Los herederos de la tierra

Ildefonso Falcones

Fragmento

cap-2

1

Barcelona, 4 de enero de 1387

El mar estaba embravecido; el cielo, gris plomizo. En la playa, la gente de las atarazanas, los barqueros, los marineros y los bastaixos permanecían en tensión; muchos se frotaban las manos o daban palmadas para calentárselas mientras que otros trataban de protegerse del viento gélido. Casi todos estaban en silencio, mirándose entre ellos antes de hacerlo a las olas que rompían con fuerza. La imponente galera real de treinta bancos de remeros por banda se hallaba a merced del temporal. Durante los días anteriores los mestres d’aixa de las atarazanas, ayudados por aprendices y marineros, habían procedido a desmontar todos los aparejos y elementos accesorios del navío: timones, armamento, velas, mástiles, bancos, remos… Los barqueros habían llevado todo aquello que se podía separar del barco hasta la playa, donde fue recogido por los bastaixos, quienes lo transportaron a sus correspondientes almacenes. Se dejaron tres anclas que eran las que, aferradas al fondo, tironeaban ahora de la Santa Marta, un imponente armazón desvalido contra el que batía el oleaje.

Hugo, un muchacho de doce años con el cabello castaño, y las manos y el rostro tan sucios como la camisa que vestía hasta las rodillas, mantenía clavados sus ojos de mirada inteligente en la galera. Desde que trabajaba con el genovés en las atarazanas había ayudado a varar y a echar a la mar bastantes como aquella, pero esa era muy grande y el temporal hacía peligrar la operación. Algunos marineros deberían embarcar en la Santa Marta para desanclarla y luego los barqueros tendrían que remolcarla hasta la playa, donde un enjambre de personas la esperaba para arrastrarla hasta el interior de las atarazanas. Allí hibernaría. Se trataba de una labor ardua y, sobre todo, extremadamente dura, incluso haciendo uso de las poleas y los cabestrantes de que se servían para tirar de la nave una vez varada en la arena. Barcelona, pese a ser una de las potencias marítimas del Mediterráneo junto con Génova, Pisa y Venecia, no tenía puerto; no existían refugios ni diques que facilitasen las tareas. Barcelona era toda ella playa abierta.

Anemmu, Hugo —ordenó el genovés al muchacho.

Hugo miró al mestre d’aixa.

—Pero… —intentó alegar.

—No discutas —le interrumpió el genovés—. El lugarteniente de las atarazanas —añadió señalando con el mentón hacia un grupo de hombres que se hallaba algo más allá— acaba de dar la mano al prohombre de la cofradía de los barqueros. Eso significa que han llegado a un acuerdo sobre el nuevo precio que el rey les pagará como consecuencia del peligro añadido por el temporal. ¡La sacaremos del agua! Anemmu —repitió.

Hugo se agachó y agarró la bola de hierro que permanecía unida mediante una cadena al tobillo derecho del genovés y, no sin esfuerzo, la alzó y se la pegó al vientre.

—¿Estás listo? —inquirió el genovés.

—Sí.

—El maestro mayor nos espera.

El muchacho cargó con la bola de hierro que impedía moverse al mestre d’aixa. Tras él anduvo por la playa y discurrió entre las gentes que, ya apercibidas del trato, charlaban, gritaban, señalaban y volvían a gritar, nerviosas, a la espera de las instrucciones del maestro mayor. Entre todos ellos se contaban más genoveses, también hechos prisioneros en el mar e inmovilizados con bolas de hierro, cada uno con otro chico a su lado que la sostenía en sus brazos mientras ellos trabajaban forzados en las atarazanas catalanas.

Domenico Blasio, que así se llamaba el genovés a quien acompañaba Hugo, era uno de los mejores mestres d’aixa de todo el Mediterráneo, quizá mejor incluso que el maestro mayor. El genovés había tomado a Hugo como aprendiz a ruego de micer Arnau Estanyol y de Juan el Navarro, el ayudante del lugarteniente, un hombre todo barriga y de cabeza calva y redonda. Al principio, el genovés lo había tratado de forma algo arisca, por más que en el momento de trabajar la madera parecía olvidarse de su condición de prisionero, tal era la pasión que sentía aquel hombre por la construcción de navíos; pero desde que el rey Pedro el Ceremonioso firmara una precaria paz con la señoría de Génova, todos aquellos prisioneros que trabajaban en las atarazanas se hallaban a la espera de que esta pusiera en libertad a los presos catalanes para hacer lo propio con los genoveses. Entonces, el maestro se volcó en Hugo y empezó a enseñarle los secretos de una de las profesiones mejor consideradas a lo largo y ancho del Mediterráneo: construir barcos.

Hugo descansó la bola sobre la arena, a espaldas del genovés, cuando este se reunió, junto a otros prohombres y mestres, en derredor del maestro mayor. Recorrió la playa con la mirada. La tensión iba en aumento: el ir y venir de la gente que preparaba los aperos, así como los gritos, los ánimos y las palmadas en la espalda que pugnaban por vencer al viento, al frío y a esa luz tenue y brumosa tan extraña en unas tierras perennemente premiadas con el brillo del sol. Pese a que su trabajo consistía en portar la bola de hierro del genovés, Hugo se sintió orgulloso por formar parte de aquel grupo. Se habían congregado numerosos espectadores en el linde de la playa, junto a la fachada del mar de las atarazanas, que aplaudían y gritaban. El muchacho miró a los marineros que llevaban palas para excavar la tierra por debajo de la galera; a los que preparaban los cabestrantes, las poleas y las maromas; a otros que trajinaban con los travesaños de madera sobre los que, previamente untados con grasa o cubiertos de hierba, debería desplazarse la nave; a los que portaban las pértigas; a los bastaixos preparándose para tirar…

Olvidó al genovés, abandonó la bola y corrió en dirección al numeroso grupo de bastaixos congregados en la playa. Fue bien recibido, entre cariñosos pescozones. «¿Dónde has dejado la bola?», le preguntó uno de ellos rompiendo la tensión y la seriedad de los reunidos. Lo conocían, o más bien sabían de él por el afecto que le profesaba micer Arnau Estanyol, el anciano que se encontraba en el centro de todos, empequeñecido a la vera de los fuertes prohombres de la cofradía de los bastaixos de Barcelona. Todos sabían quién era Arnau Estanyol; admiraban su historia, y todavía vivían algunos que relataban los muchos favores que había hecho a la cofradía y a sus cofrades. Hugo se plantó junto a micer Arnau, en silencio, como si fuera de su propiedad. El anciano se limitó a revolverle el cabello sin perder el hilo de la conversación. Trataban del peligro que correrían los barqueros al remolcar la galera, así como del propio cuando esta quedase varada lejos de la playa y hubiera que llegar hasta ella para amarrarla. Podría volcar. El oleaje era tremendo y la mayoría de los bastaixos no sabía nadar.

—¡Hugo! —se oyó gritar por encima de la algarabía.

—¿Ya has abandonado al maestro otra vez? —le preguntó Arnau.

—Todavía no tiene que trabajar —se excusó el muchacho.

—Ve con él.

—Pero…

—Ve.

Cargado con la bola, Hugo siguió al genovés por la playa mientras este daba órdenes a unos y otros. El maestro mayor lo respetaba y la gente también; nadie ponía en duda el

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