1
La nieve del siglo pasado aún cubría el borde del oscuro bosque cuando Lajos von Lázár, el niño transparente de ojos azul aguamarina, vio por primera vez al hombre al que consideraría su padre incluso más allá de su muerte.
Era el día de Reyes; el bosque engullía la última luz turbia y azul. La habitación en la que había nacido el niño estaba en el ala oeste del castillo del bosque, justo al lado de la habitación pintada de azul en la que nunca entraba nadie.
Mientras la partera lavaba la espalda al niño, Sándor von Lázár estaba de pie junto a la ventana, escudriñando el sotobosque. Le parecía haber visto algo desaparecer entre la maleza.
Estaba allí de pie, sintiendo el frío del cristal y tanteando el borde del bosque con la mirada, dejando que vagara por la corteza de los troncos y saltara de un árbol a otro, cuando de pronto se abrió una grieta en su interior. De inmediato sintió el miedo conocido, ese pánico familiar recorriéndole el cuerpo e inundándolo todo; entonces pestañeó y la grieta se cerró. Respiró aliviado. Él no era como su hermano, ni como su madre, sólo estaba un poco nervioso, cosa que no debía extrañar a nadie; al fin y al cabo, su mujer acababa de dar a luz a un niño bajo cuya piel transparente se veían sus pequeños órganos.
El barón solía cenar únicamente en compañía de su hija de seis años, que no se alegraba en absoluto por el nacimiento de su hermano. Cuando Ida, la niñera alemana, había llevado a Ilona a la habitación, ésta había mirado muy seria a aquella criatura hinchada, amoratada y arrugada como un higo y, entrecerrando los ojos castaños, había dicho secamente:
—Es muy feo.
Después había corrido con su padre, que no había sabido interpretar su cara pálida y había cerrado la ventana, de modo que ella le había vomitado en sus brillantes zapatos de charol y en el pantalón de cuadros marrones.
Ahora —el barón se había cambiado de ropa— estaban los dos sentados a la mesa del comedor, que era lo bastante larga como para servir a veinte invitados un cochinillo, un ganso, un faisán y tres liebres. Guardaban silencio, pues estaban acostumbrados a que llevase la conversación Mária, que ahora yacía entre blandas almohadas en el ala oeste y, con el bebé apretado contra el pecho, escuchaba su respiración suave, la tos pertinaz de Imre en la habitación de al lado y los ruidos del castillo, sintiendo que se hundía en las almohadas, que los bolsillos de su chaqueta de punto azul oscuro estaban llenos de piedras pesadas que la arrastraban hacia abajo, cada vez más al fondo, haciéndola desaparecer entre las mantas, el colchón y las plumas de ganso. No era una sensación desagradable, no era una caída vertiginosa ni un ahogo estremecedor, como le ocurría en sueños: era una simple inmersión, una forma tranquila de desaparecer del mundo; era todo lo que quería.
Su padre seguía enfadado con ella, Ilona lo notaba en los enérgicos movimientos con que cortaba la carne roja. Sabía que él se daba cuenta de que ella lo estaba mirando —él percibía cualquier mirada de inmediato—, pero no podía apartar los ojos de aquel bigote espeso y frondoso que, al masticar, bailaba arriba y abajo por encima de la boca.
Cuando su padre levantaba la vista, ella miraba rápidamente a su enorme plato. No entendía cómo podía ponerse un trozo de carne tan basto en un plato tan maravilloso de porcelana Herend, decorado con ramas de avellano, mariposas, libélulas y pájaros de filigrana. Por suerte, la araña del techo no estaba encendida, con las lámparas de gas de las paredes tapizadas ya se veía más que suficiente. El truco estaba en fijar los ojos en la parte superior del borde dorado del plato, de modo que pareciese que mirabas la comida cuando, en realidad, sólo con la parte inferior del ojo podías distinguir lo que cortabas en ese momento.
Ella oía a su padre masticar y sabía, sin levantar la vista, que mientras tanto él dejaba deambular sus ojos de un lado a otro del salón. Estaba increíblemente orgulloso de todas esas posesiones, aunque incluso la pequeña Ilona comprendía que él no había tenido nada que ver con ellas y que debían su riqueza solamente a las personas que los miraban desde todos aquellos cuadros y que, pese a todas las bromas que les hacía, nunca les dedicaban ni un asomo de sonrisa.
Después de la cena, Sándor se dirigió a la sala de fumadores contigua, encendió un puro y estuvo un rato paseando en silencio de un lado a otro. Hasta entonces había reprimido cualquier pensamiento sobre el recién nacido, pero ahora, al quedarse solo, ya no pudo resistirse. Fumaba, arrugaba la frente en surcos profundos y reflexionaba, pero no hubiera sabido decir sobre qué.
El señor Török, el médico rural, no se había mostrado menos perplejo al ver al niño.
—Debo decir, ilustrísimo barón, que no he visto nada igual en todos los años que llevo de médico. Pero el niño parece sano, los órganos funcionan y, aunque la piel es extraordinariamente fina, aguanta. Sólo la luz del sol podría ser peligrosa para él.
Así que el niño estaba sano, pero eso no facilitaba las cosas. Habría sido mejor que naciese muerto.
Al pensar en los siguientes años de su vida, que estarían determinados por un hijo transparente, Sándor consideró, durante un brevísimo instante, la posibilidad de apartar al niño del pecho de su esposa dormida, taparle la nariz y la boca con la mano en el cuarto de baño y después volver a recostarlo junto a su madre. De esa forma él podría seguir con esa vida que, tanto en lo grande como en lo pequeño, en el pausado transcurso de los años como en el trajín urgente del día a día, había concebido para conservar viejas tradiciones y crear otras nuevas. Ya de niño esperaba con impaciencia el momento de entregarse a los asuntos cotidianos con la misma solemnidad que su padre: presionar el anillo de sello verde oscuro en el lacre rojo, firmar contratos, recibir a sus socios, sacar el reloj de bolsillo del chaleco, llevarse la copa de vino a los labios.
De acuerdo con ese modelo, la vida del barón se ceñía a una rutina estricta. Se levantaba al amanecer, descorría las cortinas verde pino para despertar también a su mujer (pues no soportaba a los dormilones), entraba en el baño para afeitarse las mejillas, la barbilla y el cuello, se untaba el bigote con aceite de oliva y más tarde se vestía ante los ojos hinchados de Mária, mostrándole así lo diligente, pulcro y superior que era. Acto seguido se dirigía al comedor a leer el periódico.
Mária no salía de la cama hasta que no se extinguían los pasos de su marido en el pasillo. En el baño, también ella cogía la navaja de afeitar, cuya empuñadura seguía tibia, y con los movimientos precisos que le procuraban años de práctica se hacía finos cortes en la parte interna de los brazos, blanda y de una blancura porcelánica, unos cortes tan delgados que apenas sangraban y las heridas se cerraban en un solo día. Lo que quedaba era un dibujo casi invisible de cicatrices finísimas y rosadas en las que nadie, salvo Pál, había reparado nunca.
El joven criado se había dado cuenta una tarde inusualmente cálida de primavera, cuando ayudó a la baronesa a montar en su imponente caballo blanco y le alcanzó las riendas. En ese momento se le deslizó hacia arriba la manga de la blusa dejando al descubierto el antebrazo. En los ojos azul aguamarina de Pál notó enseguida que él había visto las cicatrices; por un momento, él incluso estuvo a punto de tocarle el antebrazo con su mano áspera, aunque al final sólo preguntó:
—¿Por qué hace usted eso, señora baronesa?
Mária lo miró con compasión, como si fuera él quien tenía los brazos cubiertos de cicatrices, y después respondió:
—Para saber que sigo viva.
Al atardecer, cuando ayudó a la baronesa a bajar de la silla, Pál estaba igual de triste que tres horas antes. Para Mária fue como si por primera vez lo viese de verdad. Le dedicó una sonrisa dulce, y él se puso rojo y llevó corriendo la silla al establo. Pero Mária lo siguió, admirando su ancha espalda, y cuando se encontraba sólo unos pasos detrás de él carraspeó débilmente.
Nueve meses después nació Lajos.
2
Pasaron dos años y medio antes de que el barón mirara como es debido al niño y le hiciera a su mujer la pregunta que ella había temido tanto. Al contrario de lo que ella había esperado, según pasaban las semanas, los meses y los años desde el nacimiento, el miedo, lejos de disminuir, había aumentado, pues la pregunta iba a llegar, eso seguro, y con cada minuto transcurrido la mentira crecía, hundía sus raíces más profundamente en la tierra y extendía su dosel arbóreo más y más lejos, amenazando con ensombrecer a su familia, el castillo del bosque y toda su vida.
Pero Mária no dejó que el miedo y la mentira creciente la doblegaran; al contrario, decidió plantarles cara, agudizar los sentidos para el día en que la pregunta que se cernía sobre ella amenazase con descubrir su falsedad.
Para ello Mária tuvo que aprender a mentir. Su madre era una cristiana muy piadosa que sólo vestía de gris y leía la Biblia tres horas al día: una antes del desayuno, otra antes del almuerzo y la última antes de la cena. Jamás había salido una mentira de sus labios finos y rosados, y con ese criterio había educado a sus seis hijos. Si alguno mentía y lo descubrían, debía escribir cien veces el padrenuestro, con la mano izquierda y la pluma más vieja, sin emborronar una sola letra.
Por eso es aún más sorprendente que Mária aprendiera a dominar ese arte con tanta rapidez, consistencia y refinamiento. El método con el que practicaba era tan simple como eficaz: mentía cada vez que tenía ocasión. A cada pregunta que le formulaban respondía con una falsedad, aunque fuera algo tan banal como qué quería para cenar: pollo a la paprika o venado. Y con cada mentira que salía de su boca se deshacía de un pedazo de su yo infantil, dejaba atrás una parte de la niña que copiaba el padrenuestro, y a cambio ganaba confianza, astucia y picardía, de modo que cuando Sándor, por fin, le hizo la pregunta que tanto había temido, ella fue consciente en ese instante de que su miedo había sido totalmente infundado, pues a esas alturas mentir ya le resultaba más fácil que decir la verdad.
La pregunta llegó así: la familia von Lázár estaba sentada a la mesa comiendo sopa de gulasch. En ese momento Mária estaba contando una historia inventada, como si fuese verdadera, y los demás la escuchaban en silencio y con la mente en otra parte. Sándor se preguntaba adónde iría a parar el amor cuando desaparece, cuando de pronto su hijo le lanzó un trozo de carne al pecho. El barón, atónito, levantó los ojos, vio a su hijo sentado en la trona y por un instante no supo quién era esa criatura.
Allí estaba, con la camisa blanca como la nieve salpicada de salsa rojiza, y aquel trozo de carne sobre el corazón, y no era capaz de decir quién era ese niño. El barón, es cierto, sabía que el pequeño era importante en su vida, pero no lograba recordar por qué. Así que ahora, libre de cualquier prejuicio, vio por primera vez a Lajos tal como era: rubio, de ojos azules, con piel de medusa.
Entonces lo recordó: se suponía que era su hijo. Y sin embargo no se parecía en nada a él.
—¿Estás segura de que ese niño es mío? —preguntó en tono de broma, pero consciente a la vez de que temía la respuesta.
Pero Mária, que había representado esa escena en su cabeza mil veces, dijo con naturalidad:
—Pues claro, querido. ¿Cómo si no iba a parecerse tanto a Hayo I?
La respuesta era arriesgada, pues no había ningún retrato ni descripción de aquel patriarca de la estirpe de los Lázár, aquel hombre que, con apenas catorce años, sin nada más que un cuervo negro azulado sobre el hombro y algo de pan duro en el zurrón, había llegado a Budapest siguiendo el curso del Danubio, se había formado como orfebre, había luchado en el sitio de Szigetvár, había sobrevivido a la batalla gracias a su extraordinaria cobardía y, finalmente, para mitigar su soledad congénita, había engendrado dieciséis hijos.
Pero daba igual, pues en cuanto Mária dijo eso, el barón se imaginó su propio retrato a imagen y semejanza de Lajos. Y su alegría porque su hijo se pareciese al célebre Hayo fue tan grande que se olvidó por completo de darle una bofetada al niño.
Al principio, a Mária le preocupaba que la pregunta volviera a surgir; pero no fue así. A veces Sándor tenía una sensación extraña, como si los ojos azul aguamarina o el pelo pajizo de Lajos le sonasen de algo, pero Pál había muerto a las pocas semanas de nacer el niño, después de que lo coceara un caballo, así que ya sólo era un recuerdo perdido que rondaba por la memoria del barón.
Tras la muerte de Pál, la baronesa había pasado seis días encerrada en el dormitorio. No había sido una decisión consciente, un velatorio o un momento de silencio prolongado, tampoco una gripe ni una migraña pertinaz, como pensaba Sándor, que no había tardado en trasladarse a una de las habitaciones de invitados. No, sencillamente no había podido levantarse. Se pasaba el día en la cama, mirando fijamente el techo. A veces lloraba y a veces, de puro agotamiento, se quedaba adormilada, soñando con aquellos ojos azul aguamarina en los que podía nadar, sintiéndose como si estuviera con Pál, cuando después de hacer el amor en el cubículo más apartado del establo y estando aún desnudos uno junto al otro sobre el heno, él pasaba los dedos ásperos por su estrecha columna vertebral y decía:
—Podría partirla tan fácilmente... Como una rama seca. Eso sería lo más sencillo, así podría quedarme con una mitad y tu marido con la otra.
Al séptimo día después de su muerte, se levantó y retomó su vida donde la había dejado. Y aun así parecía como si no hubiese vuelto del todo, pues la costumbre de hablar con Pál muerto y las ojeras que se le habían quedado después de seis días de insomnio no la abandonaron ya. No era de extrañar que Sándor pensara con pánico creciente en su hermano y en su madre.
Su madre, que tras la muerte del padre se adentraba corriendo una y otra vez en el bosque que rodeaba el castillo, murmurando palabras ininteligibles. Ese bosque que la atraía como la luna al mar. Ese bosque que era en sí mismo un mar. Ese bosque que había engullido al padre durante una cacería. Ese bosque que, en lugar de a su padre, había escupido un ciervo muerto. Ese bosque que había colgado una guirnalda de hiedra en la cornamenta del ciervo y le había metido en la boca una amanita muscaria. Ese bosque que había hecho correr al ciervo hacia ellos hasta que se desplomó frente a la sala del piano con sus grandes ventanales. Ese bosque que había enviado señales a su madre. Ese bosque que la había llamado. Ese bosque que se la había arrancado.
Ese bosque que se había tragado a su padre, que había matado a su madre y había vuelto loco a su hermano.
Su hermano. Un hombre en la treintena, que de niño había sido inteligente y reservado, que coleccionaba mariposas y escarabajos muertos, observaba aves y dibujaba plantas. Un niño cuya fascinación por la naturaleza había encontrado un abrupto final con la desaparición del padre. De un día para otro, la inmensidad del bosque dejó de ser una promesa de libertad y se convirtió en una amenaza siniestra. De un día para otro, sentía miedo, miedo de las sombras que las ramas proyectaban en su cuarto, de los helechos que le rozaban los tobillos, de los pájaros que lo llamaban desde las profundidades del bosque.
Una noche, cuando Imre entró en su habitación después de la cena, un hombre estaba sentado en su cama. Iba vestido de cazador y estaba inmóvil en la penumbra. Sólo los ojos verdes, felinos, se movían a un lado y a otro en su rostro sombrío. Cuando Imre, al verlo, encendió la luz, el hombre había desaparecido; en la mesilla de noche había un libro titulado Cuentos nocturnos.
3
Imre devoró los Cuentos nocturnos.
Los leyó por primera vez esa noche, la noche de aquel día que más tarde iba a adquirir en su vida el peso y la importancia de un gran bloque errático cubierto de líquenes que desvía el curso del tiempo en una nueva dirección.
Intentó desterrar la imagen del cazador, corrió las cortinas y se tumbó en la cama sin desvestirse. Estaba tan oscuro que no veía su cuerpo; por un instante no estuvo seguro de si existía siquiera. A través del techo oía a su madre, la oía hablar y hablar, sobre sí misma y la cocinera, en la que no confiaba, a la que siempre acusaba de robar comida y dársela a los niños y a las viudas pobres del pueblo; sobre él y su hermano, que era sin duda el menos agraciado de los dos, pero también el más listo y voluntarioso, el que habría sido el mejor sucesor; sobre el collar de perlas que nunca se quitaba, pero que siempre andaba buscando; sobre la yegua que iba a parir, sobre su retrato y el pintor con el que engañó a su padre, algo que ahora lamentaba más que nada en el mundo. Todas esas palabras, aquel torrente de frases estancadas, se filtraban por el techo y llegaban a él, le cubrían y le empapaban la ropa, la piel y los huesos, hasta que parecía hecho sólo de esa desesperación licuada, de esas culpas diluidas, de esa locura. Y sin embargo la madre hablaba con el padre, y todo eso, en el fondo, no tenía nada que ver con él. Pero ¿cómo separarlo? ¿Cómo ignorarlo si él estaba hecho de la misma sangre y la misma carne que ellos, el hombre desaparecido y la mujer afligida que se pasaba el día muda e inmóvil como una piedra junto a la ventana, mirando al bosque con ojos trastornados que resbalaban por la corteza de cada tronco, que no encontraban apoyo en ninguna hoja y saltaban como un animal de árbol en árbol? Era imposible.
El primer cuento nocturno era una historia titulada «El hombre de arena». Imre la leyó de un tirón a la luz de la lámpara de la mesilla que estaba junto a su cama. Al dejar el libro al lado de la lámpara, notó que le temblaba la mano, que también el brazo se le movía solo y, finalmente, que le temblaba todo el cuerpo. Con la mirada fija en la cubierta negra del libro, esperó a que se le pasara el ataque.
Después volvió a quedarse quieto. Su madre se había acostado. Él oía sus propios órganos —el corazón, el estómago, el intestino—, oía cómo trabajaban para mantenerlo con vida y se dio cuenta de que él dependía de que funcionasen. Y recordó.
Recordó los cuentos de los hermanos Grimm que Johanna, la niñera austríaca, solía contarle, y que a primera vista no eran muy distintos de la historia que acababa de leer. Por esa razón le había parecido que el relato era uno de aquellos cuentos con los que se dormía de niño y en los que no había pensado durante años.
Salvo que la historia de Hoffmann, aunque disfrazada de cuento sencillo, era en realidad profundamente psicológica y, sin saber muy bien por qué, le había proporcionado un consuelo inmenso. ¿Acaso se reconocía en Nathanael, aquel personaje sensible y de imaginación desbordante? Tal vez. Pero más bien le parecía que aquel oscuro relato se le había agarrado a la boca del estómago, sacando a la luz algo cuya existencia siempre había presentido, pero ahora veía por primera vez.
Cuando la agitada respiración se le calmó, apagó la luz e intentó dormir.
En vano.
Volvió a encender la lámpara, se incorporó, se acomodó los almohadones en la espalda, abrió el libro y leyó la siguiente historia, y después la siguiente y la siguiente. Siguió hasta terminar la colección completa y, mientras el cansancio lo vencía, los relatos iban sucediéndose hasta formar una única y oscura corriente sin nada que los separase. Los personajes salían de su hábitat, se encontraban y se saludaban, el abogado Coppelius estrechaba la mano al consejero Reutlinger e Ignaz Denner acuchillaba en el pecho a Theodor, el narrador. Cuando a Imre, por fin, se le cerraron los ojos, era a él a quien acuchillaban y, para complicar aún más las cosas, también era él quien empuñaba el cuchillo.
Aunque al principio Imre escondía el libro y sólo lo leía por las noches, poco a poco fue colándose en su vida cotidiana. Por ejemplo, algunos días después de que lo encontrara en su cuarto, ya estaba a la vista de todos en la otomana del estudio, pese a que Imre estaba seguro de que él no lo había leído allí.
Aun así, pronto él mismo sacó a la luz los relatos, leyendo uno después del desayuno, otro después del almuerzo y otro después de la cena, una y otra vez. Ahora el libro no podía pasarle desapercibido a Sándor, cuyo instinto de protección hacia su débil y soñador hermano se había transformado en desprecio desde la desaparición del padre. Porque ahora Imre era el señor de la casa, ahora él tenía que velar por el honor del apellido y ocuparse de los negocios. Pero en vez de eso se atiborraba de todos aquellos cuentos de terror y novelas baratas, de todas aquellas historias de demonios y apariciones fantasmales, y poco a poco iba perdiendo la razón.
Al principio, apenas se notaba. Imre hablaba sin cesar del libro, pero al menos ya no estaba tan ensimismado. ¿Y de verdad podía reprochársele que prefiriera leer a atender los negocios? Después de todo, era apenas un niño y, a diferencia de Sándor, nunca se había interesado por los viveros de peces, la ganadería, los trigales ni la explotación forestal de la familia. Ni siquiera el día que se presentó en el desayuno con los gemelos desparejados y el nudo de la corbata mal hecho se sorprendió nadie, pues ¿no era comprensible que le afectase la muerte de su padre, cuyo cadáver ni siquiera había aparecido aún? Hasta el día en que no se presentó a cenar, Sándor no comprendió que la cordura de su hermano se estaba desmoronando ante sus ojos.
Había empezado a tomar la sopa cuando Béla, el criado al que había enviado a buscar a Imre, se acercó a la mesa y le dijo que su hermano estaba conversando con alguien en el salón y que no había reaccionado a los golpes en la puerta. Sándor se quedó perplejo. ¿Con quién podía estar hablando? No tenían visitas, e Imre solía evitar a los criados, cuya actitud cortés, casi servil, le resultaba insoportable. Sándor dejó la cuchara junto al borde del plato, se levantó y dijo:
—Disculpe, madre, vuelvo enseguida.
Luego siguió a Béla hasta el salón.
En efecto, ya desde el pasillo pudo oír a Imre hablando con alguien. Se le oía alterado y ni siquiera se detuvo cuando Sándor golpeó la puerta con el puño. Pero ¿con quién hablaba? Sándor volvió a aporrear la puerta, después entró. Imre estaba de espaldas y al parecer no los había oído. No llevaba zapatos ni calcetines y andaba de un lado a otro, gesticulando con vehemencia, frente a las escenas de caza inglesas y los retratos de familia. No había nadie más que él en la habitación.
Poco después, Sándor se hizo cargo de los negocios. A su hermano lo mandaron a recuperarse a un sanatorio en los Alpes suizos. Estuvo allí medio año, volvió con una enfermedad venérea y los ojos amarillos, se instaló en una habitación espartana del ala oeste que habían pintado de azul para calmar sus nervios, y todos los días pasaba muchas horas mirando el bosque. Allí, entre la espesura de los árboles, veía a los personajes de Hoffmann. A veces veía también a su madre, que cada día se adentraba en el bosque en busca del pabellón de caza del padre, que no existía ni había existido nunca. Hasta que un día ya no volvió.
4
No había retratos ni fotografías de Imre. En ningún archivo, en ningún álbum de fotos, en ninguna mesilla de noche, en ninguna cómoda.
Cuando venía el fotógrafo de Pécs a retratar a los padres con los niños engalanados, a Mária en su caballo blanco, a Sándor y a sus amigos después de una cacería, con los rifles al hombro y el ciervo tendido en la hierba delante de ellos, o bien el castillo del bosque y su jardín diseñado al estilo inglés, a Imre lo encerraban en la habitación azul para que no apareciera ni siquiera por accidente en el fondo de la imagen. Y sin embargo habría sido un buen modelo, con su cara alargada, la nariz recta y los ojos ambarinos, probablemente mejor que Sándor, en quien lo aristocrático se manifestaba en el modo de hablar, de comer y de vestir, cosas que había tenido que aprender y que a veces, en momentos en que estaba distraído o en tensión, olvidaba, con lo cual todo su atractivo se venía abajo. Imre, en cambio, cuya nobleza irradiaban desde los rasgos de la cara hasta las manos, podía deambular descalzo por el jardín y aun así seguir pareciendo un aristócrata.
A veces Mária soñaba que su marido la llevaba desnuda, ensillada y a cuatro patas hasta la habitación azul de su hermano, donde ella lo ataba a uno de los postes de la cama y lo obligaba a mirar cómo hacía el amor con Imre.
En realidad, apenas había intercambiado unas pocas frases con su cuñado, pues la habitación de Mária estaba en el ala este e Imre sólo salía de su cuarto para comer. Aunque ni siquiera esto lo hacía con ellos. Por un lado, porque Sándor lo despreciaba por su enfermedad, que consideraba una debilidad y una capitulación ante el destino; por otro, porque solían tener invitados ante los que había que ocultar a toda costa el lado oscuro de la familia.
Tampoco a Lajos iban a permitirle que se sentara a la mesa larga hasta que no dominara de forma impecable el cuchillo y el tenedor, así que tenía que comer con su tío y con Ida en el salón pequeño, ya que sus padres nunca lo habrían dejado a solas con el loco.
No obstante, durante las comidas se fraguó entre los dos una especie de amistad. Lajos era un crío de manos saltarinas, siempre en movimiento y jamás quietas, que todo el rato recorrían el borde del mantel, el filo de la copa de vino y la punta de los cuchillos, como si tuviesen que palpar de forma compulsiva los límites de todas las cosas, e Imre le cayó en gracia al menos desde el día en que, con un guiño, le deslizó una patata frita dorada en el cuenco de su viscosa papilla de sémola con leche.
La sémola con leche, que según se creía entonces era lo mejor que podía comer un niño, se la servían día sí y día también y durante su primera infancia fue el peor plato que podía imaginar. Cada mañana, cada mediodía y cada noche se preguntaba qué había hecho para merecer eso, y no dejaba de inventar cosas para agradar a sus padres. ¿Lo querrían más si al entrar en el vestíbulo pisaba sólo las baldosas negras de mármol? ¿Acaso lo castigaban por aclararse la garganta sólo muy de vez en cuando? ¿O tal vez porque le daba por cantar cuando llovía? No lo entendía, el mundo de los adultos era demasiado complicado y opaco.
Sólo Imre parecía entenderlo. Además lo trataba mejor que nadie, porque cada vez que Ida miraba por la ventana le echaba en el cuenco una cucharada de su comida. Y por si fuera poco, le contaba aquellas fabulosas historias en las que aparecían todas las criaturas salvajes y los personajes que Lajos a veces se encontraba en el borde del bosque.
Ilona envidiaba a Lajos porque podía comer su sémola con leche en el salón pequeño. No era sólo porque al comer vísceras no pudiese evitar pensar todo el rato en la cocinera metiendo sus carnosas manos en el oscuro y sanguinolento vientre del animal, en la peste que salía de la cocina y en los moscones gordos y brillantes que se posaban en los pedazos de carne, sino también porque no soportaba a los adultos. No entendía cómo podían encarar la vida con esa apatía, cómo podían dejarse atropellar sin más por los años, hasta que una de las ruedas pesaba tanto que los aplastaba. Además, los encontraba ridículos. El peor era su padre, con su extrema seriedad, sus movimientos medidos y su escrupulosa pulcritud, más importante para él que cualquier cosa.
Por supuesto, también le parecían ridículos los demás adultos, el doctor Török, por ejemplo, probablemente el ser más absurdo del mundo. Pero, a diferencia de su padre, el doctor le caía bien, porque parecía ser consciente de su propia singularidad y porque, sabedor del efecto curativo de la comedia, movía sus grandes orejas de soplillo cada vez que lo llamaban al lecho de un niño enfermo.
Incluso la cocinera, que con su enorme trasero no cabía por la puerta de la cámara frigorífica, o el criado, que cada vez que se cruzaba con ella se inclinaba profunda y teatralmente y le decía: «Le deseo un día excelente, señorita baronesa», le resultaban ridículos pero en cierto modo simpáticos. A su padre, en cambio, no podía soportarlo.
Cuando llegó el momento en que Lajos pudo sentarse por fin a la larga mesa de veinticuatro sillas con el respaldo decorado con el escudo familiar, comprendió de pronto por qué Ilona siempre lo había envidiado: las comidas eran un suplicio. Todo el tiempo temía que se le cayera el pesado cubierto de plata, ante lo cual —de eso no le cabía duda— su padre se levantaría de un salto, lo arrastraría por la muñeca hasta la habitación de al lado y le daría una paliza, mientras los invitados, conmocionados, seguían comiendo en silencio.
5
El zumbido de una abeja atrapada entre la persiana y la ventana. Delgadas franjas de luz que entraban en la habitación y se posaban sobre la colcha de flores, la alfombra persa, los muebles oscuros de madera torneada y el papel amarillo de la pared. Así empezaba el día.
Ilona abrió los ojos, vio la luz amarilla, que se co
