El complot contra los Escipiones (Flash Relatos)

Valerio Massimo Manfredi

Fragmento

El complot contra los Escipiones

—El senado le ha conferido el cognomen ex virtute. Así como su hermano mayor puede ostentar el título de «Africano», así también él ahora se llamará «Asiático». ¿Te das cuenta? Esta familia pesa por sí sola tanto como el resto de los Senadores juntos. ¿Me explico?

Quintio Ruliano dudó un momento. El eminente personaje que le había convocado le daba la espalda y estaba escondido en el cono de sombra proyectado por una columna del pequeño santuario de Diana a escasa distancia de Lanuvio. Por otra parte, hablaba vuelto hacia una hornacina de la pared, de modo que su voz se veía extrañamente distorsionada hasta el punto de resultar irreconocible.

—En esta situación representan un peligro para el Estado, ¿no estás de acuerdo? —insistió el misterioso personaje.

Ruliano dudó de nuevo, asombrado por lo extraño de la situación, por el hecho de verse acosado con un alegato semejante por parte de un hombre que no le mostraba siquiera el rostro.

—¿Acaso no estás de acuerdo? —insistió el hombre.

—Oh, sí, por supuesto —respondió finalmente Ruliano, como sacudido de nuevo por una especie de asombro.

El hombre que tenía delante estaba de pie cubierto tan solo por una modesta túnica y su cuerpo, dibujado en los contornos de la reverberación de las lucernas, resaltaba en toda su enjuta delgadez.

Reanudó su parlamento:

—Y por tanto hay que actuar. Los Escipiones son entusiastas admiradores de cualquier cosa que venga de Grecia. Tienen en su casa a ese Polibio, a ese griego, para que escriba la historia de Roma como si nosotros no fuésemos capaces de ello, y paciencia, me han mandado a unos médicos griegos que a su vez han llamado a otros, y otros más están pendientes de venir. La gente se hace curar solo por ellos y así lo tendrán fácil para envenenarnos a todos, uno por vez. Les hemos derrotado en la guerra y ellos nos ganarán asesinándonos cómodamente en nuestras casas. ¿Y qué me dices de sus costumbres? No quiero ni pensar en ello: para ellos la pederastia es una forma de educación de los jóvenes, ¿te das cuenta? Y nuestros conciudadanos confían a sus hijos a esos filosofastros que adoptan aires de grandes sabios y exigen en pago cifras exorbitantes...

Ruliano, cada vez más incómodo en aquella situación, implicado en un discurso político cuando pensaba haber sido convocado para una acción de tipo militar, trató de esbozar un comentario:

—No andas errado, amigo. Yo mismo me preocupo del hecho de que...

—¿Y qué me dices de las mujeres? Mira la influencia que han tenido estos griegos en la conducta de nuestras mujeres. Ahora se pintan el rostro como prostitutas. Beben, y ni siquiera a escondidas como hacían nuestras madres y nuestras abuelas. Y cuando el senado ha tratado de poner coto a esta degeneración de las costumbres de las matronas ha tenido que tragarse sus propias deliberaciones. ¿Y sabes de quién es la culpa de todo este desastre?

—De los malditos griegos —respondió Ruliano.

—No. Ellos se dedican a lo suyo. Es natural. La culpa es de los Escipiones. Y ahora que han ganado en otra guerra y han celebrado un segundo triunfo grandioso ya nadie los detendrá. Sus clientelas se multiplican cada día. Los jóvenes les van detrás porque les consideran innovadores de la sociedad y se burlan de quien trata de conservar las costumbres de los padres, los valores que han hecho grande la República.

Ruliano pensó poco menos que había terminado en aquel lugar por un extraño equívoco y quiso ir al grano para no perder más tiempo:

—Sabes que pienso como tú, amigo, y por tanto no tienes necesidad de convencerme con tus encendidas palabras. Estoy seguro de que me has mandado llamar por otros motivos.

El hombre soltó entonces un largo suspiro, avanzó un paso hacia la hornacina y alzó la cabeza hacia el techo proyectando sobre la pared de enfrente la sombra de un marcado perfil aquilino. Luego pareció bajar la mirada al suelo y en tono más humilde dijo:

—¿Conoces las condiciones del tratado de paz?

Ruliano pensó nuevamente que estaba en el lugar equivocado y empezó a preocuparse:

—¿A qué tratado de paz te refieres? —preguntó.

—Del firmado por el menor de los Escipiones con Antíoco de Siria.

—No. Mucho me temo que no, amigo.

—No importa. Lo que a nosotros nos interesa es el primer plazo.

—¿De qué?

—De la reparación de los daños de guerra. Antíoco ha aceptado pagar: diez mil talentos de reparación. El primer plazo es de mil.

—Una bonita suma —dijo al punto Ruliano, cambiando de opinión respecto a cuanto había pensado hasta aquel momento.

—No cabe duda. Y tú debes apoderarte de ella.

Los ojos de Ruliano se iluminaron solo de pensar en echar mano a semejante suma de dinero, pero el hombre que tenía delante le respondió como si le estuviera mirando fijamente a los ojos más que dándole la espalda:

—No creo que hayas comprendido —le dijo dejándole helado—. No es ni para ti, ni para mí, ni para nadie más. No somos unos ladrones.

—No, por supuesto —confirmó Ruliano recomponiendo las facciones deformadas por la codicia.

—La finalidad es otra, pero por el momento no puedo revelártela.

—No me importa. Mándamelo y cumpliré fielmente tus órdenes.

—Entendámonos, no lo haces de balde. Una vez cumplida la misión recibirás un pequeño porcentaje de todo el botín, lo suficiente como para hacer de ti un hombre acaudalado, si no rico. Y ahora escúchame bien: mientras estamos hablando una de nuestras más poderosas naves de guerra, la Fulgur, atraviesa el canal jónico en dirección a Brindisi con mil talentos del primer plazo por daños de guerra a bordo. Oficialmente se trata de lingotes de plomo. En Brindisi se está preparando el convoy que habrá de transportar esa inmensa fortuna en monedas de plata hasta Roma a lo largo de la via Appia, escoltado por doscientos legionarios de la Séptima Legión al mando de un tribuno militar, un tal Elio Prisco, uno de los más fieles guardaespaldas de Escipión.

—¿Cuál de los dos? —preguntó Ruliano—. ¿El Africano o el Asiático?

—El verdadero —respondió el hombre en un tono sarcástico—. Sea como fuere, no debería ser un problema. Por lo que le consta, está transportando lingotes de plomo.

—Doscientos hombres son bastantes —observó Ruliano—. Y me pregunto cuántos carros ser

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