Érase una vez la Volátil

Agustina Guerrero

Fragmento

PRÓLOGO

La Argentina no está en guerra. Tampoco, según los cánones de las ciencias sociales, vive una revolución. Sin embargo, hay trincheras.

Concebí la idea de este libro para responder a una pregunta que me angustiaba: ¿por qué el paisaje no se corresponde con la circunstancia? Mejor: ¿por qué el paisaje belicoso, dividido, que nos atrapa cada día no se corresponde con la circunstancia de un país en paz? No soy un inocente que se entusiasma con utopías. Pero ¿por qué tanta bronca? ¿De dónde sale? ¿Resulta una necesidad política? ¿Ideológica? Como verán, más que respuestas sumé nuevos interrogantes, que me dejaron más inquieto. Me decidí a escribirlo cuando me enteré de que dos mujeres se habían agarrado de los pelos —literalmente— por una discusión K/anti-K. Las contendientes no eran desconocidas entre sí, sino madre e hija.

Con razón se podrá argumentar que la historia de la humanidad resulta pródiga en desgarramientos y que la concordia, aun la básica, aparece como un estadio superior de la conciencia que se tiende a olvidar con facilidad. Aunque parezca extraño, dar la mano exige mayor valentía y sacrificio que desenvainar —metafóricamente— la espada.

“Lo jodido de este país es que todos tienen razón.” No que la buscan, desvelados por tamaña tarea, sino que la tienen. No en la realidad, sino en sus cabezas. Esa sentencia, de un filósofo casero, sintetiza el problema. Nadie debate para descubrir otras miradas, sino para reafirmar la propia. El diálogo entonces no lo conduce el oído si no la lengua. Y es por eso mismo que el oído, aunque no puede cerrarse como los ojos, permanece sordo.

No importa que se trate del amigo del alma, del padre o del hijo, del hermano o del vecino y aún del amor nuevo o de toda la vida. El enfrentamiento resulta entonces inevitable. No hay tregua y, en el campo de batalla, se entierran los sentimientos. Como siempre, queda la esquiva, mezquina, triste, opción del silencio.

Si tuviera que dividir mi cuerpo, ¿de qué me desprendería primero? ¿Me arrancaría una mano, me cortaría un pedazo de cerebro, me haría saltar un ojo, me guillotinaría un pie? Dejemos este lúgubre sendero de pensamiento. Imaginemos un símil más atrayente que el propio cuerpo para comparar con el país.

Estéticamente, la manzana arquetípica posee proporciones ideales como para convertirse en objeto de deseo. En el paraíso, la serpiente ya lo sabía. Pero si se la divide en partes, digamos en mitades, la carne del fruto, en contacto con el oxígeno del aire, empieza a oxidarse. La química llama a este proceso —que comparte con otros alimentos— empardamiento. ¿Existe algún remedio? Sí: el jugo de limón, que detiene el proceso. Y siempre, queda también la posibilidad de comerse la manzana.

Para decirlo de una vez, si el jugo de limón no aparece —como ocurre desde hace tiempo—, la Argentina seguirá oxidándose por la división extrema. Y el futuro se oscurecerá.

¿Cómo baja este estado de cosas hasta nosotros, personas comunes?

Una palabra basta: acechanza.

La gente “aguarda cautelosamente con algún propósito”, como establece la definición del término. Espera una señal de que el otro esté del mismo lado de la manzana. Hasta ese momento, que tal vez no llegue, calla. Intenta deducir, encuentra pistas en donde no existen, se confunde. En el fondo, teme. Por lo menos, quedar pagando. Y cuando se conoce el lado de cada uno suceden situaciones curiosas. Familias que se rompen o se reúnen bajo la promesa de no mencionar la política, amigos que ya no se ven, fiestas en las que se excluye a quienes antes estaban invitados. Distanciamientos que nadie hubiera deseado. Aun hay discusiones entre dos personas que están del mismo lado, pero que asumen compromisos diferentes. El tema de la división nos coloniza, se hace complejo apartarlo. Se nos mete en los huesos, se nos hace carne. Nos ocupa la vida.

Existen también aquellos que no están en ninguna mitad, sino en el medio. ¿Se puede?

—Eh, señor… señor…

—¿Yo?

—Sí, usted. ¿Se puede estar en el medio?

—A mí no me pregunte. Yo soy uruguayo.

Por suerte, este no es un ensayo político, sino un libro de cuentos. No hay obligación de llegar a una conclusión, y menos a una moraleja.

Son pequeñas historias, relatos mínimos de la Argentina partida. No encontrarán en ellas más ficción de la que se ve a diario en este país real. Tal vez hallen todavía menos.

A pesar de este prólogo —o precisamente por él—, no resultará para algunos ni para quien esto escribe un libro imparcial. Sin embargo, está pensado para todos. El genio del escritor Italo Calvino me ayudará a superar esta pequeña contradicción.

En Las ciudades invisibles, el Gran Kan escucha las descripciones que hace el navegante veneciano Marco Polo de las ciudades del imperio tártaro que el Kan, cargado de múltiples tareas, no puede visitar. Después de enumerar en una larga noche que parecía no tener fin todas las ciudades que vio, Polo admite:

—Sir, ahora te he hablado de todas las ciudades que conozco.

—Queda una ciudad —dice el Kan— de la que no hablas jamás… Venecia.

—¿Y de qué otra cosa crees que te hablaba?

Cuando en estos cuentos hablo de unos, también estoy hablando de los otros.

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