El martillo de Thor (Magnus Chase y los dioses de Asgard 2)

Rick Riordan

Fragmento

Biografía

019

El martillo de Thor es la segunda entrega de la trepidante trilogía de aventuras basada en la mitología nórdica «Magnus Chase y los dioses de Asgard» de Rick Riordan, el autor de literatura de aventuras fantásticas número uno en el mundo.

Un objeto milenario ha desaparecido. Una amenaza se cierne sobre los nueve mundos.

Magnus Chase no está preparado para el Ragnarok, pero ha llegado la hora de invocar la espada del tiempo y pasar a la acción.

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Para J. R. R. Tolkien,

quien me descubrió el mundo de la mitología nórdica

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¿Podrías hacer el favor de no matar a mi cabra?

Lección aprendida: si quedas con una valquiria para tomar café, te tocará cargar con la cuenta y con un muerto.

Hacía casi seis semanas que no veía a Samirah al-Abbas, así que cuando me llamó por sorpresa y me dijo que teníamos que hablar de un asunto de vida o muerte, acepté enseguida.

(Técnicamente, ya estoy muerto, y eso significa que las cuestiones de vida o muerte no me afectan, pero Sam parecía preocupada.)

Ella todavía no había aparecido cuando llegué al Thinking Cup, en Newbury Street. El local estaba abarrotado como siempre, de modo que me puse a la cola. Unos segundos más tarde, Sam entró volando —en sentido literal— por encima de las cabezas de los clientes del café.

Nadie se inmutó. Los simples mortales no están capacitados para procesar la magia, y es una suerte, porque si no los bostonianos se pasarían la mayor parte del tiempo huyendo despavoridos de gigantes, trolls, ogros y einherjar con hachas de guerra y cafés con leche.

Sam aterrizó a mi lado vestida con su uniforme escolar: zapatillas blancas, pantalón caqui y camiseta de manga larga azul marino con el emblema de la Academia King. Llevaba el pelo tapado con un hiyab verde y un hacha colgada de su cinturón. Estaba seguro de que el hacha no era parte de su vestimenta reglamentaria.

A pesar de lo mucho que me alegraba de verla, me fijé en que tenía más ojeras de lo habitual. Se balanceaba de un lado a otro.

—Hola —dije—. Se te ve fatal.

—Yo también me alegro de verte, Magnus.

—No, o sea... no me refiero a «fatal» en plan «diferente de lo normal», sino en plan «agotada».

—¿Quieres que te traiga una pala para seguir hurgando un poco más?

Levanté las manos en señal de rendición.

—¿Dónde has estado el último mes y medio?

A Sam se le tensaron los hombros.

—Este semestre he estado muy liada. Cuando salgo del instituto, doy clases particulares. Y luego, como bien recordarás, me dedico a recoger almas de muertos y dirigir misiones de alto secreto para Odín.

—Los chicos de hoy día tenéis unas agendas muy apretadas.

—Y además... doy clases de vuelo.

—¿Clases de vuelo? —Avanzamos despacio en la cola—. ¿Para pilotar aviones?

Sabía que el objetivo de Sam era convertirse algún día en piloto profesional, pero no me había enterado de que estaba recibiendo clases.

—¿Te puedes matricular con dieciséis años?

A Sam le brillaron los ojos de emoción.

—Mis abuelos nunca habrían podido permitírselo, pero los Fadlan tienen un amigo que dirige una escuela de vuelo. Y al final convencieron a Jid y Bibi...

—Ah. —Sonreí—. Así que las clases son un regalo de Amir.

Sam se sonrojó. Es la única adolescente que conozco que tiene un prometido, y es enternecedor ver que se ruboriza cuando habla de Amir Fadlan.

—Las clases fueron todo un detalle... —Suspiró melancólicamente—. Pero ya está bien. No te he traído aquí para hablar de mi agenda. Tenemos que ver a un confidente.

—¿Un confidente?

—Podría ser la oportunidad que he estado esperando. Si la información es buena...

El teléfono de Sam vibró. Ella lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y soltó un juramento.

—Me tengo que ir.

—Pero si acabas de llegar.

—Cosas de valquirias. Un posible código tres-ocho-uno: muerte heroica en curso.

—Te lo estás inventando.

—No, es verdad.

—Entonces, ¿qué? Cuando alguien cree que la va a palmar, ¿te manda un mensaje que dice: «¡Me muero! ¡Necesito a una valquiria lo antes posible!», y un montón de emoticonos de caras tristes?

—Creo recordar que llevé tu alma al Valhalla y no me mandaste ningún mensaje.

—Pero yo soy especial.

—Busca una mesa en la terraza —dijo ella—. Reúnete con mi confidente. Volveré lo antes posible.

—Ni siquiera sé cómo es ese confidente.

—Lo reconocerás cuando lo veas —aseguró Sam—. Sé valiente. Y píllame un bollo.

Salió volando del café cual supermusulmana y dejó que yo pagara la cuenta.

Pedí dos cafés grandes y dos bollos y encontré una mesa en la terraza.

La primavera había llegado pronto a Boston. Todavía había restos de nieve sucia pegada a las aceras como placa dental, pero los cerezos lucían capullos blancos y rojos. En los escaparates de las tiendas de lujo había expuesta ropa color pastel con estampados de flores. Los turistas paseaban disfrutando del sol.

Sentado cómodamente en la terraza con mis vaqueros, mi camiseta y mi cazadora vaquera recién lavados, me di cuenta de que esa sería la primera primavera en tres años en la que viviría bajo techo.

En marzo del año pasado rebuscaba en los contenedores de basura, dormía bajo un puente del jardín público y andaba con mis colegas Hearth y Blitz, evitando a los polis y tratando de seguir con vida.

Y un buen día, hacía dos meses, morí luchando contra un gigante de fuego y l

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