Fin

Fernanda Torres

Fragmento

libro-4

Muerte lenta al luso infame que inventó la acera portuguesa. Maldito don Manuel y su hatajo de tenientes Eusébios. Cuadrados de pedruscos irregulares encajados a mano. ¡A mano! ¿Cómo no iban a soltarse? ¿Nadie se dio cuenta de que iban a soltarse? Blanco, negro, blanco, negro, las olas del mar de Copacabana. ¿Para qué quiero las olas del mar de Copacabana? Lo que yo quiero es un suelo liso, sin protuberancias calcáreas. Mosaico estúpido. La obsesión por el mosaico. Que le echen cemento encima y lo aplanen. Agujeros, cráteres, piedras sueltas, bocas de alcantarilla… A partir de los setenta la vida se convierte en una interminable carrera de obstáculos.

Una caída es la peor amenaza para un anciano. «Anciano», palabra odiosa. Aunque es peor «tercera edad». Una caída separa la vejez de la senilidad severa. Un tropiezo rompe la cadena que une la cabeza a los pies. Adiós al cuerpo. En casa me desplazo de un pasamanos a otro, palpando muebles y paredes, y me ducho sentado. Del sillón a la ventana, de la ventana a la cama, de la cama al sillón, del sillón a la ventana.

Mira, otro pedrusco traicionero que me persigue. Un día me caeré. Pero hoy no.

Un día. Un día puede ser mucho tiempo… Me crucé con Ribeiro en la calle Francisco Sá. Hacía tiempo que no nos veíamos, me dijo que quedáramos «un día de estos». Se murió al día siguiente. En el cementerio del Cajú, ese horno de Auschwitz, hacía un calor de muerte. Las tumbas parecían derretirse. Lo pasé mal en el crematorio. Pensaron que era de la emoción. Y en parte sí. Porque Ribeiro se encontraba perfectamente. Jugó al voleibol hasta el último atardecer. Volvió de la playa y la espichó en el baño. Tuvo un infarto fulminante. No me quedan amigos vivos, Ribeiro era el último. Estaba convencido de que él iba a enterrarme, porque corría, nadaba, dejó de fumar a los cuarenta y se negó a perder el buen ánimo. Su hermana cree que fue por la Viagra. Ribeiro se trajinó a muchas. Él le daba mucha importancia a eso.

Sílvio se murió justo antes que él. ¿O fue Ciro? Sí, Ciro fue el primero, de cáncer, antes que Neto y la mujer de Neto. Neto no aguantaba a Célia, pero falleció al año de morir ella. Es comprensible. Célia era insoportable y, cuando se hizo vieja, se volvió una mujer amarga, malhumorada y fea. Neto no soportó la paz.

Y pensar que cuando eran novios Célia estaba como un tren. Tendría que haberse muerto entonces, en pleno auge. Si Neto lo hubiera sabido, no habría llorado lo que lloró en el altar. El hombre es un animal muy tonto.

Sílvio nos dejó un febrero de Carnaval. Empezó la fiesta un viernes y empalmó diez días seguidos. El domingo de la semana siguiente, se dejó en el apartamento a tres fulanas dispuestas a todo y salió a comprar cocaína, lo mezcló todo y su corazón no lo resistió. Encontraron a Sílvio tumbado en el suelo, boca abajo, en el barrio de Lapa, cerca de la calle Mem de Sá, con un lanzaperfume[1] en la mano y cinco gramos de coca en el bolsillo. Sílvio bebía, normal, pero cuando le llegó la menopausia…, ya sé que es andropausia, pero no me gusta el término, como tampoco me gusta decir «pajearse», porque me parece repugnante, prefiero decir «hacerse una paja», independientemente del género… En fin, que a Sílvio le vino la menopausia y se desmadró. Conoció a unas chicas de Rio Grande do Sul, dos pendones que llevaban muy mala vida y lo esclavizaron. Dejamos de vernos por culpa de esas tías; lo acabaron sacando del círculo de amigos. Dios le mandó a dos víboras frígidas para acabar con su estirpe. Fue un castigo. ¿Qué año pasó esto? No sé…, ya han sido tantos años y amigos.

No hace mucho, tardaba diez minutos a pie de mi casa a la consulta de Mattos (Mattos es mi médico de cabecera). Hoy me cuesta cuarenta. Andar ha dejado de ser un acto inconsciente. Estoy atento a cada paso que doy, a las rodillas, miro dónde piso. Todo me duele, y por motivos muy diversos, todos relacionados con la vejez. Mattos me ha enviado a más de diez especialistas. Uno me quiere operar de cataratas, otro de la vesícula, todos me atiborran a pastillas. El doctor Rudolf cree que mis venas ya no soportan la presión de la sangre, tiene la idea de meterme tubitos por la femoral y la aorta. Yo no me inmuto, finjo que no habla conmigo. Todos estos médicos son unos neuróticos vanidosos y desconsiderados. Ya me gustaría verlos delante de un bisturí.

¡Qué asco! Heces caninas. Por si fuera poco. En mi edificio hay una señora que cría unos miniperros histéricos y de ladrido agudo. Todos los fines de semana se va de viaje y deja a esos animales encerrados en el lavadero. Gañen porque están solos. Un día de estos denunciaré a esa bruja del 704 por malos tratos. Considero humillante recoger las cacas con una bolsita. Entiendo a la gente que no las recoge, pero no acepto que un tipo se pudra en su piso con el perro dentro.

Me arrepiento de todos los animales de compañía que he tenido. Seres infelices, necesitados, sucios. Cuatro perros y un gato. El primero murió de viejo, ciego, cojo y apestoso. Al gato, el padre lo despedazó: tenía un evidente complejo de Edipo, una fijación por la madre. Los demás perros la diñaron por motivos diversos, todos espantosos: de moquillo, de un tumor, y el otro, envenenado. Mi madre esparció matarratas por el jardín y se olvidó de atar a Boris. Jamás volví a confiar en ella. La pobre limpiaba el periódico donde hacía sus necesidades, le cambiaba el agua, lo llevaba al veterinario; lloró como si hubiera perdido a un hijo, y aun así no se lo perdoné.

No hay nada más egoísta que los niños. No soporto a mis nietos. Viven lejos, mejor para ellos. Son escandalosos e interesados. Quise a mi hija hasta que cumplió los cinco años, después ya no soporté más su histeria, la histeria de mi mujer con ella y su histeria con las asistentas. Hacía lo que fuera para no tener que volver a casa. Creo que me lie con Marília para tener un lugar al que ir después del trabajo. Me encantaba el apartamento de Marília, me quedaba allí matando el tiempo hasta las diez, bebiendo, mientras hacía como que escuchaba su cháchara indolente.

El sexo no me interesaba tanto, me obligaba más por ella. Me gustaba su casa, pequeña pero muy acogedora, en el Jardim Botânico, con un patio interior en la planta baja donde criaba tortugas.

Nunca he sido dado a las perversiones. En el momento, me gustaba, pero me daba pereza ponerme a ello. Además, las mujeres trasladan al hombre la obligación de estar dispuestos siempre. Como yo nunca lo estaba, mis romances duraban lo que dura la seducción.

El matrimonio es el estado civil más indicado para hombres a los que, como yo, no les gusta convivir con los demás. No hay nada más agotador que gestionar encuentros y expectativas. Un mal matrimonio puede ser óptimo para ambas partes, y el mío fue así. Irene se apartó de las tentaciones, y yo también; vivíamos cómodamente en habitaciones separadas, todo muy triste y civilizado. Un día se dio cuenta de que envejecía, de que aquella era su última oportunidad para follar y disfrutar y amar locamente, esas cosas que las mujeres creen que existen. Yo diría que la adolescencia de Rita descentró a Irene. Entró en una terapia de grupo y se tiró a Jairo, el gerente del club. Fue algo vulgar. Ningún ho

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