Desafío (Inmortales 5)

Alyson Noël

Fragmento

Capítulo uno

Jamás me vencerás. Nunca ganarás esta pelea, Ever. Es imposible. No puedes hacerlo, así que ¿para qué desperdiciar el tiempo?

Entorno los ojos y observo su rostro: me fijo en sus facciones menudas y pálidas, en la nube oscura de su cabello, en la ausencia de luz de su mirada llena de odio.

Aprieto las mandíbulas con fuerza.
—No estés tan segura —le digo en voz baja y comedida—. Corres el grave peligro de sobrestimarte. De hecho, es lo que estás haciendo. Estoy completamente segura.

Suelta un bufido. Alto y desdeñoso, el sonido resuena por la enorme habitación vacía, reverbera en las láminas de madera del suelo y en las paredes blancas. Es un ruido que tiene como objetivo asustar, o al menos intimidarme y distraerme.

Pero no funcionará.

No puede funcionar.

Estoy demasiado concentrada.

He focalizado mi energía en un solo punto y todo lo demás ha desaparecido. Solo quedamos yo, mi puño preparado y el tercer cha

kra de Haven, también conocido como el chakra del plexo solar: el núcleo de la furia, el miedo, el odio y la tendencia a darle demasiada importancia al poder, al reconocimiento y a la venganza.

Como si se tratara del centro de una diana, clavo la vista en esa localización, que se encuentra en la parte media de su torso enfundado en cuero.

Soy consciente de que un golpe rápido y preciso es lo único que necesito para dejarla reducida a un simple y triste pedazo de historia.

Para convertirla en una moraleja que advierte sobre los peligros del poder.

Para hacerla desaparecer.

En un instante.

Los únicos recuerdos de su presencia en el mundo serían un par de botas de tacón de aguja y un pequeño montón de polvo.

Nunca quise llegar a este punto. Intenté evitarlo y razonar con ella a fin de convencerla de que debíamos llegar a algún tipo de acuerdo, hacer una especie de trato, pero Haven se negó a ceder.

Se negó a rendirse.

Se negó a abandonar su equivocada búsqueda de venganza.

Y eso no me deja otra opción que matar o morir.

Sé, sin el menor género de duda, cómo acabará esto.
—Eres demasiado débil. —Se mueve en círculos muy despacio, con cautela, sin apartar los ojos de mí ni un momento. Los tacones de aguja de sus botas repiquetean en el suelo mientras habla—. No eres rival para mí. Nunca lo has sido y nunca lo serás.

Se detiene, pone los brazos en jarras y ladea la cabeza, con lo que una cascada de ondas oscuras y brillantes cae sobre sus hombros hasta más abajo de la cintura.

—Podrías haberme dejado morir hace meses. Tuviste tu oportunidad. Y, sin embargo, decidiste darme el elixir. ¿Y ahora te arrepientes? ¿Porque no te gusta en qué me he convertido? —Hace una pausa para poner los ojos en blanco—. Pues es una lástima, pero solo puedes culparte a ti misma. Fuiste tú quien me hizo así. ¿Qué clase de creador mata a su propia creación?

—Puede que yo te haya convertido en inmortal, pero lo que has hecho después es cosa tuya —le aseguro con los dientes apretados.

Mis palabras son firmes, deliberadas, aunque Damen me aconsejó que permaneciera callada, que me mantuviera concentrada y acabara con todo de una manera limpia y rápida, sin enredarme con ella en ningún sentido.

«Guárdate los remordimientos para después», me dijo.

No obstante, el hecho de que estemos aquí significa que para Haven no habrá un después. Y a pesar de lo que va a ocurrir, estoy decidida a intentar llegar hasta ella antes de que sea demasiado tarde.

—No tenemos por qué hacer esto. —La miro a los ojos con la esperanza de poder disuadirla—. Podemos parar ahora mismo. La cosa no tiene por qué llegar más lejos.

—¡Ja, ya te gustaría! —canturrea con tono burlón—. No puedes hacerlo, lo veo en tus ojos. Da igual que creas que lo merezco; da igual cuánto te esfuerces por convencerte de eso. Eres demasiado blanda. ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?

«El hecho de que ahora eres peligrosa… y no solo para ti misma, sino también para todos los demás. Esta vez es diferente. Completamente diferente. Y estás a punto de comprobarlo», pienso.

Aprieto los puños con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos al instante. Me tomo un momento para centrarme, para bus

car el equilibrio y recargar mi luz, tal como Ava me enseñó a hacer. Mantengo la mano baja y firme, la mirada fija en ella, mi mente libre de pensamientos irrelevantes y mi rostro vacío de emociones, como Damen me recomendó hace poco.

«La clave es no revelar nada, moverse con rapidez y con un objetivo claro —me aseguró—. Tienes que encajar el golpe antes de que ella tenga oportunidad de verlo venir; debes conseguir que no se dé cuenta de que la has golpeado hasta que ya sea demasiado tarde, cuando su cuerpo se haya desintegrado y su alma se encuentre en ese lugar desierto y tenebroso.»

«No le des ni la más mínima oportunidad de moverse o luchar.» Una lección que él aprendió en un antiguo campo de batalla. Una lección que jamás imaginé que yo tendría que poner en práctica en mi vida.

De cualquier forma, aunque Damen me advirtió que no lo hiciera, no puedo evitar disculparme. No puedo impedir que la palabra «perdóname» flote desde mi mente hasta la suya.

Su reacción es un destello de compasión que suaviza su mirada un instante y que desaparece de inmediato bajo la mezcla habitual de odio y desdén.

Levanta el puño hacia mí, pero es demasiado tarde. El mío ya está en movimiento, avanzando. La golpeo justo en el plexo solar y la envío en un vuelo picado vertiginoso y destructivo hacia el abismo infinito.

Shadowland.

El hogar eterno de las almas perdidas.

Soy consciente de que he tomado una brusca bocanada de aire mientras observo su rápida desintegración. Al contemplar la facili

dad con la que se fragmenta, resulta difícil imaginar que alguna vez tuviera una forma sólida.

Siento un nudo en el estómago, una opresión en el pecho, y tengo la boca tan seca que no puedo ni hablar. Mi cuerpo reacciona como si lo que acaba de ocurrir ante mis ojos, el acto que he llevado a cabo, no fuera un juego imaginario, sino la horrible realidad.

—Lo has hecho bien. Te concentraste en el objetivo y acertaste en el blanco —dice Damen, que atraviesa la estancia en un segundo y me rodea con sus brazos cálidos para estrecharme contra su pecho. Su voz ronronea suavemente en mi oído cuando añade—: Aunque tienes que dejar la parte del «Perdóname» para cuando ella haya desaparecido. Créeme, Ever, sé que te sientes mal y no puedo culparte, pero ya lo hemos hablado: en un caso como este, se trata de ella o de ti. Solo una puede sobrevivir. Y, si no te importa, preferiría que fueras tú. —Desliza la yema del dedo por mi mejilla y luego me coloca un largo mechón rubio por detrás de la oreja—. No debes darle ningún indicio de lo que le espera. De modo que, por favor, guárdate las disculpas para después, ¿de acuerdo?

Asiento y me alejo de él, todavía con la respiración acelerada. Echo un vistazo por encima del hombro para contemplar el montón de cuero y encaje negro que hay en el suelo. Con un parpadeo, borro todo rastro de lo único que queda de la Haven que he manifestado.

Estiro el cuello hacia los lados y sacudo los brazos y las piernas en un movimiento que serviría tanto para aflojar tensiones como para prepararse para un nuevo asalto. Damen decide tomárselo como lo último.

—¿Otra ronda, entonces? —pregunta con una sonrisa.

Lo miro y niego con la cabeza. Hoy ya no puedo más. No puedo seguir matando al fantasma sin alma de mi antigua mejor amiga.<

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