Un hombre de negocios (Belgravia 7)

Julian Fellowes

Fragmento

doc-07

Cuando el coche de lady Brockenhurst se detuvo delante de Eaton Square, Ellis apenas podía contener la curiosidad. Frente a la ventana del vestidor de la señora Trenchard, con el aliento empañando el cristal, se esforzó por seguir lo que ocurría en la calle. La condesa, con un elegante sombrero de plumas y llevando un parasol, estaba inclinada hacia delante dando instrucciones al cochero. Junto a ella en el birlocho iba lady Maria Grey. Vestía una falda de rayas azul pálido y blancas completada con una chaqueta entallada de estilo militar azul marino. Le enmarcaba el rostro un sombrero del mismo tono con remates de encaje crema. En resumen, su aspecto era, tal y como había sido su intención, arrebatador. No bajaron a la acera, sino que uno de los postillones se acercó a la puerta y llamó al timbre.

Ellis sabía que habían ido a recoger a la señora, así que se dirigió a las escaleras lo más deprisa que pudo y con todo lo que necesitaría para la salida. La señora Trenchard ya esperaba en el vestíbulo.

—¿Me va a necesitar el resto de la mañana, señora? —preguntó la doncella mientras sostenía una capa verde.

—No, gracias.

—Espero que vaya a un sitio agradable, señora.

—Bastante. —Anne estaba demasiado emocionada con lo que le esperaba como para prestar atención a la pregunta. Y después de todo había conseguido ocultarle el destino de la excursión a James, así que era poco probable que lo desvelara a la doncella.

Claro que Ellis imaginaba adónde iba, pero le habría gustado recibir confirmación. En cualquier caso, si se sentía frustrada no lo demostró.

—Muy bien, señora. Espero que se divierta.

—Gracias. —Anne hizo una señal con la cabeza al criado, que abrió la puerta. También ella llevaba sombrilla, por si acaso. Estaba más que preparada.

Tanto lady Brockenhurst como Maria sonrieron cuando subió al coche. Maria se había cambiado de sitio y colocado de espaldas a los caballos, una auténtica cortesía con alguien de rango inferior que Anne agradeció. Todo apuntaba a que nada estropearía aquel día. Lady Brockenhurst no era su compañía preferida en la tierra, pero tenían algo en común —eso ninguna de las dos podría negarlo— y aquel día iban, de alguna manera, a celebrarlo.

—¿Seguro que va usted cómoda, querida? —Anne asintió con la cabeza—. Entonces nos vamos.

El cochero cogió las riendas y el coche se puso en marcha.

Caroline Brockenhurst había decidido ser agradable con la señora Trenchard aquel día. Al igual que Anne, estaba deseando volver a ver al joven, y la compasión que le inspiraba aquella mujer cuyo mundo estaba al borde de la destrucción era, si acaso, más intensa que antes. No creía que la historia tardara mucho más en ver la luz, después de lo cual el recuerdo de Edmund saldría, en el peor de lo casos, reforzado, y el de Sophia Trenchard, mancillado. Realmente era algo muy triste. Incluso ella se daba cuenta.

Anne miró los muros de Buckingham Palace cuando pasaron junto a ellos. Qué extraña era la composición de su mundo. Una mujer en la veintena representaba la cúspide de la ambición social; estar en su presencia era la cima que hombres como James, hombres inteligentes, hombres de talento, prósperos, luchaban por alcanzar como colofón de una vida de éxitos, y sin embargo ¿qué había hecho aquella joven? Nada, solo nacer. Anne no era una revolucionaria. No quería ver la corona derrocada. No le gustaban las repúblicas y estaría encantada de inclinarse ante la reina si se presentaba la ocasión, pero aun así no podía evitar asombrarse ante lo ilógico del sistema en que vivía.

—Oh, miren. Está en Londres. —Maria miraba hacia arriba. Era cierto. El estandarte real ondeaba sobre el tejado del palacio, al fondo del patio. Anne miró la amplia arcada y el pórtico acristalado para proteger a la familia cada vez que subía o bajaba de los coches. Estaba bastante descubierto, en realidad. Claro que debían de estar acostumbrados a ser objeto de la curiosidad ajena.

El coche continuó por el Mall y pronto Anne se encontró admirando el esplendor de Carlton House Terrace, que seguía impresionándola por lo novedoso y magnificente de su diseño, once años después de haber sido terminado.

—Tengo entendido que lord Palmerston ha alquilado el número cinco —dijo Maria—. ¿Conocen ustedes las casas?

—Nunca he entrado en ninguna —contestó Anne.

Pero nada podía hacer callar a Maria. Estaba tan excitada como un niño en una juguetería y todas sabían por qué.

—Ay, cómo me gusta el gran duque de York. No sé muy bien por qué se le conmemora tanto, pero me alegra mucho que así sea. —Habían llegado a la interrupción entre las terrazas, donde una amplia escalinata conducía hasta una alta columna rematada por una estatua del segundo hijo del rey Jorge III—. Me pregunto cuánto medirá la estatua.

—Eso se lo puedo decir —respondió Anne—. Estuve aquí mismo hace cinco años, cuando la erigieron. Medía más del doble del tamaño de un hombre. Tres metros y medio, cuatro incluso.

Anne sonrió a Maria. Le gustaba la joven, de eso no tenía duda. Le gustaba porque a ella le gustaba Charles aunque no pudiera haber entre ellos un final feliz, pero también le gustaba por sí misma. Maria tenía brío y audacia, y de haber sido otros sus orígenes podría haber hecho cosas, cosas interesantes. Claro que la hija de un conde de fortuna limitada no tenía demasiadas oportunidades, pero eso no era culpa de Maria Grey.

Por un momento Anne sintió una punzada de culpa porque James no estuviera allí. Por mucho que afirmara estar siempre muy ocupado, no habría querido perderse aquello. Disfrutaba de la compañía de su nieto —ese nieto que conocía mucho mejor que ella— y no se molestaba en ocultárselo a nadie. Ni siquiera a Oliver.

Y sin embargo Anne no le había mencionado la excursión. Lo cierto era que había dejado que creyera que durante su visita a lady Brockenhurst había conseguido convencer a la condesa de que recapacitara y fuera más discreta en sus atenciones a Charles, de modo que aquella visita a las oficinas de este, en pleine vue, en un carruaje llamativo con su mujer y una joven belleza de la alta sociedad, le habría horrorizado. Anne era muy consciente de que Caroline Brockenhurst no tenía interés en mantener el secreto, que este se acabaría sabiendo y que aquella exhibición pública solo serviría para llamar más la atención, algo de lo que James, en última instancia, la culparía a ella. ¿Por esa razón no le había dicho nada? Y si así era, ¿se sentía ella culpable? Después de todo él había estado años mintiéndole o, si no mintiendo, al menos ocultándole la verdad. Ahora le había llegado su turno. Pero, sobre todo, simplemente quería ver a su nieto una vez más.

Las tres mujeres charlaron mientras atravesaban las calles de Londres en dirección a la City y las oficinas de Charles Pope en Bishopsgate.

—¿Encontró su abanico? —preguntó lady Brockenhurst a Anne cuando pasaban por Whitehall.

—¿Mi abanico?

—Ese Duvelleroy tan bonito que llevó a la cena. Me fijé en lo delicado que era. Es una pena que lo haya extraviado.

—Pero es que no lo he extraviado —dijo Anne conmovida porque la condesa recordara su abanico.

—No lo entiendo. —Lady Brockenhurst parecía perpleja—. El

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