Cuentos reunidos

William Faulkner

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Introducción

I. El campo

Incendiar establos

Un tejado para la casa del Señor

Los altos

La cacería del oso

Dos soldados

No ha de perecer

II. El pueblo

Una rosa para Emily

La melena

Centauro de latón

Sequía en septiembre

El tirón de la muerte

Elly

El tío Willy

Un mulo en la parcela

Y eso bien ha de estar

Ese sol del atardecer

III. La tierra inexplorada

Hojas rojas

Justicia

Un noviazgo

¡He ahí...!

IV. La tierra baldía

Ad Astra

Victoria

Falla

Viraje

Todos los pilotos muertos

V. La tierra intermedia

Wash

Honor

Dr. Martino

La caza del zorro

Estación de Pensilvania

Artista en casa

El broche

Mi abuela Millard, el general Bedford Forrest y la batalla del arroyo del Curricán

Tierra del oro

Hubo una reina

Victoria en el monte

VI. Allén

Allén

Música negra

La pierna

Mistral

Divorcio en Nápoles

Carcasona

Notas

Sobre el autor

Créditos

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Introducción

 

 

 

 

En agosto de 1950, dos meses antes de recibir la buena nueva de Estocolmo, William Faulkner publicó esta colección de relatos, sus Cuentos reunidos, tal y como él quiso disponerlos de acuerdo con una división concienzuda de toda su producción cuentística, que no recogió íntegramente. Con anterioridad había publicado tres volúmenes de cuentos: These 13 y Doctor Martino, que forman parte de éste en su totalidad, aunque en un orden muy distinto, y Gambito de caballo, que quedó expresamente fuera de esta selección personal por ser más bien producto de una serie de descartes en la configuración de este volumen, pues contiene los cuentos más detectivescos. En esta minuciosa y armónica selección tampoco reunió por cierto aquellos cuentos recogidos en un volumen que el lector hispanohablante acaso conozca, y que lleva un título un tanto engañoso, Relatos, pues son en verdad los Uncollected Stories, no reunidos hasta mucho después de su muerte, hasta 1979, por mediación de su biógrafo, Joseph Blottner, y de acuerdo con su hija y heredera, Jill Faulkner. Además de los no recogidos en volumen y algunos inéditos, esa recopilación póstuma contiene los cuentos que pasaron a formar parte (o están tomados) de novelas como Desciende, Moisés y Los invictos entre otras. Fuera de todo ello aún queda una gavilla de inéditos y raros, además de los inacabados, que se han ido publicando de forma aislada.

Así se explica que este volumen no contenga los cuentos «completos» del prodigioso William Faulkner, titánico en su producción, revolucionario en las cotas alcanzadas en tantas ocasiones. Sus cuentos completos precisarían tal vez de tres volúmenes como éste.

Pero es que nunca fue ésa la intención que animó a su editor, Robert Haas, que es quien propuso al autor un primer índice puramente provisional en marzo de 1948, que Faulkner fue completando con infinito esmero a lo largo de un par de años, con la asesoría de un crítico de la talla de Malcolm Cowley —que en 1946 ya diera a luz, de común acuerdo con el autor, una antología proverbial, titulada The Portable Faulkner— y con el concurso de otro editor y buen amigo de Faulkner, Saxe Commins. De todo ello hallará cumplida cuenta el lector en las presentaciones que dan noticia de cada uno de los relatos aquí reunidos, al final de este volumen, y que anteceden a las notas propiamente aclaratorias. Se ha querido reducir al mínimo indispensable este elemental aparato crítico, además de presentarlo de la forma más discreta, con el menor grado de injerencia en el disfrute del lector.

El volumen resultante de la iniciativa editorial de Robert Haas, que tiene el lector en las manos, fue galardonado en 1951, cuando Faulkner ya trabajaba sin descanso en Réquiem por una monja, con el National Book Award. Pero este reconocimiento le llegó, en efecto, después del Nobel, distinción que guarda un curioso parentesco con esta colección de relatos, como se expone más abajo al amparo de una hermosa conjetura de Malcolm Cowley, que es desde el punto de vista crítico la persona que más conoció y mejor entendió el funcionamiento de la máquina Faulkner.

A la propuesta inicial de Robert Haas respondió Faulkner con una carta ya en septiembre de 1948 —al parecer, extravió la carta primera de Haas—, diciendo que deseaba «meditar la idea y tratar de dar a este volumen una forma integrada que le sea prop

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