La sonrisa del lobo

Tim Leach

Fragmento

cap-1

1

El pleito empezó en invierno, cuando un muerto se levantó de la sepultura.

En las lejanas tierras donde los hombres adoran al Cristo Blanco, tengo entendido que un espíritu no es algo tan peligroso. Son criaturas sin sustancia, que tal vez lloran o aúllan, pero no pueden hacer daño a nadie. Pero en mi tierra somos guerreros incluso después de la muerte. Nuestros fantasmas no están hechos de sombras y aire, sino de carne que camina. Blanden sus armas con la misma fuerza con que lo hacían en vida, y con mayor arrojo, pues ya nada tienen que temer. Y así, desde que se supo que Hrapp Osmundsson había salido a rastras de su tumba y merodeaba por sus tierras de noche, ningún habitante del valle del Río del Salmón salía de casa después de ponerse el sol sin una buena arma al costado y un escudo en el brazo.

En vida, Hrapp había sido el terror de sus vecinos, pues siempre había codiciado sus tierras, sus mujeres y su sangre. Cuando contrajo la fiebre invernal y supo que le quedaba poco de vida, ordenó a su mujer que lo enterrase de pie bajo el umbral de la casa, para poder vigilar sus tierras incluso después de muerto.

Al cabo de poco tiempo, empezaron a correr rumores por el valle. Thord el Taimado había salido una noche a ver cómo estaban sus ovejas y lo había atacado un muerto con un hacha. Erik Haraldsson, que era más valiente que Thord, forcejeó con la criatura cuando esta se le echó encima, pero tuvo que huir a la carrera para salvar la vida, seguido de cerca por las pesadas zancadas del fantasma.

Nadie quiso comprar la granja a la viuda de Hrapp. Al contrario, los vecinos hablaban de vender sus tierras y mudarse a otro lugar, aunque en toda Islandia había pocas tierras de labranza tan preciadas como las del valle del Río del Salmón.

Por mucho que se hablara del fantasma, al principio yo no me lo acababa de creer. Pensaba que era mera cháchara de invierno, una de esas historias sin pies ni cabeza que se cuentan para pasar los largos y fríos meses de noche casi permanente, cuando los hombres hacen poca cosa más aparte de acurrucarse junto al fuego, beber hidromiel, cantar canciones, narrar cuentos y esperar a que vuelva el sol. Yo colecciono esa clase de historias, pero solo cuento las que sé que son verídicas, o por lo menos medio ciertas. Aquella de fantasmas me interesaba más bien poco.

Pero entonces, una noche, cuando estaba de visita en la granja de Olaf el Pavo Real para cambiar leche por cerveza, le oí hablar de ello; Olaf era un hombre honorable, un jefe respetado que jamás mentiría. Dijo que había visto los moratones en los brazos de Erik y que él mismo había salido en busca del fantasma. Lo encontró deambulando por los campos de Hrapp, con la antigua hacha de este en la mano. Olaf le tiró una lanza y el fantasma huyó de él.

Ojalá no me lo hubiera contado. Porque fue entonces cuando me creí la historia y empecé a contarla yo mismo.

Soy Kiarán; muchos me llaman Kiarán Sin Tierra, aunque algunos de los más mordaces me conocen como Kiarán el Desafortunado porque creen que un hombre sin tierras es el peor de los destinos.

Es verdad, no poseo propiedades o riquezas. Mi padre era esclavo; le dieron la libertad y nada más, de modo que poco pudo dejar a sus hijos. Pero tengo la voz dulce y buena memoria, y siempre he cambiado historias por comida y canciones por un techo. No soy uno de los escaldos verdaderamente grandes de este país, como Kormákur Ögmundarson o Hallfréd el Poeta Molesto, pero no temía apoyar a un amigo en un pleito cuando llevaba las de perder, nunca abusé de la hospitalidad de nadie ni tampoco perseguí a la mujer de otro (cualidades infrecuentes en un poeta, lo sé), así que me labré una buena reputación entre los habitantes de esta isla. Había cumplido veinticuatro inviernos el año en que empezó el pleito.

Había pasado aquel invierno con el hombre al que más tarde apodaron Gunnar el Ejecutor pero cuando lo conocí solo era Gunnar Karlsson, un granjero con un poco de tierra y un buen rebaño. También había pasado el verano con él, cazando focas por toda la costa y ayudándole a cuidar de sus ovejas, pues un humilde escaldo se gana el sustento con el sudor de su frente tanto o más que con la fuerza de su voz. Pero en invierno eran las historias lo que cambiaba por techo y comida. Y cuando le conté a Gunnar el cuento del fantasma, una noche de finales de invierno, él me dijo lo siguiente:

—Bien. ¿El fantasma le tiene miedo a una lanza?

No lo dijo con tono de burla o de duda. Simplemente pensaba en voz alta, centrándose en el detalle que le había parecido más importante. Que el fantasma temía el hierro y a un hombre lo bastante valiente para plantarle cara.

No dijo nada más durante un rato. Estábamos sentados ante los rescoldos de la hoguera, con su esposa dormida a sus pies y uno de sus hijos dormido a los míos. Había sido su invitado a lo largo de los muchos meses de invierno y habíamos pasado así un sinfín de veladas. Esas noches saben a agua gélida y pescado en salazón, suenan al crepitar del fuego y el silbido del viento, huelen a humo, sudor, ceniza y tierra. Casi había llegado la primavera y pronto yo partiría de allí. La temporada de contar historias ya casi había terminado; pronto sería el tiempo de la acción.

Tal vez Gunnar estuviera pensando lo mismo, porque fue entonces, después del largo silencio, cuando dijo:

—Cazaré a ese fantasma.

No debería haberme sorprendido. De joven Gunnar había sido vikingo, uno de esos hombres inquietos que tomaban cuanto se les antojaba de las tierras de los sajones, los escotos y los irlandeses. Pero se había cansado del derramamiento de sangre, de modo que había navegado hasta estas tierras y había desarmado su barco para tener madera y con ella había construido una casa. Se había convertido en granjero y la quilla de su nave había varado para siempre en las vigas del techo que teníamos encima, embarrancada y volcada para nunca más zarpar. Los días de guerrero de Gunnar habían quedado atrás, pero matar es como cualquier otro arte: una vez aprendido, no puede desaprenderse. Una vez dominado, se anhela practicarlo.

—¿Crees la historia que te ha contado Erik? —preguntó—. Nunca me ha parecido un hombre de fiar.

—No. Pero Olaf el Pavo Real no me mentiría.

Asintió.

—¿Me acompañarás?

—¿Por qué no? En el peor de los casos, será una buena historia para el invierno que viene. A lo mejor hasta una canción.

Gunnar me sonrió.

—Sí que lo será.

Muchos hombres habían salido a cazar fantasmas en el pasado, y nunca habían atrapado ninguno, porque los muertos solo se ceban en los desprevenidos y huyen de los valientes. Pero en la granja había poco que hacer. Sería una buena excusa para salir a caminar juntos de noche, pues había llegado a apreciar mucho la compañía de Gunnar. Nunca sabe mejor el hidromiel ni calienta más el fuego que después de una caminata invernal. Nos demostraríamos a nosotros mismos que éramos hombres valientes que no temían a los muertos y yo compondría una canción a partir de ello. Ahí quedaría todo.

Al final, conseguí mi canción. Además, fue una de las buenas, aunque no valía el precio que pagué por ella. Pero, eso sí, conseguí mi canción.

La soledad de la noche islandesa; ¿cómo describirla a alguien que no sea de nuestro pueblo?

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