Águilas en guerra (Águilas de Roma 1)

Ben Kane

Fragmento

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Este libro es para mis lectores, para todos y cada uno de vosotros. Estáis en todos los rincones del mundo, en todos los continentes salvo en la Antártida.* Vuestra lealtad me permite ser escritor a tiempo completo y dedicarme a un trabajo que me apasiona.

Por ello, os doy mis más sinceras gracias.

* Si habéis trabajado en la Antártida y leído mis libros mientras estabais ahí, ¡decídmelo, por favor!

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Quintili Vare, legiones redde!

(¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!)

Versión de Suetonio de la reacción
del emperador Augusto al recibir la noticia
de la suerte que corrió Varo.

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Prólogo

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Germania, año 12 a.C.

El niño dormía plácidamente, pero despertó al notar una mano que le sacudía el hombro con insistencia. Abrió los ojos pegados por el sueño y vislumbró, perfilados por la tenue luz de la lámpara, los aterradores rasgos de su padre: barba poblada, ojos de mirada penetrante y cabello trenzado. El niño se asustó.

—No temas, pequeño osezno. No soy un fantasma.

—¿Qué sucede, padre? —murmuró el niño.

—Quiero mostrarte algo.

Detrás de la imponente figura de su progenitor, el niño distinguió a su madre. A pesar de la oscuridad y el sueño, adivinó su descontento.

—¿Nos acompañará madre? —preguntó volviéndose hacia su padre.

—No, esto es cosa de hombres.

—Yo solo tengo siete años.

—No importa. Quiero que lo veas. Levántate y vístete.

Los deseos de su padre eran órdenes para él, por lo que se desprendió de la cálida piel de oso que le cubría el cuerpo e introdujo los pies, calcetines incluidos, en las botas situadas junto a la cama. Rebuscó la capa, que hacía las veces de segunda manta, y se la puso sobre los hombros.

—Ya estoy listo.

—Vamos.

La madre los interceptó.

—Segimer, no está bien que el niño presencie algo así.

—Tiene que verlo —replicó el padre.

—Es demasiado pequeño.

—¡No me cuestiones, mujer! Los dioses nos observan.

Apretando los labios, la madre obedeció y se apartó de su camino. El niño fingió no oír ni ver nada y siguió a su padre.

Pasaron junto a los esclavos que dormían y junto al fuego crepitante, las cazuelas y los arcones de madera. Las dos puertas de la casa se hallaban situadas una frente a otra, en el centro del edificio. El aire caliente transportaba desde el otro extremo el olor intenso y el sonido de las vacas, los cerdos y las ovejas.

Su padre abrió la puerta y salió; acto seguido, depositó la lámpara en el suelo y se volvió hacia él.

—Ven.

El niño se aproximó al umbral. Las estrellas brillaban en el firmamento, pero le intimidaba la oscuridad de la noche. No le hacía gracia salir, pero su padre le estaba haciendo señas para que le siguiera. Por fin se decidió e inspiró con fuerza el húmedo aire nocturno, que le enfrió la nariz y le recordó que el invierno pronto reemplazaría al otoño.

—¿Adónde vamos?

—Al bosque.

El niño tensó el cuerpo. Por mucho que le gustara jugar a cazar con sus amigos y a descubrir huellas de ciervos entre los árboles, nunca había ido al bosque de noche, momento en que devenía un lugar poblado de espíritus, animales salvajes y a saber qué cosas más. ¿Acaso no le habían despertado a veces los lobos aullando a la luna? ¿Qué sucedería si se encontraban con alguien?

—¡A

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