Lo que escondían sus ojos

Nieves Herrero

Fragmento

1999

1999

Yo noté que algo se me rompía por dentro. Sentí un dolor fuerte en las entrañas… Mientras me hablaban tuve la sensación de que mi mundo se hacía añicos. ¿Cómo explicar que en tan solo cinco minutos mi vida cambió por completo? Todo dejó de tener sentido. Hablaban a mi lado pero mi mente se había ido lejos de allí. Me acababan de dar la peor de las noticias. Miraba sin ver, oía sin escuchar. Pocos segundos después solté algo parecido a un grito que rápidamente se ahogó en un llanto inconsolable. Me salió del alma y pienso que se debió de escuchar en todo el edificio. No alcancé a decir nada más. No podía. Me faltaba el aire. Me quedé sin palabras con los ojos muy abiertos y la mente en blanco. Parecía que la cabeza me iba a estallar, como uno de los muchos petardos que se escucharon aquella tarde del 28 de diciembre de 1959. Pero no era una broma del día de Inocentes, parecía la peor de las pesadillas. Me acababan de contar que mi vida había sido una farsa desde que nací. Me lo narraba mi tía Carmen, como si mi existencia fuera el argumento de una de sus novelas románticas pero con un final trágico. La acompañaba un fraile dominico amigo de mis padres que me apretaba la mano contra la suya mientras repetía: «¡Tienes que olvidarle! ¡Debes olvidarle!». Pero yo no reaccionaba ni ante las palabras ni ante las caricias. Me quedé inmóvil en aquel instante en el que yo ya no era yo.

Como te digo, algo se desgarró dentro de mí mientras la vida dejaba de tener sentido. Me sentí morir, te lo juro. Solo pensaba en salir de allí y no parar de correr sin rumbo alguno. Quería estar sola. Bueno, no, quería estar junto a él. ¿Cómo nos dejaron llegar tan lejos? ¿Cómo nadie lo paró antes? Ya era tarde, demasiado tarde, porque me había enamorado…

Ana Romero, la joven periodista que escuchaba el relato de Carmen Díez de Rivera, la miraba fijamente a sus ojos azules que se quedaron apagados, sin brillo, con aquella desgarradora narración. La grabadora estaba en marcha desde hacía una hora. Así lo quería Carmen, ya que tenía prisa en su carrera contra el tiempo. Volcaba su vida sobre aquel aparato pequeño después de haber guardado silencio durante toda su vida.

—Solo te pido una cosa —le dijo enérgica, sosteniendo su mirada.

—Dime —contestó Ana.

—No lo publiques hasta que yo… hasta que yo me haya ido.

—De acuerdo. Si quieres lo dejamos por hoy. —Parecía muy cansada después de recordar aquel día que no había sido capaz de olvidar en treinta y nueve años.

—No, no, sigamos… Mira, una nace sin elegir a los padres, el entorno, el país, ni tan siquiera la propia vida. El delito no es nacer, sino hacer nacer. Ahora no me acuerdo de quién era la frase, pero podría ser mía.

Se echaron las dos a reír, pero Ana —menuda, morena y veinticuatro años más joven— casi no se podía creer que la mujer rubia de ojos azules, pieza clave en la Transición española, estuviera frente a ella a punto de morir. Parecía tener energías como para retrasar ese momento que los médicos tantas veces le habían anunciado. Ahora, sin embargo, ya había empezado la cuenta atrás, y ella lo sabía. Aquel verano de 1999 sería el último.

—Pasados los años he llegado a disculpar a mis padres —continuó su relato—. Me tranquiliza pensar que soy hija del amor y al amor hay que perdonarlo siempre. —Carmen tenía necesidad de sacar su secreto a la luz.

—Cuéntame, ¿cómo empezó todo?

—Fue en el otoño del año 1940, en plena posguerra. Mi madre ya tenía dos hijos: Sonsoles y Francisco. Esperaba el tercero para el mes de noviembre. La familia crecía a toda velocidad. Dos hijos y uno en camino en cuatro años de matrimonio.

—¿Tus padres se casaron en plena Guerra Civil?

—Un poco antes, en febrero de 1936. Mi madre, la mujer más bella y elegante de la época, se casó, a la edad de veintiún años, con el marqués de Llanzol que le doblaba la edad. Francisco de Paula Díez de Rivera tenía cuarenta y cinco años, una carrera militar brillante y una posición desahogada. Quizá casarse fue para ella la única manera de asegurarse un estatus que estaba a punto de perder. Su padre había muerto cuando ella tenía once años, y el dinero en la familia comenzó a escasear. Era hija del diplomático, poeta y cervantista mejicano Francisco de Icaza y de la aristócrata Beatriz de León. Toda su infancia transcurrió entre dos ambientes, el literario y el diplomático. Ella fue la que menos pudo viajar de la familia, al ser la pequeña. Sus padres y hermanos llegaron a vivir durante una larga estancia en Berlín, donde estuvo destinado mi abuelo hasta que fue nombrado embajador en España. Su muerte súbita truncó su vida y la de su familia. Mi madre solo tenía una salida: casarse.

—Pero no se quedarían en tan mala posición. Su padre había sido embajador en diferentes países…

—Piensa que era una familia numerosa de cinco hijos: Carmen, Anita, Luz, Francisco y mi madre, Sonsoles. La tercera, Luz, moriría muy joven, a los dieciocho años. Los recursos no duraron mucho. El hecho de que mi abuela fuera un poco manirrota contribuyó a ello. Carmen, la hija mayor, se tuvo que poner a trabajar en el diario El Sol, gracias a la amistad que tenía la familia con Ortega y Gasset, fundador del periódico. Trabajar no estaba bien visto, y menos siendo una mujer.

—¿Trabajar no estaba bien visto?

—No en aquella aristocracia de los años veinte. Sin embargo, al ser un trabajo literario tenía un pase para la intransigente sociedad de aquella época. Ese sueldo ayudó a que la situación familiar fuera menos precaria. Pero no evitó que las detractoras de mi madre la llamaran a sus espaldas Sonsoles «de caza y pesca», ironizando con su apellido Icaza y León tras haber conquistado al hombre más bueno que he conocido nunca. Al hombre tierno y cariñoso que ejerció de padre conmigo.

—¿Por qué la criticaban? —preguntó Ana mientras Carmen tomaba aliento después de tan extenso relato.

—La sociedad —como les gustaba llamarse a los que pertenecían a la aristocracia— de aquellos años cuarenta, recién terminada la Guerra Civil, no le perdonó nunca su belleza, su elegancia y lo poco convencional que era. No había muchas mujeres que condujeran un Chrysler verde por la céntrica calle de Alcalá como ella hacía. La capital recuperaba su actividad sin olvidar una guerra que era recordada en cada esquina por las señales que habían dejado las bombas y las balas sobre los edificios. En ese ambiente de euforia que se respiraba en la aristocracia, ajena al hambre y la penuria que existía a su alrededor, mi madre vivió los años más felices de su vida.

Carmen hizo otra pausa para beber agua. La quimioterapia que acababa de recibir en su tratamiento contra el cáncer le dejaba la boca seca, pastosa. Aprovechó la interrupción para buscar en el último cajón de su cómoda una caja de metal que acercó a la mesa donde estaba la periodista. La portaba con el misterio del que lleva

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