Los amores de Nishino

Hiromi Kawakami

Fragmento

libro-2

Parfait

Minami tenía siete años en aquella época.

Era una niña introvertida. Siempre estaba haciendo piezas de origami con sus finos dedos. Un piano. Una flor de campanilla. Un periquito. Una caja con pies. No se cansaba de hacer figuras, que guardaba delicadamente en una caja forrada con papeles de colores. Minami es la niña que di a luz siendo muy joven.

Cuando ella tenía siete años, yo aún no había llegado a la treintena y, a veces, me resultaba un incordio. Acto seguido, sentía una punzada en el corazón y la abrazaba con fuerza. Quizá fuese porque la conjugación de mi juventud y de aquella blandura indefensa de Minami, semejante a la de un bebé, conseguía espantar la sensación de fastidio. Cuando la abrazaba con fuerza, Minami siempre se quedaba quieta y callada. De pequeña, Minami era muy callada.

En aquella época, me había enamorado.

¿Qué demonios será el amor? Estaba enamorada de Nishino, un hombre que me sacaba doce años. Se había acostado conmigo en múltiples ocasiones.

La primera vez que me rodeó el hombro, guardé silencio igual que Minami y dejé que lo hiciera. Simplemente me callé y dejé que me abrazara, sin pensar si aquello era cariño o amor. Cada vez que nos veíamos, me sentía más dispuesta a estar junto a él, pero los sentimientos iniciales de Nishino nunca cambiaron.

¿Qué será el amor? Las personas tienen derecho a enamorarse de otros, no a que los demás las amen. Que yo estuviese enamorada de Nishino no significaba que Nishino tuviese que estar enamorado de mí. Aun sabiéndolo, me disgustaba que no me quisiera tanto como yo lo quería a él. Y como me disgustaba, cada vez lo necesitaba más y más.

Un día, Nishino me llamó cuando mi marido estaba en casa. Mi marido me pasó el teléfono en silencio. Lo hizo tan tranquilo, limitándose a decir: «Es de la aseguradora».

Yo cogí el aparato y, en voz baja, respondí escuetamente: «sí», «vale», «no», «de acuerdo». Al otro lado de la línea se oía la voz de Nishino que, imitando el tono de un empleado de una compañía de seguros, intercalaba a propósito frases como «quiero hacerte el amor ahora mismo», y yo me dije que a lo mejor aquel hombre en realidad no me gustaba.

Mientras atendía la llamada, mi marido permaneció a mi lado en silencio, echando un vistazo a unos papeles. Quizá lo supiera todo o quizá no. Durante los casi tres años que pasaron desde que conocí a Nishino, me enamoré de él y, poco a poco, fue poniendo distancia de por medio hasta que dejamos de llamarnos, mi marido jamás me hizo pregunta alguna.

Yo no dejaba de repetir «sí», «vale», «tiene razón», mientras observaba su pulcra nuca. Tras hablar durante unos minutos, Nishino colgó de repente. Porque siempre era Nishino quien colgaba. Quizá no me gustase, pero estaba enamorada de él.

De vez en cuando iba a verlo con Minami. Él mismo me pedía que la llevase.

«Si tuviera un hijo, querría que fuera niña», solía decir. Nishino nunca se había casado. En aquella época ya debía de pasar de los cuarenta. Si bien era siete años mayor que mi esposo, no tenía ni una sola pizca de ese aire frío y sereno que poseía mi marido. Daba la impresión de que jamás encajaría en la sociedad, pero debía de ser un profesional muy competente; recuerdo haberme sorprendido cuando lo conocí y me entregó una tarjeta de presentación en la que figuraba un cargo importante.

Nishino siempre le traía regalitos a Minami. «Ábrelo», le decía, y Minami abría el envoltorio en silencio. Al desanudar el lazo rojo, se oía el roce de sus finos dedos sobre la tela.

Un elegante lapicero adornado con conchas rosadas. Un pisapapeles con forma de perro. Un bollo relleno de anko espolvoreado con semillas de amapola. Una cajita de música que cabía en la palma de la mano. Minami miraba los regalos sin cambiar apenas de gesto y siempre inclinaba un poco la cabeza en señal de agradecimiento. «Muchas gracias», decía en voz baja.

Nunca me preguntó quién era Nishino. Simplemente, me agarraba de la mano y me acompañaba en silencio, como una sombra. ¿Me asustaba que pudiera hablarle de Nishino a mi marido? ¿No estaría deseando, en el fondo, que, como por casualidad, Minami dejase caer el tema en casa?

Nishino nunca me abrazaba cuando la niña estaba conmigo. Siempre nos llevaba, eso sí, a un restaurante con terraza y, antes de que Minami abriera la boca, pedía un parfait de fresa para ella y, para nosotros, dos cafés calientes. Cuando no era temporada de fresas, lo pedía de plátano.

—Cualquier cosa menos un parfait de chocolate —sentenciaba Nishino, estirando la sílaba final de parfait, a lo cual Minami asentía extrañada con la cabeza. Igual que yo.

Mientras asentíamos con la cabeza, yo miraba a Minami y ella me miraba a mí. Lo hacía con aquellos ojos redondos de un blanco apagado y pupilas negras como el azabache. Yo arqueaba un poco las cejas y ella, con una tenue sonrisa, hacía lo propio.

Minami nunca se terminaba el postre. Aun así, Nishino siempre pedía parfait de fresa o plátano.

—Un parfait para la pequeña Minami, ¿vale? —decía en un tono algo más agudo que el de costumbre, y se quedaba con la mirada fija en el rostro cabizbajo de la niña.

Al salir del restaurante, siempre dábamos dos vueltas por el parque. Luego íbamos directos a la estación y nos despedíamos frente a los torniquetes. Los billetes nos los compraba Nishino. Uno de adulto y otro infantil. Siempre nos ponía a cada una su billete en la palma de la mano.

Después de pasar la barrera, me daba la vuelta y Nishino, sonriente, agitaba la mano desde el otro lado. Minami se dirigía recta hacia las escaleras sin volverse. Era también de ella de quien se estaba despidiendo, aunque Minami jamás hiciera ademán de girarse. Sacudía la mano hacia mí, hacia Minami y hacia el espacio que había entre ambas.

—Mamá, ¿no crees que Nishino era una persona un poco enigmática? —me dijo Minami en la primavera de sus quince años.

Nishino y yo nos vimos por última vez en invierno. Rompimos cuando Minami tenía diez años. Pese a no haberle explicado a mi hija que él y yo ya no volveríamos a vernos, jamás me había hecho ningún comentario.

Ahora que lo recuerdo, tras varios encuentros con Nishino, de pronto Minami empezó a hablar y a reírse en su presencia. Cuando se reía y se daba cuenta de que yo la estaba mirando, dejaba de hacerlo, como si le diera vergüenza. A continuación, siempre soltaba unos cuantos estornudos pequeños.

Esa primavera en la que Minami cumplió quince años, yo ya apenas pensaba en él. El eco de la palabra Nishino, que salió repentinamente de su boca, atrajo hacia mi corazón un montón de algo que no sé cómo explicar. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que un agujero se abría en mi vientre y se me escapaba el aire.

—Porque Nishino y tú erais amantes, ¿verdad? —me preguntó mirándome a los ojos.

Me pongo a pensarlo y no sé qué decir. De hecho, tampoco lo sabía cuando solía quedar con él. Dudaba ya de si habíamos estado enamorados, de si de verdad me gustaba o incluso de si realmente Nishino había existido.

—Siempre que me llamaba «la pequeña Minami», me sentía como cuando te manchas la palma de la mano con pintura oscura y, por mucho que la laves, no se quita —murmuró suavemente Minami, casi como

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