Flores oscuras

Sergio Ramírez

Fragmento

Índice
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Portadilla

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Dedicatoria

Adán y Eva

La puerta falsa

La cueva del trono de la calavera

Ya no estás más a mi lado corazón

Las alas de la gloria

La colina 155

No me vayan a haber dejado solo

Ángela, el petimetre y el diablo

El mudo de Truro, Iowa

El autobús amarillo

Abbott y Costello

Flores oscuras

Gratitud

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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A la memoria de Elisa Benítez de Barcárcel

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Adán y Eva

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A Napoleón López Villalta

 

Esa tarde de febrero salió de su casa decidido a tener una conversación con su Conciencia, y por eso mismo la invitó a tomar una cerveza. Ella, que leía echada en el sofá, dejó el número de Vanidades que tenía entre sus manos, y lo siguió tal como estaba, limpia de maquillaje, vestida con una blusa de algodón sin mangas, un bluyín de perneras cortas que dejaba libres las pantorrillas, y sandalias plateadas.

Era uno de esos viejos barrios residenciales del sur de Managua, invadido con lentitud pero con eficacia por pequeños centros comerciales construidos de manera improvisada en los baldíos, sus cubículos rentados a tiendas de cosméticos y lavanderías, farmacias y boutiques de ropa, mientras las casas de los años sesenta y setenta del siglo anterior iban siendo abandonadas para convertirse en farmacias, pizzerías, restaurantes y bares, sin que faltaran las funerarias.

De modo que sólo tenían que caminar unas pocas cuadras para llegar al bar preferido suyo, surgido en las entrañas de una de aquellas residencias abandonadas por sus dueños, que se habían ido a vivir más arriba, siempre hacia el sur, en lo que eran las primeras estribaciones de la sierra, donde los tractores seguían derribando los plantíos de café para dar paso a las nuevas urbanizaciones amuralladas.

Ya nadie hubiera podido reconocer el local como un hogar de clase media, abatidas las paredes y todo puesto a media luz, la acera tomada para asentar en ella parte de las mesas bajo un toldo a rayas desflecado por el viento y agobiado de polvo. El rótulo mostraba el nombre del bar, Adán y Eva, y su emblema era una manzana que, al iluminarse de noche con luces de neón, saltaba por todo el tablero.

Frank, el propietario, que llevaba el pelo entrecano recogido en una cola de caballo, y que por las noches era también el guitarrista, se hallaba de guardia detrás del mostrador y lo saludó de lejos mientras pasaban a sentarse en un rincón del fondo. Era temprano aún, y las mesas se encontraban vacías. La clientela solía aglomerarse sólo después de las cinco de la tarde, una vez salido todo el mundo de las oficinas cercanas, públicas y comerciales, y de los bancos, que es cuando empezaba la happy hour decretada por Frank, dos tragos al precio de uno, siempre que se tratara de licores nacionales.

Se sentó frente a su Conciencia, grácil y esbelta gracias a la calistenia aeróbica de cada mañana en el gimnasio Ilusiones, lo que le permitía vestirse como una muchacha. Acababa de cumplir los cincuenta, igual que acababa de cumplirlos él, y más que quitarse la edad se sentía orgullosa de sus años bien llevados.

Nuestro amigo pidió una cerveza. De su mismo vaso le daría de beber a ella algunos sorbos. No iba a incitarla a ningún exceso, porque debía tenerla sobria frente a él, desde luego que necesitaba de sus consejos. Vos y yo tenemos que hablar muy en serio, le dijo, apenas se habían sentado. Ella sólo se arregló un poco el pelo cortado a la garzón, y lo miró a los ojos sin decir palabra.

Trajeron la cerveza, sal y limón. Frank había vivido en México, donde regentaba también un bar en la colonia Condesa del Distrito Federal, y conservaba aquella costumbre de servir la cerveza con sal y limón.

Pasaron un rato en silencio. Ella hacía dibujos con la uña sobre el tablero de la mesa de pino barnizada de verde. Te traje aquí para hacerte una consulta, dijo él.

Pero no me vas a

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