Todo Los profesionales

Carlos Giménez

Fragmento

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Prólogo

SENDERO DE TINTA CHINA

«Cobrabas el cheque de Selecciones Ilustradas por haber estado dibujando historietas todo el mes. Te tomabas un cubata de ginebra Giró. Te vestías con una de aquellas camisas moderadamente estampadas traídas del corazón de Londres por Toutain, encendías un Lucky, ponías en tu tocadiscos el Hound Dog de Elvis y, cuando la melodía corría desbocada por tu sangre, te sentías tan endiabladamente poderoso que a tu lado todos los dioses del universo, todos juntos, acababan convertidos en un lamentable equipo de tercera regional. ¿Qué diablos pasaba con todo eso de Jailhouse Rock o Blue Suede Shoes, que sin entender su significado evocaba la existencia de paraísos ocultos, provocaba estallidos interiores de lava recién nacida, pateaba el armario de las jodidas emociones y reducía de tamaño a tus padres (los veías muy pequeños, estupefactos, cual minúsculas figuras de cera de un museo perdido en el tiempo)? ¿Puede explicarme alguien por qué aquel niñato de diecisiete años se sentía en aquellos instantes poseedor de la fuerza necesaria para poder cortar la Tierra en dos mitades como si de una naranja se tratara? Fácil respuesta: porque sabía que era un DIBUJANTE DE CÓMIC PROFESIONAL.»

(Un recuerdo)

A mis siete años de edad, descubrí que el Capitán Marvel —el mortal más poderoso de la Tierra— vivía en los bajos de una finca situada en el cruce de las calles Párroco Triadó y Consejo de Ciento, de Barcelona.

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No me resultó muy difícil dar con el domicilio particular del superhéroe del rayo pectoral. Después de varias semanas observando sigilosamente a un sospechoso, que entraba y salía del citado lugar con un voluminoso retal de tejido rojo bajo el brazo, llegué a la simple —pero cabal— conclusión de que aquel esquivo sujeto no podía ser otro que el sastre del Capitán Marvel. Tal sospecha me fue confirmada el día en que un amigo me advirtió de la presencia en el barrio de un forastero vestido con bata blanca, pelón y miope, y con una sonrisa de hiena en época de celo. Era fácil deducir quién era el merodeador: el villano Doctor Sivana, acérrimo enemigo de mi héroe volador.

Y es que el ambiente escolar y la vida en general (gracias al nacional catolicismo y demás aberraciones de la dictadura franquista) estaban capturados por el ABURRIMIENTO más recalcitrante.

Por consiguiente, inventar realidades paralelas utilizando a personajes de los tebeos me resultaba muy fácil y sumamente terapéutico.

¿Qué hubiera sido de mí sin aquel quiosco de venta de periódicos, revistas y (sobre todo) tebeos que estaba a diez metros de la puerta de mi casa? Aquel tenderete me tenía cautivado: era una tabla de salvación, un estallido de color en medio de un mundo de tonos tan tristes como los de una radiografía (¡qué cosa tan triste es una radiografía aunque indique benignidad!). Allí, en aquellas paredes de cartón y hojalata donde colgaban los tebeos, se gestaban las ensoñaciones que, afortunadamente, no me abandonaban ni de noche ni de día. Corsarios, agentes secretos, héroes siderales, detectives, soldados, espadachines, exploradores y una delirante

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retahíla de entes maravillosos me tendían la mano, me arrancaban de la estulticia cotidiana de la que era presidiario y en ningún caso, óiganme bien por favor, EN NINGÚN CASO, me sometían a la cruel tarea colegial de tener que reconocer en un texto los adjetivos posesivos y demostrativos, indicando su género y número.

A la par, yo llevaba dibujando monigotes desde que había nacido (eso decían de mí) y no había manera humana de frenar mi propósito de gastar lápices. Al cumplir los cuatro años, esta afición adquirió tintes obsesivos: no existía papel en blanco que pudiera librarse de mi agresión. Llegó un momento en que el deseo y la acción de dibujar eran simultáneos. Mi mano funcionaba como una máquina, sin detenerse, autónoma, prácticamente desvinculada de mis pensamientos conscientes. Podía estar andando, comiendo, sin que por ello tuviera que dejar de dibujar, incluso haciendo pipí dibujaba en la pared.

Y una noche lo confesé en familia: «De mayor quiero ser dibujante de tebeos».

Mi padre inicialmente se ilusionó al descubrir en su hijo a un potencial artista: «Gozará de la fama, del éxito mundano. El niño escalará las más altas cimas de la gloria ¡Y llevará mi APELLIDO!»; pero, a la vez, albergaba el temor a que yo me perdiera por vericuetos de poca monta. Una cosa era la pintura, el ARTE en mayúsculas, que procuraba consideración social y podía convertirme en pintor de reyes. Sin embargo, este desmesurado afán por querer dedicarme al extraño mundo de los tebeos no le dejaba conciliar el sueño.

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Diálogo rescatado de mi memoria entre mi padre y yo:

PADRE: El mes pasado solicité ayuda a un conocido para que investigara sobre ESO a que te quieres dedicar y hoy he obtenido respuesta.

YO: Y ¿qué te ha dicho?

PADRE: Me ha informado de que esta profesión no aparece en el mapa de la vida humana. Como mucho hay atisbos de un extraño oficio que está relacionado directamente con la miseria más absoluta.

Qué equivocado estaba mi padre. Yo hablaba con conocimiento de causa ya que obraba en mi poder un folleto publicitario de la prestigiosa escuela de cómic americana Continental School. ¡Qué opulencia! Allí se mostraba a un historietista vestido con una camisa hawaiana y pantalones blan

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