Arrebatos carnales II

Francisco Martín Moreno

Fragmento

Arrebatos carnales 2

Un breve aperitivo antes de los arrebatos

Cuando en Arrebatos carnales I describí cómo logré ingresar en la celda de Sor Juana, en las alcobas de Porfirio Díaz, de Vasconcelos, de Villa, de Morelos y hasta en la habitación imperial de Maximiliano, porque Carlota nunca lo acompañó en el lecho durante su breve estancia en el Castillo de Chapultepec, no imaginé que algunos lectores me llamarían irreverente, entre otros calificativos, por haberme atrevido a bajar de sus respectivos pedestales a los grandes protagonistas de la historia de México y por exhibirlos como figuras de carne y hueso, con sus fortalezas y debilidades. No me he arrepentido de haberlo hecho ya que con ello logré acercarlos más a nosotros para tratar de entender mejor su entorno y su circunstancia y justificar, aún más, la admiración o el desprecio que podamos sentir por ellos.

Una prueba para demostrar que no me dejé impresionar por los comentarios adversos ni me importó que me llamaran hereje, blasfemo, descarado, atrevido, deslenguado, desvergonzado, insolente, cínico, procaz, sinvergüenza, impertinente y desconsiderado, entre otras gracias más, es la aparición de los Arrebatos carnales II. En este volumen aparece la famosa Güera Rodríguez, sin duda alguna una de las mujeres más hermosas que han pisado el suelo patrio. ¡Ay!, la Güera, ¡cómo me sorprendió conocerla en la intimidad y descubrir sus intrigas y técnicas femeninas para hacer enloquecer a los hombres que la rodearon! La vi en su máxima expresión, jugando con el emperador Iturbide en el Bosque de Chapultepec. Posteriormente, saltando en el tiempo, incursioné en el estudio de Diego Rivera, observando en silencio, perdido entre sus caballetes y óleos, cómo pintaba a sus modelos, a las que de pronto hacía descender de una breve plataforma para adorarlas de rodillas, como lo hizo con Lupe Marín, ¡Ay!, Lupe, Lupita, mi Lupe, lo que pude ver, además de Frida, su Frida, entre la catarata de mujeres que pasaron por su vida.

Uno de los relatos más estremecedores de toda mi existencia lo escuché de Isabel Motecuhzoma, Tecuichpo, Flor de Algodón, la hija de Motecuhzoma Xocoyotzin. Ella me mostró la visión de los ilustres vencidos, mientras contemplábamos el árbol de la Noche Triste y alegaba enfurecida: «¿Cuál noche triste, Francisco, si fue la noche en la que destrozamos a los españoles?» ¡Qué mujer! ¡Qué belleza! ¡Cuánto llegó a despreciar a su padre…! La angustiaba que solo se supiera la versión de los conquistadores y que nunca nadie conociera los hechos tal y como sucedieron. Yo me convertí en su escribano y recogí, una a una, sus palabras.

Ahí queda la Corregidora, doña Josefa Ortiz de Domínguez, a quien se recuerda de perfil, con un chongo horrible y una gran papada, cuando en realidad, según pude constatar al solo verla, era una mujer guapa, distinguida, educada y de facciones exquisitas. Se trataba, sin duda, de una líder ejemplar, volcánica, incendiaria y llena de vida y de pasión amorosa, al extremo de haber procreado 14 hijos, uno de ellos de un personaje inolvidable.

Para terminar, Lázaro Cárdenas, Tata Lázaro, una figura intocable, el máximo líder de la izquierda mexicana, el político del siglo XX, de quien únicamente se escribieron apologías, no biografías serenas, centradas, objetivas y descriptivas; el gran protector de los desvalidos, el artífice del rescate de los marginados, el líder y guía de quienes creían en el capitalismo de Estado, el repartidor de la riqueza y la justicia social, el generador de fuentes de trabajo, el juez insuperable, el estadista virtuoso llamado a ser el sagrado ejecutor de los postulados de la Revolución, uno de los padres de la patria y fundador del México nuevo, hasta que llegó a mis manos el libro Lázaro Cárdenas, el utopista suicida, que me sentó frente al general presidente para poder acercarme como nunca nadie lo había hecho, solo para conocer una realidad ignorada.

Si soy hereje, blasfemo, descarado, atrevido, deslenguado, desvergonzado, insolente, cínico, procaz, sinvergüenza, impertinente y desconsiderado, si realmente lo soy, que sea el lector y no yo, quien, como siempre, tenga la última palabra.

FMM

Lomas de Chapultepec, octubre de 2010

Arrebatos carnales 2

La Güera Rodríguez

La emperatriz jamás entronizada

Arrebatos carnales 2

No puede darse a los mexicanos mayor castigo que el de que se gobiernen por sí mismos.

Bataller

Impío: ser diabólico que atenta en contra del gigantesco patrimonio clerical.

Martinillo

La independencia se justificó y se hizo necesaria para salvar a la religión católica.

Agustín de Iturbide

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