yacilas somos bien nerviosas» a mí me provoca gritar «¡No, no sé, mamá!», porque en realidad no lo sé. Aún estoy intentando comprender las arbitrari

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