Jardín de invierno

Kristin Hannah

Fragmento

prolo

Prólogo

1972

En las riberas del poderoso río Columbia, en esta estación en la que todo está cubierto de hielo y se vuelve visible hasta el más leve aliento, la huerta que llamaban Belye Nochi estaba en silencio. Los manzanos durmientes, con las raíces robustas enroscadas en lo profundo del suelo frío, fértil, llegaban hasta más allá de donde alcanzaba la vista. A medida que la temperatura se desplomaba y que la tierra y el cielo perdían el color, el paisaje blanqueado causaba una especie de ceguera de invierno: un día se volvía indistinguible del siguiente. Todo se congelaba, se tornaba frágil.

En ningún otro lugar se notaban tanto el frío y la quietud como en la casa de Meredith Whitson. Tenía doce años y había descubierto ya los espacios vacíos que se formaban entre las personas. Anhelaba que su familia fuese como las que veía en la tele, donde todo parecía perfecto y la gente se llevaba bien. Nadie, ni siquiera su querido padre, entendía lo sola que se sentía con frecuencia entre esas cuatro paredes. Lo invisible.

Pero al día siguiente por la noche todo eso cambiaría.

Se le había ocurrido un plan genial. Había escrito una obra basándose en uno de los cuentos de su madre, e iba a representarla en la fiesta de Navidad. Era justo la clase de historia que sucedería en un capítulo de Mamá y sus increíbles hijos.

—¿Y por qué no puedo ser yo la protagonista? —gimoteó Nina. Era la décima vez que se lo preguntaba, como mínimo, desde que Meredith había terminado el texto de la obra.

Meredith se giró, sentada en su silla, y miró desde arriba a su hermana de nueve años, que estaba en cuclillas en el suelo del cuarto que compartían, pintando un castillo de color verde menta en una sábana vieja.

Meredith se mordió el labio inferior y trató de no fruncir el ceño. El castillo era un sinsentido, no tenía ni pies ni cabeza.

—¿Tenemos que volver a hablar de eso, Nina?

—Pero ¿por qué no puedo ser la campesina que se casa con el príncipe?

—Ya sabes por qué. Jeff hará de príncipe y tiene trece años. Parecerías una tonta a su lado.

Nina dejó el pincel dentro de la lata de sopa vacía y apoyó el peso del cuerpo sobre los talones. Con su pelo corto negro, sus brillantes ojos verdes y la tez blanca, era la viva imagen de un duendecillo.

—¿Puedo hacer de la campesina el año que viene?

—¡Pues claro que sí! —Meredith sonrió de oreja a oreja. Le encantaba pensar que a lo mejor estaba inaugurando una tradición familiar. Todos sus amigos tenían tradiciones, pero ellos, los Whitson, no; nunca habían sido como los demás. A su casa no iba una riada de parientes a pasar las vacaciones, ni tomaban pavo el día de Acción de Gracias ni jamón cocido por Pascua, no acostumbraban a rezar siempre las mismas oraciones. Caramba, ni siquiera sabían con certeza cuántos años tenía su madre.

Eso era porque su madre era rusa y no tenía a nadie en el país. O al menos eso decía su padre. Su madre no decía mucho sobre sí misma.

El sonido de unos nudillos en la puerta sorprendió a Meredith. Y justo levantó la cara cuando Jeff Cooper y su propio padre entraban en la habitación.

Meredith se sintió como uno de esos globos alargados que se van inflando poco a poco y que a cada soplido van adoptando una forma nueva. Y en ese caso el aliento que inflaba el globo era Jeffrey Cooper. Habían sido muy amigos desde cuarto, pero en los últimos tiempos estar con él le producía una sensación rara. Emocionante. A veces, cuando la miraba, casi se le cortaba la respiración.

—Llegas justo a tiempo para el ensayo.

Él le dedicó una de esas sonrisas suyas que le paraban el corazón.

—No les digas nada a Joey y a los chicos. Se iban a reír de lo lindo a mi costa.

—Sobre esto del ensayo… —dijo su padre avanzando unos pasos. Todavía llevaba puesta la ropa de trabajo: el típico traje de chaqueta amplia y pantalones de pata de elefante, tan de moda en los años setenta, en este caso de color marrón con pespuntes naranjas. Sorprendentemente, no había asomo de sonrisa ni debajo del poblado bigote negro ni en su mirada—. ¿Esta es la obra que vais a hacer?

Meredith se levantó de la silla.

—¿Crees que le gustará?

Nina se puso de pie. Su carita con forma de corazón lucía una expresión inusitadamente solemne.

—Eso. ¿Le gustará a ella?

Los tres se miraron, separados por el castillo verde al estilo de Picasso y los disfraces extendidos encima de la cama. Sin decir una palabra, solo mirándose, la verdad que se transmitieron fue que Anya Whitson era una mujer fría. (El poco o mucho afecto que tenía se dirigía a su marido. A sus hijas les llegaba bien poquito. Cuando eran más pequeñas, su padre había tratado de fingir que no pasaba nada, de desviar su atención como un prestidigitador hipnotizándolas con el brillo de su cariño. Pero como sucede siempre con las ilusiones, la verdad acabó por aflorar.)

Por eso, todos entendieron qué estaba queriendo preguntar Meredith.

—No lo sé, Meredoodle —respondió su padre, echando mano de la cajetilla de tabaco que llevaba en el bolsillo—. Las historias de tu madre…

—A mí me encanta cuando nos las cuenta —replicó Meredith.

—Solo habla de verdad con nosotras cuando nos las cuenta —añadió Nina.

Su padre encendió un cigarrillo y se las quedó mirando entre la voluta de humo gris, entornados los ojos.

—Ya —dijo, echando el humo—. Pero…

Meredith se acercó a él, con cuidado de no pisar el mural pintado. Entendía sus dudas: ninguno de los tres sabía a ciencia cierta qué hacía que su madre estallase. Sin embargo, esa vez Meredith estaba segura de la respuesta. Si había algo que le encantara a su madre, era ese cuento acerca de una campesina imprudente que osaba enamorarse de un príncipe.

—Solo dura diez minutos, papá. Lo he calculado. Les encantará a todos.

—Adelante, entonces —dijo él finalmente.

Ella sintió una oleada de orgullo y esperanza. Para variar, ya no tendría que pasarse la fiesta leyendo en algún rincón en penumbra del salón o fregando platos en la cocina. Sería el centro de atención de su madre. Esta obra demostraría que Meredith había escuchado todas y cada una de las valiosas palabras que su madre había dicho en su vida, incluso las pronunciadas en voz baja, en la oscuridad, durante el rato del cuento antes de dormir.

A lo largo de la hora siguiente, Meredith dirigió a su elenco desde el principio de la obra hasta el final. En realidad, solo Jeff necesitaba ayuda. Nina y ella llevaban escuchando el cuento durante años.

Después, una vez terminado el ensayo y habiéndose marchado cada cual por su lado, Meredith continuó trabajando. Elaboró un cartel que decía: única función: gran obra teatral para las fiestas, y debajo escribió la lista de los tres nombres. Retocó el decorado pintado (iba a ser imposible arreglar aquel desaguisado, pues Nina siempre se salía de la raya) y a continuación fue a colocarlo en el salón. Cuando tuvo listo el escenario, se dedicó a pegar lentejuelas en la falda de tul de bailarina, transformada en el vestido de princesa que llevaría al final de la obra. Eran casi las dos de la madrugada

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