Mi nombre era Eileen

Ottessa Moshfegh

Fragmento

libro-3

1964

De haberme visto entonces, probablemente me habríais tomado por una de esas chicas que se ven en un autobús cualquiera de una ciudad cualquiera, una de esas chicas que leen un libro de la biblioteca encuadernado en tela sobre plantas o geografía, que quizá se cubren el pelo castaño claro con una redecilla. Podríais haberme tomado por una estudiante de enfermería o una mecanógrafa, quizá os habríais fijado en mis manos nerviosas, en mi pie que no deja de golpear el suelo, en que me muerdo el labio. No parecía nada especial. A mí me resulta fácil imaginarme a esa chica, una versión extraña, joven e insignificante de mí misma, con un bolso de cuero anónimo, que come una bolsita de cacahuetes y hace girar cada uno entre sus dedos enguantados, hunde las mejillas y mira ansiosa por la ventanilla. El sol matinal iluminaba la fina pelusa de mi cara, que intentaba cubrir con maquillaje, un tono demasiado rosa para mi tez pálida. Yo era delgada, tenía una figura irregular, todo eran huesos, me movía insegura, mi postura era rígida. Cicatrices de acné blandas como baches recorrían la geografía de mi cara y desdibujaban cualquier dicha o locura que pudiera encontrarse bajo ese frío y cadavérico exterior de Nueva Inglaterra. De haber llevado gafas, podría haber pasado por inteligente, pero me faltaba paciencia para ser inteligente de verdad. Quizá habríais imaginado que era de las que disfrutan de la calma de las habitaciones cerradas, que ese silencio apagado me consolaba, que mi mirada recorría lentamente el papel, las paredes, las gruesas cortinas, que mis pensamientos no se apartaban de cuanto identificaban mis ojos: libro, escritorio, árbol, persona. Pero yo deploraba el silencio. Deploraba la calma. Detestaba casi todo. Constantemente me sentía infeliz y furiosa. Intentaba controlarme, pero eso solo me hacía sentir más incómoda, más infeliz, más furiosa. Yo era como Juana de Arco, o Hamlet, pero nacida en una vida equivocada: la vida de una don nadie, una marginada, alguien invisible. No hay mejor manera de decirlo: en aquella época no era yo misma. Era otra persona. Era Eileen.

Y en esa época —eso fue hace cincuenta años— era una mojigata. Eso saltaba a la vista. Llevaba faldas de algodón basto por debajo de la rodilla, medias gruesas. Siempre me abrochaba las chaquetas y las blusas hasta el último botón. No era de esas chicas que te hacen volver la cabeza. Pero tampoco había nada malo ni terrible en mi aspecto. Yo era joven y no estaba mal, del montón, supongo. Aunque por entonces yo me consideraba de lo peor: fea, desagradable, incapaz de enfrentarme al mundo. En esa tesitura, parecía ridículo querer llamar la atención. Casi nunca llevaba joyas, jamás perfume, y no me pintaba las uñas. Durante una temporada lucí un anillo con un pequeño rubí que había pertenecido a mi madre.

Mis últimos días en el papel de esa furiosa e insignificante Eileen tuvieron lugar a finales de diciembre, en esa población fría y brutal donde nací y me crie. La nieve formaba una capa de casi un metro, ocupaba inexorable todos los jardines y se derramaba del borde de los alféizares del primer piso como una avalancha. Durante el día, la capa superior de la nieve se derretía, y la medio fangosa de las alcantarillas se diluía un poco, y recordabas que la vida era alegre de vez en cuando, que el sol brillaba. Pero por la tarde el sol había desaparecido y todo volvía a helarse, y por la noche se formaba una capa de hielo tan espesa sobre la nieve que podía sustentar el peso de un hombre adulto. Cada mañana cogía sal del cubo que teníamos junto a la puerta y la arrojaba al sendero que iba del porche a la calle. De la viga que remataba la puerta colgaban carámbanos, y yo me quedaba allí mientras imaginaba que se partían y me atravesaban los pechos, se me clavaban en el grueso cartílago del hombro como balas o se me hundían en el cerebro. Los vecinos de al lado habían apartado con la pala la nieve de la acera. Mi padre no confiaba en esa familia, porque eran luteranos y él católico. Pero es que mi padre desconfiaba de todo el mundo. Era miedoso y un tanto chalado, tal como suele ocurrir con los viejos borrachos. En Navidad, aquellos vecinos luteranos habían dejado junto a nuestra puerta una cesta de mimbre blanca con manzanas enceradas envueltas en celofán, una caja de bombones y una botella de jerez. Recuerdo que la tarjeta decía: «Dios os bendiga a los dos».

¿Quién sabía lo que ocurría realmente dentro de casa mientras yo estaba trabajando? Era un edificio colonial de tres plantas de madera marrón y con unas molduras rojas descascaradas. Me imagino a mi padre tragándose ese jerez con espíritu navideño y encendiendo un viejo puro en los fogones. Una imagen curiosa. Generalmente bebía ginebra. A veces cerveza. Como ya he dicho, era un borracho. A ese respecto, era una persona sencilla. Cuando tenía algún problema, resultaba fácil distraerlo y consolarlo: solo tenías que darle una botella y dejarlo solo. Por supuesto, el hecho de que bebiera tanto me incomodaba cuando era joven. Me ponía muy tensa, de los nervios. Es lo que ocurre cuando vives con un alcohólico. En este sentido, mi historia no tiene nada de particular. He vivido con muchos alcohólicos a lo largo de los años, y cada uno me ha enseñado que no sirve de nada preocuparse, que no lleva a nada preguntar por qué, que es suicida intentar ayudarlos. Ellos son así, para bien o para mal. Ahora vivo sola. Felizmente. Alegremente, incluso. Soy demasiado mayor para preocuparme por los asuntos de los demás. Y ya no pierdo el tiempo pensando en el futuro, inquietándome por cosas que todavía no han ocurrido. Pero cuando era joven siempre estaba preocupada. Uno de los principales motivos era mi futuro, y luego, sobre todo, estaba mi padre: cuánto le quedaba de vida, si habría desencadenado algún desastre, qué panorama me encontraría cuando, por la tarde, regresara a casa del trabajo.

Por dentro, la casa no era muy agradable. Tras la muerte de mi madre, no ordenamos ni tiramos sus cosas, no tocamos nada, y sin ella allí para limpiar, la casa estaba sucia y polvorienta, llena de adornos inútiles y abarrotada de cosas, cosas, cosas por todas partes. Y sin embargo, parecía completamente vacía. Era como un hogar abandonado cuyos propietarios hubieran huido de la noche a la mañana como judíos o gitanos. Casi nunca utilizábamos ya el cuarto de estar, el comedor o los dormitorios de arriba. Todo lo que contenían se limitaba a acumular polvo, una revista abierta en el brazo de un sofá durante años, un plato de caramelos repleto de hormigas muertas. Lo recuerdo como esas fotos de casas en el desierto, devastadas por una prueba nuclear. Creo que vosotros mismos os podéis imaginar los detalles.

Yo dormía en el desván, en un catre que mi padre había comprado para ir a un campamento de verano una década antes, aunque nunca fue. El desván estaba sin acabar, era un lugar frío y polvoriento al que me retiré cuando mi madre se puso enferma. Dormir en el cuarto de mi infancia, que estaba junto al suyo, se hacía imposible. Mi madre gemía y chillaba y se pasaba la noche llamándome. El desván era silencioso. Casi no se oía el ruido de los pisos inferiores. Mi padre tenía una butaca que había arrastrado de la salita a la cocina. Dormía allí. Era una de esas butacas que se reclinaban tirando de una palanca, una novedad fantástica cuando la compró. Pero ya no funcionaba. La palanca se había oxidado en un reposo permanente. En la casa todo era como

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