El hombre que nunca lo fue

Sara Grissom

Fragmento

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CAPÍTULO 1

DAÑOS COLATERALES

Agosto 2010, Venecia

Hacía tiempo que Paul le había prometido unas vacaciones inolvidables a su esposa Danielle. Desde que se casaron, su negocio, un bar de copas en el Quartier Latín de París, no les había dejado mucho tiempo libre.

Paul quería recompensar a su mujer esos años de trabajo y esfuerzo con el viaje que siempre ella había soñado. Así pues, aquel mes de agosto, reservó en un antiguo teatro, transformado ahora en un hotel de lujo de Venecia, una habitación con vistas al Gran Canal.

Al llegar al aeropuerto Marco Polo, un taxi lancha recogió a la pareja y los trasladó hasta el embarcadero del hotel. La cena de la primera noche transcurrió amenizada con música y velas en las mesas. El aroma del mar llegaba hasta la mesa. Para los dos fue un espectáculo ver cómo la luna llena iluminaba las góndolas. Estas se movían a la vez, acunadas por la marea del Adriático.

Después de cenar pasearon como dos antiguos amantes entre puentes y canales oscuros. De vuelta al hotel, pasaron frente al majestuoso Palazzo Ducale, la Campanile y la Basílica. Antes de subir a la habitación, Paul le propuso a Danielle tomar una copa de Prosecco, en el Caffé Florian. Su esposa no pudo resistirse a tal proposición y tomaron asiento frente a la orquesta del antiguo café que en aquel momento tocaba la tercera sinfonía de Brahms. Ella imaginó a Lord Byron o a Goethe tiempo atrás, disfrutando de esos mismos placeres.

El día siguiente amaneció gris, pero, aun así, la Piazza San Marcos no perdía su esplendor. A media mañana el matrimonio había decidido subir andando por las estrechas calles, desde la Basílica hasta el puente de Rialto, y regresar en una romántica góndola. Desde el centro del antiguo puente, la pareja pudo pararse a observar las aguas del serpenteante Gran Canal por donde circulaban toda clase de embarcaciones. De regreso, se acercaron a un pequeño embarcadero donde dos gondoleros mataban el tiempo conversando y fumando, esperando que algún turista les solicitara un paseo. Paul preguntó el precio y el recorrido. Después de ponerse de acuerdo con el dueño de la góndola, ayudó amablemente a su esposa a subir a la embarcación.

El paseo resultó lento y tranquilo, el sol iluminaba las aguas oscuras de las callejuelas por donde pasaban. El remero no dejaba de cantar algunas serenatas italianas y, de vez en cuando, les comentaba los sitios de interés por donde navegaban. Dirigía la negra embarcación con un solo remo, si se topaba con las paredes de las casas la empujaba con el pie y la enderezaba. Al tomar una desviación avisaba de su llegada y gritaba su nombre por si otra góndola se cruzaba en el mismo trayecto:

—Signori, nos estamos acercando a la casa donde se hospedó Wolfgang Amadeus Mozart durante el carnaval de 1771.

La antigua casa era perfectamente identificable por la placa conmemorativa en una de sus paredes de color rosáceo.

De repente el silencio que había envuelto a los tres viajeros durante todo el recorrido se vio alterado. Se escuchaban unos fuertes ruidos que provenían de la casa, el estruendo era cada vez más intenso y continuado; Danielle y Paul creyeron escuchar a alguien moviendo muebles y arrastrándolos fuertemente de un lado a otro.

—¿Están haciendo reformas o algo parecido? —preguntó Paul al gondolero. Este último se encogió de hombros sin contestarle.

El gondolero pensó que durante sus miles de paseos por el canal no recordaba haber escuchado semejante alboroto. No parecía una reforma, más bien un registro violento en las estancias de la casa histórica.

Sin haber pasado ni un minuto, un artefacto salió disparado por uno de los balcones; antes de hundirse en las aguas del canal se oyó un estallido parecido a un disparo dentro de la casa. Los tres pasajeros de la góndola tuvieron tiempo de ver que el objeto lanzado era una pieza redonda de cristal. Danielle, haciendo caso a su curiosidad, se asomó agarrándose al borde de la embarcación. Miró fijamente el agua ondeante intentando buscar el lugar exacto donde había caído el objeto, pero el sol se reflejaba en el canal impidiéndole ver con claridad sus entrañas.

Un grito agudo de Danielle sobresaltó a Paul, las ondas en el agua se habían transformado en grandes burbujas, empezando a hervir hasta llegar a tal temperatura, que un potente vapor se formó frente al rostro de la mujer. El calor abrasó su cara y sus córneas se quemaron al instante. Cayó desmayada sobre la falda de su marido antes de que este pudiera reaccionar. Un individuo se asomó al balcón por donde el artefacto había sido lanzado, en su mano portaba una pistola con silenciador, y sin mediar palabra hizo tres disparos: uno remató el cuerpo herido de Danielle, y los otros dos terminaron con las vidas de Paul y del gondolero.

Al ser mediodía, los canales estaban casi vacíos de góndolas. Los turistas todavía estaban en los restaurantes de la ciudad degustando la buena cocina italiana. Nadie se percató del suceso, ni de que, pocos minutos más tarde, una lancha llegó hasta el lugar, con un solo ocupante. El radar de la embarcación detectó el lugar exacto donde había caído la pieza lanzada. Con un aparato suficientemente largo, terminado el extremo con un fuerte imán, recogió del agua el botín hundido en el lodo, acto seguido empujó la góndola, apartándola, y acercó su embarcación para que su compañero, que estaba esperando en la antigua casa, se subiera. Al alejarse, el motor salpicó de agua la góndola y a los tres cadáveres. La lancha con los dos individuos salió al Gran Canal.

Mientras navegaban a toda velocidad hacia el aeropuerto, el autor de los disparos hizo una llamada con su móvil:

—Todo ha salido como esperábamos, tenemos el botín en nuestro poder, solo que…

—¡Habla! ¿Qué ha ocurrido? —preguntó enfurecido su interlocutor.

—Es un lugar muy transitado, ya se sabe… lleno de turistas. Hemos tenido que encargarnos de cuatro testigos inoportunos… —Hizo una pausa y gritó—: ¡Atento!

Una lancha policial se cruzó en su camino. El conductor redujo la marcha al oír el grito de su compañero. Los policías se dirigían al lugar del incidente y no prestaron la suficiente atención a los dos delincuentes que iban en dirección contraria, pasando muy cerca de ellos. Las dos embarcaciones se vieron envueltas en un vaivén producido por la velocidad, el ladrón que hablaba por teléfono se tambaleó y tuvo que agarrarse bien para seguir conversando:

—Perdone, jefe, lo que le decía: estaban en el momento y lugar equivocados —entonó la famosa frase sarcásticamente—. Por lo demás —siguió contando—, hemos limpiado cuidadosamente el lugar, es imposible que encuentren alguna huella.

—Muy bien, salid del país cuanto antes, os necesito aquí para terminar el trabajo —dijo la voz grave y masculina al otro lado del aparato sin demostrar emoción alguna.

Durante el trayecto hasta el aeropuerto, la pistola que habían utilizado para acabar con los testigos de su robo fue lanzada al canal, muy lejos de donde habían ocurrido los cuatro asesinatos.

Cuando los carabinieris llegaron al lugar en dos lanchas policiales, ya estaba lleno de curiosos contemplando los tres cadáveres en la embarcación. En la casa estaba el cuarto testigo asesinado. Era el guarda de seguridad.

Para la policía italiana no tenía mucho sent

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