El sueño milenario

Antonio Cabanas

Fragmento

El_sueno_milenario-2.html El_sueno_milenario-3.html

Dedicatoria

A Dolores, mi madre, con cariño

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Cita bibliográfica

¡Oh, Egipto, Egipto, de tu religión nada quedará más que fabulosas leyendas que ni tus propios hijos creerán, y tan solo sobrevivirán, grabadas en la piedra, palabras que nos hablen de tu sabiduría!

HERMES TRISMEGISTO

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LA LEYENDA

LA LEYENDA

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Hace tres mil años...

Hace tres mil años...

La oscuridad lo devoraba todo. Hambrienta hasta la desesperación, parecía haberse hecho corpórea engullendo cuanto le rodeaba con implacable ansia. Sin duda, ese era su privilegio, aunque no por ello dejara de infundir angustia y desasosiego a las dos figuras que luchaban denodadamente por abrirse paso por entre tan siniestro manto.

¿Eran humanas?, ¿o acaso solo desventuradas ánimas venidas desde alguna de las puertas del inframundo por las que discurrían las doce horas de la noche?

Difícil saberlo, de no ser por el ruido de sus pisadas, que parecían conducirles a las mismas entrañas de la Tierra. Aquellas delataban su verdadera naturaleza, lejana a la de cualquier genio o súcubo, aunque bien hubiera podido asegurarse que pertenecían a algún hijo de la noche.

Sin embargo, aquellos dos hombres nada tenían que ver con el reino de las sombras, y mucho menos formaban parte de él, y solo su afición desmedida a transitar por tan lúgubres dominios hacía que parecieran aspirar a cierto grado de parentesco con las criaturas propias de semejante submundo. Mas sobre su linaje no cabía duda alguna, pues descendían de una estirpe de reyes cuya grandeza los había llevado a ser considerados dioses entre los hombres, señores absolutos del país de Kemet. Su augusto padre, Usimare Setepenre, vida, fuerza y prosperidad le fueran dadas, era una buena prueba de ello, pues su memoria habría de ser recordada durante los milenios venideros, siendo considerado como el más grande de los faraones de Egipto: Ramsés II.

Deambulando entre la negrura, ambos hermanos apenas acertaban a atisbar cuanto los rodeaba, pues la antorcha que portaba uno de ellos más parecía destinada a alimentar aquellas tinieblas que a alumbrarlos. Hacía casi una hora que recorrían los más lóbregos pasajes envueltos en difusos velos de polvo y misterio, como dos penitentes en busca del perdón del guardián de las necrópolis. Pero este no parecía tener especial interés en ate

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