La Gata y el General

Nino Haratischwili

Fragmento

libro-3

 

1994/Nura

Alzó la vista al cielo. Entre la gruesa capa de nubes, distinguió un círculo de doloroso brillo. Tuvo la sensación de que a través del blanco cegador podría ver su ardiente esqueleto si miraba fijamente durante suficiente tiempo, si aguantaba hasta que se le prendiera fuego la retina. Pero apartó la vista, en cuestión de segundos el cielo se había cubierto, y las nubes empujaban la niebla hacia la barranca.

De nuevo hubo miradas desdeñosas cuando entró en la plaza del mercado, seguida por susurros. También sintió arder en la piel las miradas de lagarto, amarillas y pegajosas, de las comadres. Seguro que hablarían pestes de ella porque iba por el pueblo con la cabeza descubierta.

La niebla se cerró sobre la barranca a la velocidad del viento. Pesada y sigilosa, se había colado en los pueblos y lo había engullido todo y a todos con su infinita boca. Se necesitaba el mayor esfuerzo para distinguir lo que había más cerca.

La niebla y el frío húmedo volvían a la gente más tensa, más susceptible, el ambiente del pueblo, de por sí gélido, era casi insoportable. Las mujeres caminaban en silencio, atendían en silencio sus ocupaciones cotidianas, mientras los hombres, en pequeños grupos, se retiraban pensativos y misteriosos al cuarto de atrás.

El invierno pronto caería sobre la barranca, con el carácter implacable acostumbrado en la región. Sus habitantes se armaban para hacerle frente y se preparaban para las noches heladas y estrelladas y los gélidos vientos matinales. Pero también había otra cosa en el aire, no, más bien acechaba desde él, y ella no podía recogerla en palabras, no conocía aquella sensación, solamente sabía que no significaba nada bueno. Sin embargo, al contrario de todos los demás, no quería dejarse paralizar por miedos y preocupaciones. Quería alegrarse al ver las primeras nieves, como todos los años. Quería organizar batallas de bolas y salir en trineo con la pequeña Asma…, pese a que su madre protestara porque ese comportamiento ya no era adecuado para una joven de su edad. Quería sentir el crujir de la nieve bajo los pies, sacudir el manto blanco de las finas ramas de los abetos de color verde musgo y reír, sin motivo, simplemente como siempre había hecho y deseaba seguir haciendo.

Al fin y al cabo, no era nada nuevo que las viejas cuchichearan a sus espaldas, que la condenaran con sus miradas; lo sabía, estaba acostumbrada, e incluso ahora, a pesar del gélido ambiente, a pesar de la esquiva amenaza que pendía en el aire, no iba a dejarse asustar, no iba a dar ningún rodeo para llegar al molino y recoger la harina que había encargado. No iba a bajar la cabeza. Tan solo tenía que cerrar un momento los ojos e imaginar la tenue voz de Natalia Ivánovna, que como en un soplo le susurraba en su refinado ruso: «¿Qué clase de postura es esa? ¿Es así como camina una orgullosa caucasiana? ¡Estírate! ¡Una mujer que va con la espalda encorvada, con actitud sometida, jamás podrá abrirse camino! ¡Mejor así, como una bailarina del Bolshói, muy bien! ¡Vete! ¡Bien hecho, madame! ¡Y ahora, vamos a trabajar en tu osanka!». A Nura siempre le había gustado cómo pronunciaba esa palabra, acentuando cada sílaba, y aunque no se tratara de otra cosa que de la posición del cuerpo, eso le daba un sentido más profundo. Era fácil traer a la memoria la voz de Natalia Ivánovna, al fin y al cabo le había enseñado la fórmula mágica que hacía más soportable cada adversidad, cada circunstancia desagradable. Su voz seguía viva, como si se hubieran separado ayer, y algo le decía que continuaría así durante toda su vida. Con sus palabras en los oídos, Nura abrazó su orgullo con mayor fuerza y cruzó la plaza del mercado con la cabeza erguida y con la osanka recta como una vela.

—¡Tienes que concentrarte! La fantasía no tolera arbitrariedades, y menos negligencias. ¡Tienes que ser muy precisa en lo que imagines!

Ahora la niebla la envolvía como una estola de piel, y por un momento creyó que era obra de Natalia Ivánovna: su hechizo para protegerla de las miradas desfavorables y de los cuchicheos, que sin duda serían hirientes para sus oídos.

La barranca dormitaba, se dejaba mecer por la niebla, y las montañas parecían contener la respiración. Una y otra vez, se imaginaba que un día se marcharía del pueblo, quizá incluso para siempre; era algo inevitable para ella, aquella certeza parecía haberse grabado en su cuerpo y en sus pensamientos, no cabía pensar otra cosa, y sin embargo, cuando se imaginaba con precisión la escena, algo se contraía en su interior. Y no por las personas, no, más bien por aquellas montañas, por su proximidad al cielo. Allí, se diría que bastaba con estirar la mano para rozar las nubes, un simple movimiento del brazo y podía tocar el cielo o, si no tocarlo, al menos respirarlo.

La primera y hasta ahora única vez que había estado en una ciudad —en una verdadera ciudad, y no en uno de esos poblachones provincianos de los alrededores—, había quedado abrumada por la constatación de que allí no se veían ni las estrellas ni el cielo, o más bien el cielo le había parecido de pega, como si un mal pintor hubiera tratado de imitarlo y hubiera fracasado miserablemente en el intento. Por aquel entonces tenía diez años y, de la mano de su padre, había caminado por calles anchas y oído pasar a toda prisa coches a su alrededor, y aunque se había sentido curiosamente extraña y ajena, había sido una sensación excitante, maravillosa, había podido saborear en la lengua algo hasta entonces jamás probado y que, entretanto, ya tenía un nombre para ella: libertad. Pero quizá aquel sabor era también más intenso por el hecho de que estuvo allí con su padre, ella sola, sin madre, sus reglas y sus prohibiciones, y de que padre parecía otro, tan relajado y de tan buen humor, tan juguetón y ligero, como si se hubiera quitado un peso inmenso de los hombros. Hacía mucho de eso… A estas alturas, su recuerdo como un hombre alegre y satisfecho le parecía casi irreal.

El propietario del molino, Avlan, se secó las manos en el delantal y sonrió de oreja a oreja. Luego le preguntó por la salud de su madre y por sus hermanas. En realidad, solo estaba interesado en Malika, la mayor de las tres. Pero no había nada que hacer. Hacía mucho que Malika era la mujer de otro hombre, e incluso él sabía que su aspiración era desesperada, aunque no quería renunciar del todo ni podía conformarse con su destino. Nura siempre había sentido compasión por él. Desde el principio se había tratado de un deseo estúpido, Malika jamás lo habría tomado por esposo y, sobre todo, la familia Gelayev nunca habría emparentado con la de él. Pasaba por ser demasiado blando y demasiado femenino para la montaña, una especie de daño colateral para el taip, inevitable y de mínima utilidad, no había ni un soplo guerrero en su sangre, y por tanto tampoco era un auténtico nochtscho. Malika, en cambio, que amaba que le dijeran lo que tenía que hacer, sentía un placer casi erótico al someterse. Ya solo por esa razón, aquel vínculo con Avlan habría estado condenado al fracaso.

—Harina muy buena, muy fina, como la pidió tu madre, perfecta para el chepalgash. Ella es una auténtica maestra en eso. Probé su chepalgash una vez, en el cumpleaños de tu abuelo, y aún puedo saborearlo, ¡celestial!

Se preguntó si exageraba porque quería ganarse su simpatía o si e

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