Pueblo sin rey

Olalla García

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Guadalajara, junio de 1520

—Todo pueblo tiene sus virtudes. Pero ¿qué ha de hacer cuando aquellos que lo gobiernan se mofan de ellas? ¿Qué ha de hacer cuando se paga su generosidad con abusos, su honradez con agravios, su lealtad con injusticia?

El doctor Francisco de Medina habla. La ciudad le escucha. Su voz sacude hasta el último rincón de la plaza de San Gil, elevada a los cielos sobre el silencio de la multitud.

—Bien sabe Dios que los castellanos sabemos servir a nuestros reyes. Pero ahora (vosotros sois testigos), un monarca de origen extranjero, Carlos de Gante, ha llegado a nuestras tierras. Viene sin hablar nuestra lengua, sin el menor respeto hacia nuestras tradiciones. Para exigir, sin dar nada a cambio.

Todos sus oyentes pueden corroborarlo. El joven Carlos I, primogénito de la reina Juana y el archiduque Felipe de Habsburgo, se ha criado en Flandes sin pisar suelo español.

Hasta hace tres años. Entonces llegó a las tierras hispánicas para reclamarlas como suyas tras la muerte de su abuelo Fernando, el rey de Aragón. Se rumorea que mantiene a su madre, doña Juana, prisionera en Tordesillas bajo acusación de locura para no compartir con ella la corona del reino.

Una de sus primeras medidas fue introducir una nueva forma de recaudar la alcabala, lo que supuso un aumento desmesurado de los impuestos; duro golpe para las bolsas y las haciendas de los pecheros: el pueblo llano, el que se afana de sol a sol para llenar las arcas reales. La nobleza y el clero, los privilegiados, están eximidos de toda carga física... y de toda carga fiscal.

—La nuestra no es una tierra rica. Y bien sabemos todos que los últimos años han sido duros. Vivimos en un reino castigado por las malas cosechas, el hambre y las epidemias. Pero, aun así, los castellanos respondimos. Fieles a nuestro carácter, concedimos lo que el rey pidió. Todos nos enorgullecemos de servir bien a nuestro señor. Lo hacemos con la frente alta y el corazón digno. Pues la riqueza de Castilla no está en sus territorios, sino en sus gentes.

Sí, los castellanos responden. Siempre. Hoy la plaza de San Gil, repleta de vecinos, da prueba de ello. Los que no han encontrado sitio en ella escuchan el discurso desde las calles aledañas, tan angostas y desniveladas.

—¿Y qué hace el rey con nuestros dineros? ¿Los ha empleado en provecho del reino? ¿Acaso una parte de ellos, ya sea mínima, se ha destinado a nuestra pobre tierra, tan castigada, tan regada de sudor? ¡Por Dios que no! Ni un maravedí, ni una miserable blanca. Aunque todos sabemos adónde han ido a parar.

—¡A los flamencos! —vocifera alguien entre la multitud—. Ellos nos los han robado.

La plaza burbujea. Aquí y allá estallan voces agrias, fermentadas en rabia.

—¡Esos malditos extranjeros! ¡Que el diablo se los lleve!

Los consejeros del monarca, que lo acompañaban desde Flandes, se han abalanzado como alimañas sobre los altos puestos del reino. Ahora acaparan los privilegios, las rentas y el poder de decisión que siempre ha pertenecido a la alta nobleza castellana. Una afrenta que el pueblo de Castilla siente como infligida en carne propia.

—¡Fuera de nuestro reino! —La indignación golpea de un extremo a otro de la plaza—. ¡Es nuestra tierra! ¡Dios la creó para los castellanos!

El doctor Francisco de Medina alza la voz.

—¡No os falta razón! Y, por Cristo, que el rey lo vería si se dignara concedernos una sola mirada. Pero nos da la espalda desde el principio. Ya hemos comprobado que sus ojos solo ven más allá de nuestras fronteras. ¿Qué hizo después de aumentar nuestros impuestos, de asfixiarnos con su nueva alcabala? No hace falta que os lo recuerde, ¿verdad? ¡Volvió a exigir dinero! ¡Y, de nuevo, para gastarlo en tierras extranjeras!

Entre los oyentes explotan nuevas imprecaciones, reniegos, juramentos. Todos recuerdan cómo, al año de su llegada, el nuevo monarca convoca Cortes en Valladolid. Y lo hace para reclamar un «servicio», un impuesto extraordinario.

En una nueva muestra de soberbia, desea que lo nombren emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero comprar los votos de los príncipes electores exige un desembolso de millones de ducados. Que, de nuevo, saldrán del sudor de los pecheros castellanos.

Las Cortes representan la voluntad general de Castilla. Y Guadalajara es una de las dieciocho ciudades que tiene voz y voto en ellas. Sus procuradores, como los restantes del reino, se muestran muy críticos con la actitud del joven monarca. Pero acaban concediéndole lo que pide.

—¿Y qué recibimos a cambio? ¿Cómo nos agradece nuestro rey esta nueva muestra de fidelidad y abnegación? ¡Volviendo a convocar Cortes para exigir más dinero! ¡Aún más! Porque ahora desea saldar las deudas contraídas con sus banqueros tudescos y genoveses, y organizar un fastuoso viaje por Europa, acompañado de su corte, hasta su lugar de coronación. Quiere hacerse llamar Carlos V, como emperador teutón, pues el título de Carlos I, rey de las Españas, en nada vale a sus ojos. ¿Qué tierra vasalla, por sacrificada y leal que sea, aguantaría tal injusticia, tamaña muestra de desdén? Bien sabe Dios que, si la voracidad y la arrogancia del monarca no conocen límites, la paciencia de su pueblo, sí.

Para entonces, la proverbial generosidad de Castilla se ha agotado. En Salamanca, un grupo de frailes franciscanos, agustinos y dominicos dejan de lado la tradicional animosidad entre sus respectivas órdenes monásticas para redactar un documento conjunto. Estos pliegos, que los procuradores salmantinos leerán en Santiago de Compostela, se envían también al resto de las ciudades con representación en Cortes.

En ellos se ruega a Carlos que, como legítimo monarca castellano, no abandone el reino, sino que permanezca cerca de sus súbditos; que no reclame nuevos impuestos, pues su pueblo no está en condiciones de sufragarlos; se le comunica que Castilla no desea pertenecer al Sacro Imperio Romano Germánico, por ser este un dominio extranjero, y que de ningún modo consentirá en costear los gastos asociados a este u otros territorios ajenos; y para concluir, se le advierte de que, si el rey persiste en su actitud y sigue ignorando las peticiones de sus súbditos, estos se verán obligados a tomar en sus manos la defensa de los intereses castellanos.

Los procuradores designados por Guadalajara —el regidor Diego de Guzmán y el vecino Luis Suárez de Guzmán— parten de la ciudad alcarreña con instrucciones de defender ese programa. No son los únicos. Como resultado, las Cortes compostelanas, celebradas en febrero de 1520, rehúsan acatar las reclamaciones del monarca.

Pero este se niega a aceptar esa resolución. Ya tiene organizado su paseo triunfal por Europa y no está dispuesto a cancelarlo. Así pues, vuelve a llamar a Cortes, esta vez en La Coruña. En los dos meses que median entre ambas convocatorias, consigue que los representantes de buen número de ciud

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