Matrix

Lauren Groff

Fragmento

cap-2

1

Sale del bosque cabalgando sola. Con diecisiete años, bajo la llovizna fría de marzo, Marie, que proviene de Francia.

Corre el año 1158 y el mundo soporta el cansancio del final de la Cuaresma. No tardará en llegar la Pascua, que este año cae pronto. En los campos, las semillas se abren en la tierra oscura y fría, listas para despuntar y salir a la libertad del aire. Es la primera vez que ve la abadía, pálida y distante en un montículo de ese valle húmedo, donde las nubes son arrastradas desde el océano y estrujadas contra las colinas en una lluvia constante. La mayor parte del año, ese paraje es de color esmeralda y zafiro, exuberante bajo la humedad, está plagado de rebaños de ovejas, de pinzones y tritones, y delicadas setas que asoman en la tierra fértil, pero ahora, a finales del invierno, todo está gris y lleno de sombras.

Su vieja yegua de batalla avanza lenta y con pesar y un esmerejón tiembla en su nido de mimbre dentro de la caja que lleva atada detrás de la montura.

El viento enmudece. Los árboles dejan de mecerse.

Marie siente que el campo entero observa cómo se desplaza por él.

Es alta, una doncella gigante, desgarbada, con los codos y las rodillas protuberantes; la lluvia fina se acumula hasta que empieza a chorrear formando hilillos por la pelliza de piel de foca y le oscurece el pañuelo verde de la cabeza, hasta que acaba pareciendo negro. Su adusta cara angevina no muestra hermosura, solo cautela y una pasión aún por descubrir. Está mojada por la lluvia, no por las lágrimas. Todavía tiene que llorar por haber sido arrojada a los perros.

Dos días antes, la reina Leonor había aparecido en el vano de la puerta del aposento de Marie, con sus prominentes senos y su melena dorada y el forro de piel de marta cibelina por dentro de la capa azul y joyas que caían en cascada de sus orejas y muñecas y una diadema brillante y un perfume tan fuerte que habría podido tumbar a cualquiera. Su intención siempre era desarmar mediante un aspecto deslumbrante. Sus damas de compañía se quedaron tras ella disimulando sus sonrisas. Entre esas traidoras estaba la media hermana de Marie, una hermana bastarda de la Corona, igual que ella, el fruto de la errática lujuria paterna; pero esa criatura taimada había comprendido lo útil que era ser aceptada en la corte, había palidecido y había rehuido cualquier muestra de amistad por parte de Marie. Más adelante se convertiría en la princesa de los galeses.

Marie hizo una torpe reverencia y Leonor entró deslizándose en la estancia con un cosquilleo en la nariz.

La reina anunció que tenía noticias que darle, ay, sí, una noticia magnífica, qué alivio, acababa de recibir la dispensa papal, al pobre caballo le había estallado el corazón de tanto galopar para llevarle la buena nueva esa misma mañana. Le dijo que, gracias a sus propios esfuerzos, los de la reina, a lo largo de esos meses, aquella pobre Marie ilegítima de algún lugar perdido de Le Maine por fin se había convertido en la priora de una abadía real. ¿No era maravilloso? Ahora por fin sabían qué hacer con esa estrafalaria media hermana de la Corona. Ahora por fin habían encontrado una utilidad en Marie.

La reina posó los ojos surcados de arrugas en Marie un instante y luego se acercó al ventanal desde el que se veían los jardines, que tenía los postigos abiertos para que Marie pudiera ponerse de puntillas y observar a la gente que pasaba por delante.

Cuando la muchacha logró articular palabra dijo, con voz emocionada, que agradecía a la reina el fulgor de su atención, pero que, ay, no, no podía ser monja, no era digna de tal honor, y además, no tenía vocación religiosa ninguna, en absoluto.

Y era cierto: la fe en la que la habían educado, aunque llena de misterio y ceremonia, siempre le había parecido difusa e ilógica, pues ¿por qué iban a nacer las criaturas ya en pecado, por qué tenía que rezar a las fuerzas invisibles, por qué dios era una trinidad, por qué a ella, que sentía la grandeza en sus venas, se la consideraba inferior solo porque la primera mujer había sido modelada a partir de una costilla y había comido una fruta y, por lo tanto, había sido expulsada del ocioso Edén? No tenía sentido. Su fe se había torcido muy temprano, en su infancia; poco a poco había ido inclinándose más dentro de su geometría hasta llegar a poseer un carácter angular y majestuoso.

Sin embargo, a los diecisiete años, en aquel aposento desocupado de la corte de Westminster, no podía equipararse a la elegante reina, tan aficionada a las historias, que, aunque baja de estatura, absorbía toda la luz, todo el pensamiento de la mente de Marie, todo el aire de sus pulmones.

Leonor se limitó a mirar a Marie, que se sintió tan pequeña como la última vez que había visto Le Maine, después de que sus seis tías amazonas hubieran ido a la muerte, al matrimonio o al convento, y su madre hubiera tomado la mano de Marie y la hubiese apretado contra el huevo que creía tener entre los pechos, con una sonrisa inmensa, pero con lágrimas en los ojos mientras le decía ay, cariño, perdóname, me muero; y aquel cuerpo fuerte y robusto, que tan deprisa había quedado reducido a un esqueleto, a un aliento acre, luego a la falta de aliento, y Marie, que había empujado con toda su vitalidad sobre esas costillas para insuflarle vida, que había recurrido a todas sus oraciones, pero el corazón había seguido inmóvil. La amarga angustia de Marie a sus doce años en el cementerio azotado por el viento fuerte, y después, los dos años de soledad, porque su madre había insistido en que su muerte se mantuviera en secreto, ya que los lobos de la familia le arrebatarían la hacienda a Marie en cuanto se enterasen, a ella, que no era más que una doncella bastarda fruto de una violación, sin derecho a nada; dos años de soledad en los que Marie había intentado estrujar esa tierra para extraerle todas las monedas que pudiera. Después, los cascos del caballo en el puente lejano y el viaje atropellado a Ruán y luego a través del canal, hasta la corte real de su media hermana legítima en Westminster, donde Marie había dejado boquiabiertos a todos con su voracidad, su crudeza, tu torpe cuerpo de huesos grandes; donde se le negaron casi todos los privilegios acordes con su sangre real a causa de los defectos de su persona.

Leonor se rio ante el rechazo de su favor por parte de Marie, se burló de ella. Pero pero pero. ¿En serio creía Marie que algún día encontraría marido? ¿Ella, una pueblerina digna de la horca? ¿Con tres palmos de altura de más, con esa forma de andar basta y estruendosa, con esa terrible voz grave, sus manos gigantescas y sus trifulcas y su práctica de esgrima? ¿Qué esposo aceptaría a Marie, una criatura tan carente de belleza y de la menor de las artes femeninas? No, no, aquello era mejor, hacía tiempo que se había tomado la decisión, ya en otoño, y toda la familia estaba de acuerdo. Marie sabía gobernar una gran propiedad, sabía escribir en cuatro idiomas, sabía llevar la contabilidad, había hecho todo eso de manera admirable tras la muerte de su madre, aunque entonces todavía fuese una tierna muchachita y, lo que es más, lo había hecho tan bien que había conseguido que durante dos años todos pensaran que ella era nada más y nada menos que su difunta madre. Huelga decir, por supuesto, que la abadía de la que Marie pasaría a ser priora era tan pobre que en esos momentos las

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