La estación de las flores en llamas (Trilogía del Fuego 1)

Sarah Lark

Fragmento

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1

—¡Buenos días, señor profesor!

Treinta y cinco niños de entre seis y catorce años se levantaron respetuosamente de los sencillos bancos de madera cuando entró el profesor Brakel y entonaron a coro el saludo.

Brakel paseó brevemente la mirada por sus rostros. Si bien en las últimas semanas no había impartido ninguna clase, muchos niños no presentaban un aspecto descansado, sino extenuado, incluso consumido. No era de extrañar, pues al menos los hijos de los jornaleros y campesinos habían pasado las vacaciones de otoño, las llamadas «vacaciones de las patatas», cosechando en los campos. Brakel era consciente que, de sol a sol, sus alumnos recorrían de rodillas los surcos de los campos desenterrando tubérculos. A los hijos de los arrendatarios les iba un poco mejor; quienes se dedicaban a los oficios manuales también tenían patatales, pero más pequeños y de cosecha más fácil que los de los campesinos.

—¡Buenos días, niños! —les devolvió el saludo, al tiempo que indicaba que se sentaran.

Sin embargo, Karl Jensch, un muchacho de trece años alto y flaco, permaneció en pie.

—¿Qué sucede, Karl? —preguntó el profesor con severidad—. ¿Quieres seguir la clase de pie?

El chico negó con la cabeza, abatido.

—No —respondió—. Es que... he venido solo para decir que a partir de hoy ya no volveré, señor profesor. Todavía hay trabajo en el campo y también con el Junker. Y mi padre está enfermo y necesitamos el dinero. Así que no puedo... no podré seguir viniendo a clase...

La voz de Karl parecía a punto de quebrarse. Era probable que su padre le hubiese prohibido seguir asistiendo a la escuela con palabras mucho más rudas, y al joven le resultaba difícil hacer esta última visita a la escuela del pueblo.

También el maestro lo lamentaba. Ya lo había previsto, pues los hijos de los jornaleros asistían a la escuela solo unos años, pero sentía lástima por Karl. Era un muchacho listo y aprendía con facilidad, y Brakel ya había pensado hablar con el pastor acerca de él. Tal vez si lo propusieran para asistir a un seminario lograran que continuara educándose. Sin embargo, todavía era demasiado joven para ello y su padre tampoco se lo permitiría. Karl tenía razón, la familia necesitaba el dinero que él pudiese ganar. Y el Junker, el noble terrateniente...

La aldea de Raben Steinfeld pertenecía a un gran ducado. Brakel habría podido hablar con el gran duque y su Junker sobre un patrocinio para el avispado hijo del jornalero Jensch. ¡Si Jensch no fuese tan terco! ¡Si no estuviera siempre buscando pelea —como la mayoría de los aldeanos— con el gran duque!

El terrateniente era partidario de la Iglesia reformada, como también el rey y la mayoría de los nobles. Sin embargo, en Raben Steinfeld una gran mayoría de gente se aferraba a las doctrinas de la antigua Iglesia luterana y la congregación no dejaba pasar ninguna oportunidad de desafiar a su señor. Por fortuna, este no castigaba a sus súbditos por ello, como sí había hecho hasta poco antes el rey de Prusia. Aun así, los conflictos con el pueblo y sus pastores disgustaban al Junker. Seguro que no financiaba la carrera de ninguno de sus hijos con tal de no tener que aguantar después a un nuevo pastor respondón.

Brakel suspiró.

—Es una pena, Karl —lamentó—. Pero ha sido muy amable por tu parte habernos informado. —La mayoría de los hijos de jornaleros simplemente dejaban de asistir a la escuela cuando cumplían los trece años—. Que Dios te acompañe, hijo mío.

Mientras Karl recogía sus escasas pertenencias, el profesor se volvió hacia la segunda estudiante modélica de su clase: Ida Lange, un capricho de la naturaleza. Brakel no entendía por qué Dios había castigado al hijo de los Lange con tan poco talento, mientras que Ida, la hija mayor, absorbía como una esponja el contenido de las clases. Al varón solo le había concedido belleza y encanto, atributos ambos que también distinguían, junto con la inteligencia, a Ida. La muchacha de doce años tenía un cabello castaño brillante, ojos de un azul porcelana y dientes armoniosos. Su rostro en forma de corazón reflejaba dulzura y docilidad, resultado, sin duda, de la escrupulosa educación de su padre. Jakob Lange era herrero, poseía una casa alquilada y gobernaba a su familia con férrea disciplina. A diferencia de la familia de Karl, podría haberse permitido que Ida asistiera más tiempo en la escuela, pero en el caso de una niña eso ni se planteaba. Con toda certeza, Ida abandonaría los estudios al final del siguiente curso.

De momento, no obstante, la muchacha podía seguir sacando provecho de las clases y mitigando el aburrido día a día de Brakel, un maestro de vocación. Alumnos como Karl e Ida lo hacían feliz, pero no le gustaba enseñar a los simplones hijos de campesinos que tan poco interés mostraban por aprender a leer y escribir. A veces tenía la sensación de que su único logro consistía en mantenerlos despiertos durante la clase.

—Nos has traído un nuevo libro, Ida... hum... ¿Anton?

Sobre el pupitre del primogénito de los Lange descansaba un librito. Los viajes del capitán Cook. No daba la impresión de que el muchacho estuviera muy interesado en su lectura, pero el día anterior, en la iglesia, Ida ya había comentado emocionada al profesor que su padre les había traído un libro nuevo de Schwerin. Eso sucedía de vez en cuando. Jakob Lange se sentía atraído por países exóticos e intentaba fomentar en sus hijos ese mismo interés. Su actitud era inusual en un trabajador de oficio, además de antiguo luterano estricto, pero Brakel suponía que Lange se proponía emigrar algún día. Al herrero y reputado experto en caballos seguramente no le satisfacía la imposibilidad de acceder a una propiedad ahí en el pueblo y tener que contentarse con ser arrendatario. De ahí que siempre estuviera discutiendo con el noble terrateniente, que en algún momento, y por mucho que apreciase su trabajo, acabaría sacándoselo de encima. En las últimas décadas muchos antiguos luteranos habían partido hacia América. Era posible que Lange planeara a largo plazo algo similar.

Anton, su hijo, asintió aburrido y empujó el libro hacia Ida. Pero la muchacha no lo cogió ansiosa por presentarlo a la clase como cabía esperar, sino que miró a Karl, quien apenas si lograba separarse de su pupitre. La mención del libro había despertado el interés del joven. Y él mismo, al parecer, la compasión de Ida.

—¡Ida! —la llamó al orden Brakel.

La muchacha se recobró y levantó la vista.

—Es un libro extraño —dijo con su voz dulce y suave, que incluso solía atraer la atención de los más somnolientos cuando leía en voz alta—. Trata de un capitán que se lanza a la mar y descubre países desconocidos. E imagine, señor profesor, estaba escrito en otra lengua. Para que nosotros podamos leerlo han tenido que tradu... traducirlo. —Y señaló el nombre del autor, un tal John Hawkesworth.

—¿Del griego? —intervino Karl.

Ya debería haberse marchado, pero el nuevo libro le recordaba la historia de un navegante que el profesor les había contado una vez. Versaba so

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