La firma de todas las cosas

Elizabeth Gilbert

Fragmento

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Prólogo

Alma Whittaker, nacida con el siglo, llegó a nuestro mundo el 5 de enero de 1800.

Enseguida, casi de inmediato, circularon opiniones en torno a ella.

La madre de Alma, al contemplar al bebé por primera vez, se sintió bastante satisfecha con el resultado. Hasta ese momento, Beatrix Whittaker había tenido mala suerte a la hora de engendrar un heredero. Sus tres primeras tentativas de concebir se desvanecieron en tristes arroyuelos antes incluso de sentir el más ligero movimiento del feto. Su tentativa más reciente (un hijo de constitución perfecta) se había aproximado al borde mismo de la vida, pero cambió de opinión la mañana en que debía nacer, y se fue antes de haber llegado. Tras semejantes pérdidas, cualquier hijo que sobrevive es un hijo satisfactorio.

Con ese bebé robusto entre las manos, Beatrix murmuró una oración en su neerlandés natal. Rezó para que su hija creciese sana, sensata e inteligente, y para que nunca se relacionase con muchachas que se maquillan en exceso o se ríen de chistes vulgares, o se sientan a las mesas de juego junto a hombres indecorosos, o leen novelas francesas, o se comportan de manera poco recatada incluso para una india salvaje, o se convierten en el peor descrédito para una buena familia; es decir, una niña que fuese een onnozelaar, una bobalicona. Así concluyó su bendición, o lo que cabría considerar una bendición para una mujer tan austera como Beatrix Whittaker.

La partera, una vecina del lugar nacida en Alemania, opinó que había sido un nacimiento decente en una casa decente, y por lo tanto Alma Whittaker era un bebé decente. No había hecho frío en el dormitorio, se había servido sopa y cerveza con generosidad, y la madre se había mostrado inquebrantable, tal como cabría esperar de una holandesa. Además, la partera sabía que iban a pagarle, y que le pagarían muy bien. Cualquier bebé que trae dinero es un bebé aceptable. Por lo tanto, la partera también ofreció una bendición a Alma, aunque sin excesivo entusiasmo.

Hanneke de Groot, el ama de llaves, quedó menos impresionada. El bebé no era ni varón ni guapo. Tenía una cara que parecía un plato de gachas y era paliducha como suelo recién pintado. Al igual que todos los niños, daría trabajo. Al igual que todos los trabajos, probablemente recaería sobre sus hombros. Pero bendijo a la niña de todos modos, pues bendecir a un recién nacido es un deber, y Hanneke de Groot siempre cumplía con sus deberes. Hanneke pagó a la partera y cambió las sábanas. Recibió la ayuda, si bien no demasiado diestra, de una joven doncella (una muchacha de pueblo muy habladora, reciente incorporación a la casa) más inclinada a contemplar al bebé que a poner orden en la habitación. No es necesario que quede aquí constancia del nombre de la doncella, pues Hanneke de Groot despediría a la muchacha por inútil al día siguiente, y la echó sin referencias. No obstante, solo por esa noche, la doncella inútil y condenada mimó a la recién nacida, y anheló tener un bebé, y ofreció una bendición cariñosa y sincera a la joven Alma.

Dick Yancey —un hombre de Yorkshire, alto y amedrentador, que trabajaba para el señor de la casa encargándose con mano de hierro de los cometidos del comercio internacional y que residía en la finca ese enero, a la espera del deshielo de los puertos de Filadelfia a fin de proseguir su viaje a las Indias Orientales Holandesas— tuvo poco que decir sobre el bebé. Para ser justos, no era muy dado a las conversaciones desmedidas. Cuando le informaron de que la señora Whittaker había dado a luz a una niña sana, el señor Yancey se limitó a fruncir el ceño y decir, con su característica economía de expresión: «Arduo comercio el vivir». ¿Se trataba de una bendición? Es difícil saberlo. Concedámosle el beneficio de la duda y aceptémosla como tal. Con certeza, una maldición no pretendía ser.

En cuanto al padre de Alma (Henry Whittaker, el señor de la casa), se sintió complacido con su hija. De lo más complacido. No le importó que el bebé no fuese varón y que no fuese guapo. No bendijo a Alma, pero solo porque no bendecía nunca. («Los asuntos de Dios no son mis asuntos», decía a menudo). Sin reservas, no obstante, Henry admiró a su hija. Él había hecho esa niña, y Henry Whittaker tenía la tendencia de admirar sin reservas todo lo que hacía.

Para celebrar la ocasión, Henry cogió una piña de su mayor invernadero y la repartió a partes iguales entre todos los presentes. Fuera nevaba, como es habitual durante el invierno en Pensilvania, pero este hombre poseía varios invernaderos a carbón diseñados por él mismo (lo cual le convertía no solo en la envidia de todos los cultivadores y botánicos del continente, sino también en un hombre de riquezas desmesuradas) y, si se le antojaba una piña en enero, por todos los cielos que tendría una piña en enero. Y cerezas en marzo también.

A continuación, se retiró a su estudio y abrió el libro de contabilidad, donde, como cada noche, anotó las transacciones de toda índole, tanto oficiales como privadas. Comenzó: «Una pasagera nueba e hintresante se a hunido a nosotros», y continuó con los detalles, la cronología y los gastos relacionados con el nacimiento de Alma Whittaker. Su caligrafía era de una torpeza vergonzosa. Las frases eran aldeas abarrotadas de letras mayúsculas y minúsculas, que convivían en una pobreza angosta, trepando unas sobre otras como si trataran de escapar de la página. Su ortografía desafiaba la arbitrariedad y su puntuación causaba suspiros infelices a la razón.

Pero Henry escribió su narración, a pesar de todo. Era importante para él mantener un registro de las cosas. Si bien era consciente de que estas páginas horrorizarían a un hombre culto, también sabía que nadie, salvo su esposa, vería su manuscrito. Cuando recuperase las fuerzas, Beatrix transcribiría las notas a sus propios cuadernos, como siempre hacía, y su traducción elegante de los garabatos de Henry se convertiría en el registro oficial del hogar. La socia del día a día, Beatrix..., y a un buen precio, además. Ella realizaría esa tarea por él, y otros cientos de trabajos.

Dios mediante, en breve se pondría manos a la obra.

El papeleo comenzaba a amontonarse.

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PRIMERA PARTE

EL ÁRBOL DE LA FIEBRE

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