La melodía de la magia

Violeta Gamer

Fragmento

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CAPÍTULO 1:

La niña de la sala de música

«La sala de música es el mejor lugar del mundo.»

La primera vez que ese pensamiento cruzó por la mente de Violeta, acababa de entrar al instituto, y un niño, de cuya cara y nombre no se acuerda, cogió la carpeta que con tanto esmero había forrado con imágenes de sus películas de Disney favoritas y la tiró por la ventana. Era uno de los primeros días de clase y casi nadie se conocía. Los grupos estaban empezando a formarse y todavía no se atrevían a hablar muy alto, así que Violeta se vio sola, mirando cómo su carpeta salía volando desde la ventana del segundo piso y desaparecía entre los setos de la entrada.

Podría haber ido a buscar a un profesor, o haberse echado a llorar, o haberse puesto a gritar, pero en vez de eso salió corriendo de la clase y empezó a deambular por los pasillos, buscando una sala vacía donde esconderse. La sala que encontró no solo estaba vacía, sino que no se parecía en nada a las otras aulas en las que había estado: era mucho más amplia, con grandes ventanales que llegaban del suelo al techo y por los que se colaba la luz del sol a raudales. Había unas cuantas sillas colocadas en fila en el centro, y, apoyadas contra una pared, un montón de guitarras de distintos tipos. Ocupando casi toda la esquina derecha de la sala, justo debajo de los ventanales, un enorme piano de cola se alzaba como si hubiera sido sacado de un libro de fantasía. El resto de las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de papeles y cajas hasta arriba de instrumentos: flautas dulces, ocarinas, xilófonos…

Violeta recuerda cerrar la puerta tras ella y adentrarse en la sala como quien se adentra en un lugar sagrado: conteniendo la respiración y procurando no hacer ningún ruido.

Estuvo ahí el resto de la hora, tocando suavemente las teclas del piano con un dedo y maravillándose con cada uno de los sonidos que llenaban el aire, envolviéndola por completo.

Cuando le preguntan cuándo supo qué era lo que quería hacer con su vida, ese es siempre el primer recuerdo que le viene a la cabeza.

Lo recuerda ahora también, seis años después, cada vez que pasa por delante de una tienda de música o un conservatorio y se detiene a mirar el escaparate o a escuchar la música que sale del interior. Al final, pasa de largo y sigue su camino, porque ella, a pesar de haber tenido siempre muy claro lo que quería hacer con su vida, como le ocurre a tantas otras personas, está haciendo algo totalmente diferente.

—¿No hay otra cosa que te guste más? —le preguntó su madre el día que le dijo lo que quería hacer.

—No se puede vivir de eso —dijo su padre.

—Es muy sacrificado, y no tiene casi ninguna salida —le aconsejó su tutora.

—Hay muchas opciones mejores —dijo la orientadora.

—La verdad —afirmó su profesora de Música— es que no te imagino haciendo nada más.

Y Violeta tampoco se imaginaba haciendo nada más, ni en ese momento, ni ahora.

A pesar de todo, aquí está, recorriendo el campus de la universidad donde, contra todo pronóstico, ha empezado a estudiar Empresariales. ¿Cómo ha acabado estudiando esto, si lo que ha querido hacer toda su vida es dedicarse a la música? Muy fácil: cuando el mundo no para de repetirte que lo que tú quieres hacer no es la opción correcta, al final acabas sacrificando lo que quieres para amoldarte a lo que se espera de ti. Porque hay que hacer algo de provecho, tener una carrera seria de la que poder vivir… Y, mientras tanto, Violeta se pregunta: «¿y qué pasa con eso que te hace querer vivir?». No es que quiera ponerse filosófica, pero nunca ha entendido por qué, si son nuestros sueños los que nos hacen especiales, alguien se conformaría con ser un muggle, pudiendo ser un mago.

El edificio donde va a pasar la mayor parte de los próximos cinco (o más) años de su vida es una construcción enorme de hormigón, con un montón de ventanas iguales, todas colocadas en fila. Tiene seis pisos y muchas aulas parecidas, con sus pizarras blancas, sillas de metal…, y no hay sala de música. Era obvio que no iba a tenerla, pero, por alguna razón, eso a Violeta le genera cierta ansiedad.

Desde ese primer día del incidente de su carpeta, la sala de música se convirtió en su refugio. Durante años, ha sido el lugar donde ha ido a pasar todas las horas libres, donde se ha escondido cada vez que el matón de turno la tomaba con ella, donde ha llorado cuando el peso de no encajar se hacía demasiado grande. Fue en la sala de música donde leyó el primer libro de Harry Potter y empezó a creer en la magia, donde se encontró a sí misma y, sobre todo, donde descubrió la música, y, con ella, su lugar en el mundo. Así que, bueno, sí, el hecho de que el lugar donde va a pasar prácticamente todos los días a partir de ahora no tenga sala de música la pone bastante nerviosa.

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Puede que sea por eso por lo que siempre da un rodeo cuando va de camino a clase. Cada día prueba un camino nuevo, para ver por cuál tarda más, y es uno de esos días cuando ocurre. Ha girado por una esquina distinta a la habitual, y, cuando lleva un rato andando, se da cuenta de que desde algún lugar sale una melodía que reconoce, aunque no sabe por qué. Instantáneamente, se olvida de hacia dónde se dirigía y camina siguiendo la música hasta detenerse ante un imponente edificio de ladrillo rojo, con grandes ventanales bordeados por arcos de madera tallada y una pequeña escalinata de piedra de aspecto muy antiguo que sube hacia la puerta principal. Tiene un aire a escuela de magia que fomenta la ya creciente curiosidad de Violeta. Sube los escalones con cuidado y estudia la pesada puerta de madera, que en el centro tiene una placa que reza «Academia de Arte Dramático».

La música sale del interior del edificio, se escabulle hacia el exterior por debajo de la puerta y, cuanto más se acerca Violeta, más nítido se vuelve el sonido. Es una melodía que no recuerda haber escuchado nunca y, sin embargo, siente que se sabe de memoria.

Lleva un rato parada escuchando cuando la puerta se abre y aparece una mujer. Es una mujer exactamente igual a cualquier otra mujer y, sin embargo…, no.

—Buenos días —dice, con una voz que parece demasiado suave, demasiado clara, demasiado nítida—. ¿Quieres pasar?

Violeta tarda un segundo en reaccionar.

—¿Qué?

—Que si quieres pasar —repite la mujer, sonriendo.

—No, gracias, yo… tengo que irme.

Casi se tropieza al bajar por las escaleras, casi se choca con un hombre cuando echa a correr hacia la esquina y, cuando por fin ha perdido de vista la Academia de Arte Dramático, se detiene.

¿Es su imaginación, o los ojos de la mujer eran demasiado grandes, demasiado negros? Y su pelo, ¿no era demasiado oscuro? Es una sensación extraña, como cuando te despiertas de un sueño y, por un lado, recuerdas perfectamente lo que has soñado, pero a la vez no eres capaz de recordar ningún detalle específico. Y la música, claro, también está la mús

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