Aguas oscuras

Claudia Gray

Fragmento

Capítulo 1

«No es demasiado tarde para dar la vuelta», me digo.

Acosada por las miradas lascivas de un grupo de marineros, cruzo los brazos sobre el pecho y lamento lo gastado que está mi abrigo. Aunque los días son cálidos en primavera, por las noches refresca, y el viento afilado del mar atraviesa el delgado tejido como una cuchilla.

Las calles de Southampton se oscurecen con el paso de las horas, si bien es cierto que tanto edificio alto a mi alrededor no me permite ver el sol ni nada tan alentador. Habituados a los caminos de tierra de mi pueblo y los suelos lisos de Moorcliffe, mis pies tropiezan con los adoquines. Me considero una muchacha equilibrada, pero la novedad de la gente y de las cosas que me rodean me tiene desconcertada. La ciudad se me antoja un lugar peligroso, y su anochecer, más imponente que la medianoche en mi pueblo.

Podría dar la vuelta y regresar a la suite del hotel, donde aguardan mis señores. Podría decirles que la tienda estaba cerrada, que no me ha sido posible comprar los cordones. A la señorita Irene no le importaría; ella era la primera que no quería que saliera sola.

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Lady Regina, en cambio, se pondría furiosa, incluso por algo tan trivial como que no me hubiera sido posible comprar cordones de repuesto para el viaje. A la furia de lady Regina se sumaría el castigo de la señora Horne. Me da miedo caminar sola por la ciudad, pero más miedo me da que me despidan antes de llegar a América.

Así pues, yergo los hombros y aprieto el paso. Mi uniforme de criada —largo vestido negro con delantal blanco y gorro abombado de hilo— indica que soy una persona insignificante y de clase humilde, pero también que trabajo para una familia lo bastante adinerada para disponer de criados que les hagan los recados. Quizá eso me sirva de protección. Los hombres que encuentro a mi paso saben que estoy al servicio de gente distinguida y que, si algo me sucede, podrían disgustarse y exigir justicia.

Por fortuna, no conocen a lady Regina. Su única reacción a mi muerte sería la de irritación por tener que buscar a otra criada que entrase en mis uniformes para no verse obligada a pagarle unos nuevos.

Algo oscuro desciende en picado. Una gaviota, me digo, y agito el brazo para ahuyentarla. Esta tarde ha sido la primera vez que he visto una gaviota y ya detesto a esas criaturas estridentes y glotonas.

Pero no es una gaviota. Aunque la rapidez de su vuelo me impide verlo bien, distingo los ángulos cerrados de las alas y su raudo movimiento. Es un murciélago, creo. Aún peor. Me trae a la memoria las novelas góticas que leía a hurtadillas en la biblioteca de la familia Lisle: Frankestein, Drácula y Udolfo, relatos terroríficos que adoro leer en una habitación bien iluminada pero que se me antojan demasiado verosímiles cuando camino sola por la calle al caer la tarde.

Me sorprende ver un murciélago revoloteando por las calles de Southampton, aunque bien mirado, ¿qué sé yo del mundo que hay

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más allá de Moorcliffe y mi pueblo? En toda mi vida, solo he estado una vez en otro lugar, y no fue más que por un día y porque Daisy me necesitaba desesperadamente.

Ahora me dispongo a emprender un viaje mucho más largo… «Ahora no es momento de pensar en ello. Ya te preocuparás de todo eso cuando estés en el barco.»

«Cuando sea demasiado tarde para dar la vuelta.»

Con paso resuelto, continúo mi camino hacia la tienda. Hay menos marineros ahora, aunque sigo encontrando las calles muy concurridas. Sé que debería acostumbrarme, pues nos dirigimos a Nueva York, ciudad que, según he oído, hace que Southampton parezca un pueblo a su lado.

Sea como fuere, dejo aliviada la calle principal para tomar lo que espero sea un atajo. El viejo callejón está tan erosionado por el tiempo que los adoquines descienden hacia el centro formando una V, y mis zapatos de tachuelas hacen que mi andar sea torpe. Lo que daría por un par de esos botines de color gris perla de la señorita Irene, tan ligeros y de piel tan suave que no hacen ampollas…

El murciélago vuelve a descender en picado y se acerca tanto que creo que busca mi gorro.

Aunque noto un escalofrío, no dejo que mi imaginación se desboque. Me concentro en los aspectos prácticos y protejo el gorro con la mano. Si un murciélago estúpido me robara una pieza de mi uniforme, los Lisle me obligarían a pagarla.

¿Qué hora será? No puedo saberlo. Jamás he poseído algo tan extravagante como un reloj de pulsera, y no hay ningún campanario cerca. Me cuesta creer que haya una tienda abierta a estas horas, pero a lady Regina se le ha metido en la cabeza que en las ciudades

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las cosas funcionan de otra manera. Recupero el ánimo cuando doblo una esquina y diviso a un grupo de hombres paseando; no son rufianes como los marineros, sino elegantes caballeros con abrigo y sombrero que seguro no me molestarán.

Aprieto el paso para reducir la distancia que nos separa. Se diría que también ellos se dirigen a la tienda, si he entendido bien las indicaciones que me dio el conserje del hotel no sin cierta hosquedad. Su presencia me proporcionará algo de protección el resto del trayecto. Acompasando la respiración, dejo que mi mente se abstraiga en el viaje de mañana, la primera vez que veré el mar, la primera vez que saldré de Inglaterra.

Y, si todo ocurre según lo planeado, la última que veré mi país de origen.

—Veo que te gusta escuchar a hurtadillas.

Sobresaltada, levanto la vista hacia el caballero que se ha vuelto hacia mí. Él y sus acompañantes se han detenido en seco. Hago una breve reverencia.

—En absoluto, señor. No estaba espiando, señor. Le pido disculpas, señor. —Es cierto. Una de las primeras cosas que aprendes co mo criada es a ignorar las conversaciones que no te conciernen. De lo contrario, te volverías loca de aburrimiento.

A la tenue luz del crepúsculo solo alcanzo a distinguir la punta oscura de una barba corta y afilada sobre una piel excesivamente pálida y unos ojos con un brillo extraño. Del bolsillo del chaleco le cuelga un elegante reloj cuyo precio equivale a más de diez años de mi salario, excesivamente arañado para tratarse de algo tan valioso. El hombre me observa con la cabeza ligeramente ladeada.

—¿Qué dices que pides?

—Disculpe, señor —repito, y sin esperar a que las acepte aprieto el paso y les adelanto. Normalmente no soy tan descortés con los caballeros; sin embargo, se trata de desconocidos, y es probable que confiaran en poder divertirse a mi costa. Muchas gracias, pero tengo prisa.

Lanzo una mirada nerviosa atrás, esperando verles ya sea riéndose de mí o de nuevo en camino, pero no hay nadie. Como si se hubieran evaporado.

Desconcertada, trato de recordar qué es eso que han dicho que tanto les preocupaba que hubiera podido oír. Aunque no les estaba prestando atención, me acuerdo de algunas palabras y frases. «Influencia valiosa», han dicho. Y «Tiene que andar por aquí». Un nombre: «Marlowe». Y algo como «que sepa que está siendo vigilado».

Es cierto que suena un poco sospechoso, pero por fuerza han de entender que, independientemente de lo que estén tramando, no hay nada que una criada como yo pueda hacer para detenerles.

Me concentro de nuevo en mi recado. ¿Dónde debía doblar por última vez? ¿Estoy en la calle de la tienda? No veo ningún letrero. No pueden faltar más de diez minutos para el anochecer, y no me resultará fácil encontrar el camino de regreso una vez que haya oscurecido.

En ese momento oigo unos pasos claros y pesados. Se están acercando.

Miro atrás, pero no veo a nadie. Los pasos se ap

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