La ley de los justos

Chufo Lloréns

Fragmento

cap-1

1

La puja

Cuba, 1871

Cerraba la noche en la ensenada y una nube grisácea como panza de burro cubría la luna amenazando lluvia, circunstancia que favorecía a unos y a otros. Un bergantín-goleta con el hierro echado por proa y con todo el trapo recogido decoraba el fondo del paisaje. Su contramaestre, con el catalejo desplegado, oteaba el horizonte en busca de la señal acordada.

Súbitamente una luz parpadeó tres veces y, tras un largo silencio, dos veces más. El hombre dio la orden, y entre el chirriar de las poleas, el chasquido de los látigos y los gritos sofocados dio comienzo la operación. Una barca impulsada por cuatro pares de remos y cautelada por dos hombres armados, uno a proa y otro a popa, inició un ir y venir del buque a la playa para transportar en cada uno de los viajes la mercancía negra que, apenas desembarcada, quedaba en la arena debidamente encadenada. Dos marineros —pistola en la faja y látigo en una mano— vigilaban que los aterrorizados bultos, que apenas se distinguían por el brillo de sus ojos, permanecieran quietos.

El blanco arenal que el embate de miles de años de las olas había creado, pulverizando las rocas y machacando las valvas de infinitos crustáceos, estaba ceñido por un collar de palmeras que marcaba el principio de la espesura. De entre ella aparecieron tres hombres. Uno iba a la cabeza y los otros dos lo seguían en escolta. El de la derecha portaba un fanal encendido; el de la izquierda, un mosquete con la bayoneta calada, el dedo en el gatillo y el cañón reposando terciado en su antebrazo izquierdo. Si no por otra cosa, podía deducirse fácilmente por sus ropas quién de los tres mandaba. El primero vestía calzones embutidos en botas de media caña, ancho cinturón de cuero con pistolera —de la que sobresalía la culata de un revólver Remington— y doble canana sobre una camisa abierta de manga corta, y sombrero de ala ancha y copa plana con cenefa de piel de serpiente. Los otros dos llevaban pantalones a media pantorrilla, sandalias de cuero, guayaberas abiertas y sombreros de paja.

El trío llegó hasta el primero de los marineros del bergantín que custodiaba a los desembarcados, y el jefe indagó:

—¿Dónde está Almirall?

—El capitán bajará con el último cargamento.

—¿Cuánto carbón habéis traído en total?

—Salimos de Dakar con más de ciento veinte, pero hasta aquí han llegado sólo éstos —dijo el marinero señalando al grupo.

—¿Cuántas hembras hay?

El marinero no quiso meterse en líos e, indicando la luz de la falúa que subía y bajaba mecida por el oleaje, respondió:

—Ya llega el capitán, él se lo dirá.

La roda de la barca, al impulso del último golpe de remos, se clavó en la arena y, de un brinco, en tanto los remeros sujetaban la chalupa, el capitán desembarcó. Tenía la tez más que morena, curtida en mil intemperies, la barba entrecana y los ojos, pequeños y de mirada cruel, circundados por una miríada de finas arrugas. Vestía un pantalón arremangado a media pierna y una camisa desgastada, ambas prendas de un blanco sucio, un raído chaquetón azul marino con dos hileras de botones que, si bien un día fueron dorados, el tiempo y la mar habían oxidado, y sobre la hirsuta cabellera portaba una vieja gorra blanda de lona y con visera.

A la luz temblorosa del fanal y por encima del grupo de negros acuclillados, el recién llegado buscó la figura de quien lo aguardaba y fue hacia él.

Cuando estuvieron frente a frente, ambos hombres se saludaron con efusión tomándose por los antebrazos.

—Bienvenido al fin, Almirall. Le he aguardado con ansiedad estas cuatro noches y ya iba teniendo malos presentimientos.

—Querido Larios, bien sabe que el mar tiene sus fechas y que nada se puede hacer al respecto. Hubo temporal y tuve que ir muy al sur para evitar a los cañoneros americanos que cautelan la costa desde Carolina del Sur hasta Georgia y Alabama para impedir el contrabando de algodón. ¡Hay mucho rencor acumulado tras la guerra! Perdí mucho tiempo entre Punta de Maisi y Niquero, y luego en cabotaje me costó llegar hasta Manzanillo.

—Me alegra infinito que por fin todo haya acabado bien y que, tras tantos trabajos, el viaje le haya sido rentable.

—Espero que así sea, pero creo que este negocio se está acabando. Las cosas se han puesto de tal manera que no vale la pena jugarse el pellejo. Quiero envejecer al lado de mi mujer en El Masnou. No me apetece pasar el resto de mis días en una mazmorra inglesa o americana.

—¿Cuánta mercancía ha traído? Me ha dicho su hombre que ciento veinte bultos.

—Ése es el número que embarqué en Dakar: ochenta hombres y cuarenta hembras, pero perdí a diez por el camino.

—¿Machos o hembras?

—Tres de los primeros y siete de las segundas.

—¡Lástima que no haya sido al revés!

—Por si fuera poco, dos de ellas venían llenas. Pero ¡ya se sabe!, son más débiles, mercancía delicada —se justificó Almirall.

—Entonces ¿cuántos tenemos aquí?

—Para evitar riesgos y por si tenía problemas, desembarqué a la mayoría de los bultos para el mercado clandestino de Bartolomé Masó.

—Finalmente, ¿cuántos me trae?

—Treinta en total, veinticuatro hombres y seis mujeres.

Larios torció el gesto y puso cara de contrariedad.

—¡Voy a quedar mal con muchos clientes! Han anunciado su asistencia gentes de Río Cauto de las Tunas y hasta de Camagüey.

—Lo lamento, pero debo cuidar mi negocio; nadie me paga el riesgo ni las pérdidas, caso que las haya. Habrá de conformarse con lo que he traído. Y si no le conviene, no se haga pena porque tengo parroquianos en Trinidad.

—De ninguna manera, Almirall, ¡menos es nada! Habrá que conformarse… Tendremos que improvisar nuevas reglas para esta puja, eso sí. Cuando está el mar por medio, toda previsión es gratuita. Y el que no lo entienda… ¡peor para él! Vayamos arriba, que tengo a mi gente en lugar seguro al lado de una misión medio derruida. Allí he montado la feria. Tenemos por delante dos horas de camino y nos conviene hacerlo de noche.

—¡No me diga que puede haber incidentes durante el camino! Después de las penurias que he pasado en la mar, sólo me faltaría que el negocio se me fuera al garete en tierra.

—No se preocupe, Almirall, que yo también arriesgo mucho. Seguiremos una trocha secundaria que hace tiempo que está abandonada, a tal punto que a la venida hemos tenido que abrirnos paso a machetazos en algún tramo para que los carromatos con las jaulas pudieran pasar.

—Antes de partir déjeme dar órdenes a los míos.

—Disponga, Almirall.

En tanto el traficante se ocupaba de sus menesteres, el capitán disponía que la chalupa regresara al bergantín para que cuatro hombres armados bajaran un bulto especial. Tras dejarlo en la playa, debían volver a bordo, donde la tripulación aguardaría la señal convenida, que, como siempre, se daría de noche y mediante la luz del fanal. Al mando del buque quedaría el contramaestre de Almirall, Arturo Mayayo, con órdenes precisas de salir a la mar caso de que en el horizonte apareciera una vela amenazadora o una columna de humo que se fuera agrandando; si así ocurría, regresarían al refugio de la rada cada cinco noches.

En cuanto

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