Cuando un hombre ama (Gillander's Whisky 1)

Eleanor Rigby

Fragmento

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1

Lochranza, isla de Eilean Arainn.

Mayo de 1837.

La madera de palo santo del escritorio, un magnífico mueble estilo alfonsino perfectamente conservado, no tenía ninguna culpa de las decisiones que se tomaban sin consultar. Y sin embargo, fue ella la que sufrió la brusca colisión del puño cerrado de su reciente propietario.

La sombra de Calder Houston se proyectó con la misma intención intimidatoria que el golpe a la mesa. Sus condiciones de salud no eran las más propicias para levantarse sin usar el bastón, pero de la mano de ese severo ramalazo de ira, habría sido capaz hasta de cruzar a nado el océano.

Según el libro dinástico, los Houston eran hombres de carácter inflamable, y poseían además una marcada tendencia al exabrupto. Pero en este caso, fueron otros factores los que complicaron su heredada vena sensible.

—¿Que has hecho qué?

Por el tono que usó al hablar, frío y peligroso, a su interlocutor le habría convenido guardar silencio. Pero el título de amigo, a veces, otorgaba a los más obtusos el derecho a regodearse.

—Te he prometido en matrimonio con Bethia MacDuff.

No era el nombre lo que causaba las molestias. Reconocía el apellido: los MacDuff formaban uno de los clanes escoceses más importantes del reino, pero a Calder no le impresionaba la riqueza, ni la fama, ni ninguna otra virtud de la que él ya dispusiera. En cuanto al «Bethia», no había oído hablar de ninguna en sus treinta años de vida. Al menos podía quedarse tranquilo porque Lachlan no le hubiera arrojado a brazos de una mujer que conociera y despreciase, como amenazó que haría. La cuestión era que lo estaba obligando a hacerlo, porque ni le sonaba su nombre ni pretendía que lo hiciera. Faltaría más.

Calder agarró el documento que había denunciado las intenciones de su amigo: una carta firmada y sellada a su nombre, pero que no estaba escrita por él. Lo arrugó entre los dedos y lo arrojó al suelo, furioso.

Por lo visto, Lachlan había pasado las últimas semanas encargándose de su correspondencia. Qué considerado. Tal vez debiera agradecer que le hubiera ahorrado el único maldito trabajo que podía desempeñar sin exponerse al dolor paralizante, haciéndolo sentir más inútil aún. Tal vez tendría que agradecerle, asimismo, que hubiera usado su nombre y su pluma para embaucar tanto a MacDuff como a la muchacha. Tal vez agradeciese también una patada en las vergüenzas. Las tres propuestas tenían su equivalencia.

—Cómo... —empezó, temblando—. Cómo te has atrevido.

—Te lo avisé, Calder. Te avisé de que, si no encontrabas una mujer en abril, yo mismo te la buscaría y detallaría un acuerdo con la familia. Sabes que esto es necesario. Haz esto tan sencillo como debería ser y no te ofusques.

Encima le venía con sugerencias.

Calder se pellizcó el puente de la nariz. De repente sentía unas incontrolables ganas de echarse a reír. Quizá en cualquier otro momento, cuando no hubiera estado rechinando los dientes por el insoportable ardor en la pierna, le habría dado la razón. Efectivamente lo avisó, y Lachlan era un tipo que cumplía sus promesas. Y, por mucho que deseara romperle los dientes, sí que era necesario. Al menos, la parte del matrimonio. La de prometerlo contra su voluntad ya era otra historia.

—Si no me puedo ofuscar por haberme despertado soltero y tener que acostarme casado por obligación, dime qué debería molestarme. Hay una mujer en la puerta de mi casa, convencida de que va a realizarse una ceremonia sagrada en veinticinco minutos. ¿O me has informado mal?

—No, así es. Eso te da diez minutos exactos para prepararte y acudir al jardín. Es de mala crianza hacer esperar a la novia... Y al padre. El laird no es un hombre al que le guste que le hagan perder el tiempo.

—El laird puede besar mi culo si no ha sabido reconocer una firma falsificada. ¿Cuántas cartas han sido en total? ¿Qué diablos os habéis dicho en ellas?

—Ya sabes. Tratamientos diplomáticos, muchas alabanzas por mi parte... Quiero decir, tu parte —corrigió—. Contactó a Carmichael para encargar un buen lote de whisky, y la conversación acabó derivando, no sé cómo, en la prisa que tenía por deshacerse de su única hija. Es un buen cliente así que le ofrecí un apaño. A él y a ti.

»No creo que salgas perjudicado con esta unión. Desconozco si es virtuosa, pero nada más que por su linaje, ya vale mucho más del precio por el que la compramos.

Calder desencajó su mandíbula por no desbaratar la de Lachlan. Abordar a un hombre con los delirios del matrimonio, y en términos de gangas, cuando este padecía el indescriptible sufrimiento de una herida letal, merecía el castigo de los demonios del infierno. Hacía solo seis meses desde que había recibido un balazo en la pierna, y únicamente tres desde que podía levantarse de la cama; uno desde que podía bajar las escaleras. Su buen humor no había ido a mejor con los adelantos, sino que se resintió conforme fue asumiendo que su ahora gran defecto permanecería en él hasta que lo enterrasen.

La certeza de que estaría cojo para siempre, unido al dolor y a las causas de su problema físico, se aunaban para constituir la miseria que azotaba su vida. Una a la que no podía hacer frente. Una sin cura.

Estaba hasta las cejas de láudano e iba a encender su pipa de opio para hacerla más llevadera, cuando había encontrado una serie de cartas que no le sonaba haber escrito. En base al contenido, dedujo que Lachlan se concedió unos cuantos derechos. Lo llamó a gritos, lamentando no poder moverse del asiento para ir él mismo a buscarlo. Armado. No importaba con qué. Entonces, Lachlan Hawke apareció y confesó su crimen sin el más mínimo atisbo de vergüenza. Agregando que, para colmo, iba a casar a lady Beth con él esa misma tarde.

Lo tenía acorralado, porque ya no lo podía deshacer.

—Pretendías llevarme al altar engañado —dedujo Calder, tratando de mantener la calma. Envió una mirada al inmenso ventanal que daba a la llanura.

—Pensamos que sería la única forma de conseguir que te casaras.

—¿Cómo que «pensamos»? ¿Quién más hay detrás de todo esto?

—Carmichael y Denna. A Haye se lo dijimos, pero no quiso formar parte de la conspiración.

—Un hombre con dos dedos de frente.

—¿Tú crees? —Ladeó la cabeza. Con el movimiento, dos gruesos mechones rubios ocultaron parcialmente su resuelta mirada—. Él tenía otras ideas para garantizar tu legado. Creía que con meter a una prostituta en tu alcoba, cuando estuvieras demasiado drogado para negarte, sería suficiente.

Calder cerró la mano en un puño. Y aquellos se hacían llamar sus hombres de confianza... Comprendía que Denna, su cuñada, estuviera desesperada porque tuviera un heredero; de eso dependía el bienestar de los Houston. Hasta cierto punto imaginaba que Lachlan también andaba ansioso por finiquitar el asunto. Estaba loco de amor por ella y deseaba garantizar su felicidad. Para Haye y Carmichael era una cuestión de amor, asimismo, estaban enamorados de Gillander’s Whisky, y harían cualquier cosa para mantener el negocio lejos de las manos inadecuadas. No podrían decir que Calder no fuese comprensivo, porque se apiadaba de ellos y secundaba sus razones. Pero

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