El guerrero y el sufí

César Vidal

Fragmento

L a palabra «jinn» (plural, «jinaan») se refiere en lengua árabe a algo que se encuentra oculto o se halla escondido. Esto se puede ver con facilidad en expresiones corrientes como «junnaanka» («me oculté de ti») o «jannahu al-lail» («la noche lo cubrió»), donde la raíz gramatical tiene ese mismo sentido. Algo semejante puede decirse del feto, al que se denomina ocasionalmente en árabe «al-janiin» porque está escondido en el vientre de su madre. El jinn es, pues, un ser que se oculta y se halla apartado de la vista.

Dicho esto, hay que señalar también que existen distintas clases de «jinaan». Si nos referimos a un jinn en sentido general, la palabra correcta es «jinn» o «jinni». Por el contrario, si queremos indicar un tipo de jinn que vive en las casas, es más adecuado utilizar el término «aamir» (plural, «ummaar») porque tal palabra significa «morador». Si hablamos de los jinaan que interactúan con los niños, es mejor llamarlos «arwaah». Si el jinn es abiertamente malo, debe ser calificado como «shaytán», aunque no si se trata de uno especialmente perverso, porque para ése está reservado el calificativo de «maarid». Por último, existe un tipo de jinn especialmente fuerte, poderoso y maligno que recibe el nombre de «ifrit» (plural, «afaarit»), que por sí solo merecería un tratado especial. A todos y cada uno de ellos nos referiremos, si el Señor de los mundos lo permite, en las páginas siguientes.

1. Abdallah

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Abdallah

Al-Ándalus, 1211

Alejó un poco el texto y lo releyó con atención para ver cómo sonaban sus líneas cuidadosamente pronunciadas. Una leve sonrisa acompañada de un fruncimiento de los ojos dejó de manifiesto que se sentía satisfecho con el inicio. Era un escritor rápido y contaba con que aquel libro no le llevara más de unas pocas semanas de redacción. Semejante dato podía resultar engañoso para el ignorante. Si lograba plasmar por escrito sus ideas con tan prodigiosa celeridad era porque llevaba años madurándolas. En no escasa medida, redactar una obra era como recoger una cosecha. El trabajo de arar la tierra, de sembrar, de abonar, de regar podía durar meses, pero la recogida de los frutos no llevaba más de unas horas, a lo sumo unos días.

En este caso concreto había parado no menos de dos décadas espigando y reuniendo datos sobre la figura del jinn, ese ser espiritual y extraordinario a cuya categoría pertenecía el mismísimo Iblis, el desobediente que se había negado a inclinarse ante el recién creado Adán porque había sido formado del barro en lugar de a partir del fuego, como él.

Le constaba que algunas personas creían que para dar con un jinn había que viajar hacia oriente, e incluso que existía una línea imaginaria no anterior a las tierras de Misr que, una vez cruzada, te colocaba en la posición, siquiera geográfica, para descubrirlos. De hecho, había reunido numerosos testimonios que indicaban que en Surya las mujeres arrojaban agua caliente en sus fregaderos para escaldar al jinn que pudiera estar merodeando por ellos y alejarlo de un hogar que se deseaba tranquilo. Con todo, su propia experiencia le decía que los jinaan eran seres que podían hallarse también en Al-Ándalus. Era una realidad triste, incluso sobrecogedora, que no podía dejarse de lado como se aparta una mosca de un manotazo.

Sabía que los jinaan, en ocasiones, eran vistos por los niños en la cercanía de las casas, que podían apoderarse —y lo hacían— del cuerpo y el alma de quien uno menos hubiera sospechado y que estaban dotados de un poder, una fuerza y una capacidad que excedían notablemente a las de los hijos de Adán.

Para colmo, los jinaan no eran seres cuya existencia y actividades pudieran investigarse únicamente por mero amor al estudio. Semejante actitud era válida respecto a las aves o las plantas, pero no en relación con un jinn. A decir verdad, mantener a los jinaan en un terreno de acercamiento habría significado una estupidez no menor que la de considerar que uno puede mirar las serpientes como quien observa un macizo de rosas… ¡Y eso que cualquier jinn, hasta el más débil, era infinitamente más peligroso y letal que la más venenosa de las víboras! No. Si él llevaba años dedicado a esta tarea era porque le constaba que debían ser conocidos, clasificados y neutralizados. Hacía ya años que escribía, pero no le cabía la menor duda de que, hasta la fecha, ésta era su obra más importante para servir al Señor de los mundos y a los mortales.

Respiró hondo, tendió la mano hacia una copa panzuda y brillante que reposaba en el suelo, se la llevó a los labios, tomó un sorbo y, tras volver a dejarla en su lugar, reanudó su trabajo.

L as creencias que tienen las gentes acerca de quién y qué es un jinn son muy diversas. Por supuesto, algunos niegan rotundamente que existan. Semejante actitud sólo puede entenderse como una peligrosa manifestación de la más profunda ignorancia. Y cuando se escuchan algunos argumentos se comprueba con facilidad la pobreza de su razón. Por ejemplo, la gente suele decir que nunca han visto a un jinn y que, por lo tanto, no existen. Sin embargo, también puede ser que nunca hayan visto un dolor de muelas y no por eso sufrirán menos si les acontece. Incluso podrían decirno lo quiera Al·lahque La Meca no existe simplemente porque nunca la visitaron. No. Los testimonios sobre la existencia de los jinaan son tan numerosos que sólo incurriendo en una temeridad inexcusable se puede negar. En segundo lugar, nos encontramos con aquellos que no se atreven a afirmar que no creen en la existencia del jinn pero que, para ocultar lo que alberga su corazón, se entregan a discusionesinacabables y absurdassobre el significado de la palabra. Por último, existe un grupo que, aun creyendo en la existencia de los jinaan y los shayaatin, los interpretan, sin embargo

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