La tumba perdida

Nacho Ares

Fragmento

26 de noviembre de 1922

Valle de los Reyes, Luxor, Egipto

Alas cuatro de la tarde todo estaba dispuesto para derribar el muro blanco. El calor era insoportable; un bochorno que el poco espacio que había al final del pasillo acentuaba aún más. El secreto que se escondía tras el muro roía las entrañas de Howard Carter. Sin embargo, el inglés sabía mantener las formas y mostraba una tranquilidad tal que cualquiera habría tomado por indiferencia. Durante sus muchos años de trabajo en Egipto —casi tres décadas—, el egiptólogo había vivido momentos intensos, pero ninguno podía compararse con aquél. Nunca antes se había encontrado una tumba intacta en el Valle de los Reyes de Luxor, por lo que especular con lo que podía haber detrás del misterioso tabique, marcado con los sellos del faraón Tutankhamón, era hacer un brindis al sol, jugar a una lotería cuyo resultado no entraba en ninguna previsión. La última vez que había hecho un pronóstico en una situación similar, nada salió bien. Había descubierto una tumba real aparentemente intacta en Deir el-Bahari, pero resultó que el sepulcro estaba vacío. Fracasó de manera estrepitosa, fue el hazmerreír de sus colegas, y su reputación, cuyos mimbres apenas se encontraban hilvanados, estuvo a punto de hundirse para siempre. No obstante, su tenacidad le permitió resurgir y compensar aquella frustración inicial con algunos éxitos nada despreciables. Carter parecía alcanzar el final de un largo camino de investigaciones llevadas a cabo en los últimos años siguiendo las pistas de un nombre en el que solamente él había confiado desde un principio: Tutankhamón. Por eso aquella tarde todo parecía distinto. Ante la pared sellada que habían encontrado al final del pasillo descendente de la tumba del Faraón Niño, la impaciencia los consumía a todos. A la derecha del inglés se hallaba George Herbert, lord Carnarvon, el conde inglés que había sufragado la excavación. A su espalda, lady Evelyn, hija del aristócrata, permanecía en silencio sin perder detalle de lo que sucedía. Finalmente a su izquierda, Arthur Robert Callender, ingeniero y compañero de Carter, y Ahmed Gerigar, su fiel sirviente, sostenían algunas herramientas.

Después de consultar con la mirada a sus acompañantes, Carter empuñó un escoplo y un mazo y comenzó a golpear el muro con fuerza. La mampostería apenas ofreció resistencia. El sonido de los mazazos llegaba hasta el exterior de la tumba, donde se habían arremolinado el resto de los miembros del equipo. La inquietud se extendió también a los obreros egipcios, que mascullaban entre dientes alguna oración para que sus señores tuvieran éxito.

En el pasillo, lascas de piedra y estuco comenzaron a saltar por los aires al tiempo que toda la Montaña Tebana parecía estremecerse. Cuando consiguió hacer una pequeña cavidad en el grueso muro, Carter fue vaciándola con cuidado, procurando que los cascotes no cayeran al otro lado. Una vez que el agujero fue lo suficientemente amplio como para introducir la mano, dejó a un lado el escoplo y el mazo. Al otro lado del agujero, del tamaño de un plato sopero, sólo había oscuridad.

Carter, hombre experimentado en este tipo de trabajos, colocó su candil frente al orificio para evitar la presencia de posibles gases nocivos que pudieran emanar de la nueva estancia. Sabía que el aire encerrado durante siglos en un ambiente estanco podía jugar malas pasadas. La llama de la vela comenzó a agitarse como si desde el interior de la cámara alguien soplara. «Será el resuello del tiempo», pensó Carter.

La tensión de los presentes era palpable. Nadie articuló una sola palabra. No era necesario. Las miradas entrecruzadas de Carter, Callender, Carnarvon, Evelyn y Ahmed evidenciaban la expectación de aquel instante.

Cuando la llama dejó de temblar, Carter introdujo la vela en la nueva habitación y acercó la cabeza al orificio. Pasaron unos segundos hasta que sus ojos se habituaron a la luz amarillenta de la tumba; segundos que a sus compañeros les parecieron eternos. Ignoraban que el egiptólogo estaba admirando un espectáculo incomparable. Por un momento volvió la cabeza a un lado para secarse el sudor con la manga de la camisa, les sonrió con nerviosismo y acercó de nuevo la cabeza al agujero para disfrutar del momento que el destino le había regalado.

Lord Carnarvon, con una mano apoyada en la pared y los ojos muy abiertos, observaba con impaciencia el sorprendido rostro de Carter.

—¿Ve usted algo? —preguntó el aristócrata, deseoso de conocer lo que había más allá del muro.

Pero Carter no contestó. No sabía qué decir. Extasiado ante el sueño arqueológico que estaba contemplando, se sentía incapaz de hallar las palabras que pudieran describir lo que estaba viviendo.

—Carter…, ¿ve usted algo? —insistió el lord.

Tras una nueva pausa, Carter al fin recobró el aliento y pudo responder.

—¡Sí, cosas maravillosas!

Capítulo 1

1

De todas las ventanas de Castle Carter salía una luz tenue pero suficiente para dar forma al edificio entre las sombras de Elwat el-Diban, al pie del camino que llevaba hasta el Valle de los Reyes, en la orilla oeste de Luxor. Era finales de noviembre, pero el calor en esa zona desértica todavía se dejaba notar. Por las ventanas, ligeramente entornadas, corría una ligera brisa fresca. Del interior llegaban las voces alegres y emocionadas de cuantos participaban en la fiesta organizada por lord Carnarvon. El motivo de la celebración lo merecía: el quinto conde de Carnarvon acababa de descubrir, junto al egiptólogo Howard Carter, la tumba intacta de un faraón en el cercano cementerio real de Biban el-Moluk, el Valle de las Puertas de los Reyes, más conocido como el Valle de los Reyes.

En el silencio de la noche, en la Montaña Tebana se elevaban exclamaciones, risas y conjeturas ingenuas sobre los posibles tesoros que pudiera contener el sepulcro. Ése era el único tema de conversación. El nombre del faraón, Tutankhamón, corría de boca en boca.

Lord Carnarvon caminaba entre los invitados saludando y recibiendo las felicitaciones de arqueólogos, amigos y autoridades. Tras el accidente automovilístico que había sufrido años atrás, nunca se separaba de su bastón. Aun así, el aristócrata deambulaba entre los presentes con soltura. De elegancia innata, bigote y cabello rubios y recortados con esmero, y profunda mirada de ojos azules, Carnarvon encarnaba al perfecto inglés, el prototipo de una imagen señorial qu

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