El inquisidor

Patricio Sturlese

Fragmento

PROLOGO CAZADORES DE BRUJAS

PRÓLOGO

CAZADORES DE BRUJAS

H abía pasado un siglo desde que los monjes benedictinos venidos de Ferrara abandonaran la iglesia parroquial de Portomaggiore. Expoliada de todo adorno el mismo día en que fue exconsagrada, de su antiguo esplendor solo restaban algunos frescos. Cerca del altar mayor, donde antes estuviera una magnífica pila bautismal de mármol, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, las manos temblorosas de un encapuchado escarban entre las losetas que aún quedan en el suelo. Y por fin, este cede. Justo donde debía.

La luz de la lámpara se extingue. Las tinieblas de la noche se adueñan de la iglesia. Y de aquello que tan celosamente ocultaba.

Apremiada y nerviosa, una mujer escribe sobre una hoja de papel delgada y amarillenta las últimas líneas de un mensaje. Desde la espesura le llegan los ladridos aún lejanos de los mastines, un sonido que le produce pavor, obligándola a asentar la rúbrica:

ISABELLA, bruja y testigo de Satanás,

octubre del año 1597

Los aullidos son ahora más nítidos, y junto a ellos se distingue el sordo galope de los caballos: los jinetes se abren paso a través del bosque negro. Llegarán muy pronto. Isabella se incorpora y mira por el ventanuco de su guarida. No los ve, aún tiene tiempo. Corre hacia la puerta, echa la falleba, apaga la ya escasa luz de su único candelabro y, al amparo de un oscuro silencio, toma el papel, lo dobla hasta reducirlo a una porción mínima, se alza la falda y lo mete entre sus piernas, dentro, bien dentro, como si estuviera procurándose placer en alguna de sus frecuentes orgías. Su corazón late deprisa, como en el deseo, pero no es eso. No es eso: es un miedo cerval a los jinetes de la noche. Encogida en un rincón, espera.

Los perros han dejado de aullar. Los jinetes ya están en su puerta.

Isabella no oye nada. Nada. Hasta que la puerta se viene abajo, arrancada de cuajo, con un estruendo que magnifica el silencio, tenso y cautivo. Allí están los jinetes, siete hombres corpulentos y encapuchados que, alumbrados por la luz de dos teas, la buscan y la encuentran de inmediato intentando incorporarse.

—¿Qué buscáis? —gime ya en pie. Nadie responde—. Si deseáis pasar un buen rato, habéis venido al lugar adecuado —continúa diciendo mientras se manosea el pecho que, carnoso, asoma por su camisa, aflojado hace ya rato el corpiño—. ¿Quién será el primero en probar esta delicia?

Isabella ha descubierto uno de sus pechos y se lo ofrece a los hombres, desafiante. El pezón, oscuro como bellota madura, está erecto, duro, tentador. Uno de los jinetes, el más alto, se baja la capucha y recorre, iluminándolo, cada rincón de la guarida. Tiene bigote, barba y cabello rubios, recogido este último en dos largas trenzas. Sus ojos azules, extremadamente claros, parecen transparentes. Adelanta la luz hacia la bruja.

—¿Qué? ¿Serás tú el primero… vikingo? —susurra la mujer mientras sonríe con lascivia.

—¿Isabella Spaziani? —pregunta el hombre. Pero no obtiene respuesta—. ¿Es vuestro nombre Isabella Spaziani? —insiste el jinete.

La bruja le mira con curiosidad y aventura un respuesta que no es tal.

—¿Quién lo pregunta…? ¿Acaso… eres un brujo…?

—¿Eres Isabella Spaziani? —repite con calma.

—Tal vez…

Isabella ha dudado, y en la duda se esconde una afirmación tácita que el jinete recibe con un asentimiento dirigido a sus compañeros, a los que entrega la antorcha para poder apartar con facilidad su capa. La bruja sonríe; realmente parece que aquellos hombres solo quieren divertirse. Pero lo que asoma entre los pliegues de la capa no es lo que ella espera, y tal vez ya desea, sino una ballesta que, tras un movimiento casi imperceptible, apunta directamente a su boca.

El jinete calibra su blanco con mirada de hielo y, sin vacilar, dispara. La sonrisa de Isabella es atravesada por el hierro, que le arrebata parte de los dientes y sigue su camino hasta romperle el cráneo. En un gesto inútil, por instinto, la bruja se lleva las manos a la mandíbula mientras se desploma sobre el suelo. Lo único que ha conseguido es cubrir sus manos de la sangre que borbotea, incesante, de su garganta. El hombre observa atentamente la agonía de Isabella y, para cerciorarse de su muerte, empuja con un pie la cabeza asaeteada. La sangre de la bruja va encharcando el suelo, lenta y continua.

Los jinetes han saqueado la guarida, se han llevado lo que parecían estar buscando, un antiguo libro de magia, y tal como han aparecido, en mitad de la noche negra y ocultos en la niebla que cubre los bosques genoveses, desaparecen acompañados por el aullido de los mastines, provocado no ya por la presencia de los caballos y su movimiento en la espesura, sino por algo que invade el aire: la premonición de algo siniestro.

En la basílica de San Pedro, uno de los cardenales del Santo Oficio detiene sus pasos. Es tarde. Se ha quedado mirando fijamente la antigua escultura en bronce negro de san Pedro, como si solicitara su amparo. Tiene un mal presentimiento. Sabe que el Gran Brujo está reagrupando a sus huestes.

El demonio está suelto.

PRIMERA PARTE EL ARTE DE LA CONFUSION

PRIMERA PARTE

EL ARTE DE LA CONFUSIÓN

I EL CABALLERO DE LA ORDEN SAGRADA

I

EL CABALLERO DE LA ORDEN SAGRADA

1

S ituado frente a mí, el Vicario de Cristo me observaba silente, con mirada profunda. Su mano mostraba el anillo del pescador. Su semblante, añejo, traslucía la fatiga de aquellos hombres que navegan por mares encrespados, lanzando una vez tras otra las redes sin obtener resultados. Eran tiempos difíciles para la fe. La nao de la Iglesia atravesaba el convulsionado océano del Renacimiento,

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