La última hoguera

Enrique Tomás

Fragmento

Capítulo 2

2

Dos años atrás, en julio de 1824, despedía a sus alumnos. «Alabado sea el Señor», les decía con una caricia en la nuca en lugar de saludarlos con el tradicional «Ave María Purísima», invocación con la que los maestros católicos abrían y cerraban las clases. Era el último día de curso y las madres le llevaban la asignación mensual de dos cuartos de real, o una cesta con huevos, o fruta para pagar sus servicios. No era poco lo hecho en la escuela levantada por él y por el párroco de San Valero, junto con algunos vecinos de la partida del Perú, el más remoto rincón de Ruzafa. ¿Quién era ese extraño maestro? Enseñar en una escuela perdida no daba apenas para comer. Mejor ser labrador, incluso sin tierra, o como persona instruida trabajar como escribano o como secretario, que dedicarse a semejante oficio. Hacía falta creer en eso de «enseñar al que no sabe» o pretender retirarse a un rincón olvidado, dejado de la mano de Dios. Ripoll, según los vecinos, era, sin duda, un tipo curioso, un extravagante. ¿Se trataba de un fugitivo? Pocos aspiraban a domar a la pillería formada por hijos de jornaleros, esa canalla, como decía cariñosamente el catalán, que parecía feliz en su intento de arrancar de la ignorancia a unos desarrapados que no podían ir a una escuela pía de la ciudad.

Además, no parecía el típico maestro ese hombretón de buena planta, de más de seis pies y recios hombros, de cuarenta y seis años bien llevados, según señalaban las vecinas más descaradas. Lucía una melena rubia y canosa, como de león, recogida en coleta, y en sus facciones se adivinaba una mezcla de energía y desengaño a la vez. Algunos decían que tenía el aire de un aventurero, mientras que otros veían en él a una especie de Cristo, con ojos color de oliva y cabellos y barba sin cortar; estampa que se asociaba, en un tiempo de persecución como aquel, a la de un miembro de la masonería. Por otra parte, su forma de vestir era austera y atrevida a la vez, con camisas de paño sin abotonar, abiertas por el pecho. A veces vestía una levita parda, larga y arrugada, o se colgaba de los hombros una capa negra, algo descolorida, sobre todo en invierno. Algunas mañanas se presentaba en clase con una raída casaca militar, luciendo unos rudos pantalones de pana, tocado de un sombrero de ala ancha, con botas de montar y espuelas cubiertas de barro, tras cabalgar desde el amanecer por las dunas de la dehesa. Decían que el extravagante maestro podía ser un artista, un bohemio perdido en la huerta o también un fugitivo de la justicia. Los niños del arrabal le bautizaron con el mote de Mestre Polserut o el Polsegós, algo así como el «maestro polvoriento», pues parecía venir de un largo viaje, como recién descendido de su montura, cubierto por el polvo del camino.

Los comentarios sobre su figura los acallaba él con sus lecciones. Comenzaba con la tabla de cuentas y seguía con los diez mandamientos, lo único que enseñaba de la religión, porque según él lo importante era cumplirlos, pues en ellos se contenía la esencia de la recta conducta. No iba a misa ni se arrodillaba ante los santos ni las vírgenes. En cambio, amenizaba las clases con recuerdos de cuando fue soldado, y encandilaba a los niños contándoles aventuras de la Guerra del Francés. A veces, daba la lección en medio del campo o en las veredas, y explicaba cómo crecía el mirto, las cualidades del tomillo o las del aceite de hipérico. Otras llevaba a sus pupilos por el camino de las moreras para recoger sus hojas, alimento de los gusanos de seda que criaban en las cambras de sus barracas, y les hablaba de la metamorfosis, esa transformación que convertía al feo gusano en mariposa y después en hilos de preciosa seda, y de cómo su secreto había sido traído de China por unos monjes, que ocultaron los capullos en el hueco de sus bastones. Les contaba las maravillas de ese lugar fantástico, llamado «el extranjero», y les explicaba que en la lejana isla de Inglaterra existían unos extraños carros que no eran tirados por caballos, sino por el fuego del carbón, gusanos de hierro con forma de cañón grande y chimeneas por las que salía un humo negro y espeso. Y les hablaba de las calles de París y de Londres, iluminadas con farolas de gas, y de un canal más largo que cualquier acequia, el canal du Midi, por donde viajaban barcazas de una parte a otra de Francia.

Lo ayudaba en la escuela Mariana Gabino, madre de Joanet, uno de sus alumnos. Mariana era lavandera y asistenta doméstica del párroco de San Valero. La Gabino vivía en una barraca lindante con la acequia de Na Rovella y le servía muchos días las comidas y algunas cenas: una sencilla mesa formada por un cuenco de arroz y frutos de la huerta, una sopa con legumbres y verduras, y, en contadas ocasiones, conejo o pato de caza. Lo atendía tanto en su casa como en imponer orden a la indisciplinada tropa de sus alumnos.

Era Mariana una mujer de cuerpo voluptuoso, con pelo negro y largo, a la que los golpes de la vida no habían logrado marchitar. Viuda según decía ella, madre soltera según las malas lenguas, era una hembra fuerte y vigorosa que había sacado adelante y en soledad a su único hijo, nacido en tiempos de la ocupación francesa, a quien sus compañeros de clase llamaban con malicia el Gavatxet, o sea, «el Francesito», mientras cuidaba también de su padre, don Ramón, un pobre loco apodado en el pueblo el Il·luminat, antiguo molinero, ausente de sí mismo desde 1812, cuando los dragones del general Harispe, a las órdenes del mariscal Suchet, asaltaron una noche su casa.

Pulía Mariana el rojo ladrillo del suelo y los azulejos y se ocupaba de los asuntos prácticos del maestro, le lavaba la ropa y paseaba con él por la dehesa, lo que provocaba que las comadres la llevasen de boca en boca, chismorreando que entre el catalán y ella había algo más que servicios domésticos. Vivían, sin duda, en pecado, y su escandalosa conducta merecería la reprobación del padre Record, mudo ante los amancebados. A Mariana no le importaban las habladurías, acostumbrada como estaba a sufrirlas. El suyo era un espíritu rebelde y libre, y estaba dispuesta a seguir al maestro con los hijos de la huerta. El Polserut había conseguido atrapar la atención de esos muchachos, destinados a cultivar los terrones de sus padres, y que no se escapasen hacia la albufera a pescar anguilas y culebras de agua. Se esforzaba en que aprendiesen a leer, y a escribir las cartas de sus madres, o las de quienes habían partido a Cuba. Estaba orgulloso de que sus pupilos pudiesen leer el Diario de Valencia, libros de gramática y religión, y fábulas e historias con las que volaban con la imaginación, como los collverts por el cielo.

En el verano de 1824 reinaba en todo el país el terror absolutista. La mayoría de los liberales había huido al extranjero o estaban presos en las atestadas cárceles. Había perdido a muchos de sus amigos. Mariano Cabrerizo, uno de los que más lo había ayudado a levantar la escuela, estaba encarcelado, y su librería, clausurada. Ya

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