Asimetría

Lisa Halliday

Fragmento

libro-5

Todos vivimos unas vidas bufonescas bajo una inexplicable condena a muerte…

MARTIN GARDNER, Alicia anotada

Alice empezaba a hartarse de estar sentada sola sin nada que hacer. De vez en cuando intentaba volver a leer el libro que tenía sobre el regazo, pero casi todos los párrafos eran largos, no había comillas ni guiones de diálogo y ella se preguntaba qué sentido tenía un libro sin comillas ni guiones de diálogo. Se estaba planteando (un tanto en vano, porque no se le daba bien terminar las cosas) si podría llegar a escribir un libro, cuando un hombre con rizos del color de la ceniza y un helado de cucurucho del Mister Softee de la esquina se sentó a su lado.

—¿Qué estás leyendo?

Alice se lo enseñó.

—¿Es el de las sandías?

Alice aún no había leído nada sobre sandías, pero de todos modos asintió.

—¿Qué más lees?

—Cosas viejas.

Se quedaron sentados en silencio, el hombre comiéndose su helado y Alice fingiendo que leía. Dos corredores, uno detrás del otro, se les quedaron mirando al pasar. Alice sabía quién era aquel hombre, lo supo en cuanto se sentó, por eso se le pusieron las mejillas del color de la sandía, pero estaba tan asombrada que solo podía seguir mirando fijamente, como si fuera un aplicado enanito de jardín, las infranqueables páginas del libro abierto sobre su regazo. Era como si estuvieran hechas de hormigón.

—Dime, ¿cómo te llamas? —dijo el hombre, levantándose.

—Alice.

—Alice, a la que le gustan las cosas viejas. Nos vemos.

El domingo siguiente estaba sentada en el mismo lugar, intentando leer otro libro, esta vez acerca de un volcán colérico y un rey flatulento.

—Tú —dijo él.

—Alice.

—Alice. ¿Por qué estás leyendo eso? Pensé que querías ser escritora.

—¿Quién ha dicho eso?

—¿No fuiste tú?

Le tembló un poco la mano al partir una onza de chocolate y ofrecérsela.

—Gracias —dijo Alice.

—No se meguecen—contestó él.

Alice mordió el chocolate y lo miró perpleja.

—¿No conoces el chiste? Dos hombres van en avión por primera vez a Francia y uno le dice al otro: «Perdone, ¿cómo lo pronunciaría usted? ¿París o Paguís?». «Paguís», responde el otro pasajero. «Gracias», dice el primero, y el otro le contesta: «No se meguecen».

Alice, que seguía masticando, se rio.

—¿Es un chiste judío?

El escritor cruzó las piernas y juntó las manos sobre el regazo.

—¿Tú qué crees?

El tercer domingo, el hombre compró dos cucuruchos en Mister Softee y le ofreció uno. Alice lo aceptó, como había hecho con el chocolate, porque estaba empezando a gotear y porque, de todos modos, no es que los ganadores de varios premios Pulitzer vayan por ahí envenenando a la gente.

Se tomaron los helados y observaron a un par de palomas que picoteaban una pajita. Alice, cuyas sandalias azules hacían juego con los zigzags de su vestido, flexionó distraídamente un pie bajo el sol.

—¿Y bien, señorita Alice? ¿Te atreves?

Ella lo miró.

Él la miró.

Alice se rio.

—¿Te atreves? —repitió.

Alice le dio otro lametón al helado.

—Bueno, supongo que no hay ninguna razón para no hacerlo.

El escritor se levantó a tirar la servilleta y volvió a su lado.

—Hay un montón de razones para no hacerlo.

Alice lo miró con los ojos entornados y sonrió.

—¿Qué edad tienes?

—Veinticinco.

—¿Novio?

Ella negó con la cabeza.

—¿Trabajo?

—Asistente editorial. En Gryphon.

Él, con las manos metidas en los bolsillos, levantó un poco la barbilla y llegó a la conclusión de que aquello tenía sentido.

—Muy bien. ¿Damos un paseo el sábado que viene?

Alice asintió.

—¿Aquí a las cuatro?

Ella asintió de nuevo.

—Deberías darme tu número, por si surgiera algo.

Alice anotó su número de teléfono en el marcapáginas, mientras otro corredor reducía la velocidad para mirarlo a él.

—Has perdido la página —dijo el escritor.

—No importa —dijo Alice.

El sábado llovía. Alice estaba sentada en el suelo a cuadros del baño, tratando de atornillar bien el asiento del inodoro con un cuchillo de untar, cuando sonó el móvil: número oculto.

—¿Hola, Alice? Soy Mister Softee. ¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Dónde vives?

—En la Ochenta y cinco con Broadway.

—Anda, a la vuelta de la esquina. Podríamos comunicarnos con un par de latas unidas por un cordel.

Alice se imaginó que entre ellos había un cordel, arqueado como una comba gigante por encima de la avenida de Amsterdam, que temblaba cada vez que hablaban.

—Entonces, señorita Alice, ¿qué vamos a hacer? ¿Te gustaría venir y charlar un rato? ¿O prefieres que demos un paseo otro día?

—Voy.

—Vienes. Muy bien. ¿A las cuatro y media?

Alice anotó la dirección en un trozo de papel de propaganda. Se tapó la boca con la mano y esperó.

—La verdad, mejor a las cinco. ¿Nos vemos a las cinco?

La lluvia inundaba los pasos de peatones y le empapaba los pies. Los taxis, que salpicaban agua al subir por la avenida de Ámsterdam, parecían ir mucho más rápido que cuando la calzada estaba seca. El portero se colocó contra la pared en posición cruciforme a fin de hacerle sitio para que pasara y Alice entró resuelta, dando largas zancadas, resoplando y sacudiendo el paraguas. El ascensor estaba recubierto de arriba abajo de latón alabeado. O bien los pisos eran muy altos o bien el ascensor se movía con mucha lentitud, porque tuvo tiempo de sobra para ponerle mala cara a esos infinitos reflejos, como de espejos de feria, y de preocuparse no poco por lo que iba a pasar.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, vio un pasillo con otras seis puertas grises. Estaba a punto de llamar a la primera cuando, al otro lado del ascensor, se entreabrió otra puerta y tras ella apareció una mano sosteniendo un vaso.

Alice aceptó el vaso, que estaba lleno de agua.

La puerta se cerró.

Alice dio un sorbo.

La vez siguiente la puerta pareció abrirse por sí sola, suavemente. Alice titubeó antes de avanzar con el vaso de agua por un pasillo corto que daba a una luminosa habitación blanca donde había, entre otras cosas, una mesa de dibujante y una cama de un tamaño fuera de lo normal.

—Enséñame el bolso —dijo él, tras ella.

Eso hizo.

—Ahora ábrelo, por favor. Cuestiones de seguridad.

Alice posó el bolso en la mesita de cristal que estaba entre ellos y lo abrió. Sacó su cartera, una cartera de hombre de cuero marrón, muy desgastada y rota. Una tarjeta de rasca y gana que le había costado un dólar, canjeable por la misma cantidad. Un protector labial. Un peine. Un llavero. Una horquilla para el pelo. Un portaminas. Unas monedas sueltas y, por último, tres tampones que sostuvo en la palma de la mano como si fuesen balas. Pelusa. Mugre.

—¿No tienes móvil?

—Lo he dejado en casa.

Él levantó la cartera y tiró de un pespun

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